viernes, octubre 22, 2021

La ruta de las bibliotecas empolvadas de Yucatán

Por Esaú Cituk Andueza

Ilustración: Luis Cruces Gómez

En 2012, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA) impulsó un programa de distribución de libros para las bibliotecas públicas. Se trataba de una colección de obras de diferentes editoriales que abarcaban literatura nacional e internacional. Los libros se identifican con facilidad por sus tonos azafrán y crema que los vuelve sobrios, pero atractivos al mismo tiempo. Eso atrajo mi atención porque el número de títulos, así como la variedad de temas, es abundante y generosa. Recuerdo haber visto el acervo en la biblioteca Manuel Cepeda Peraza, en Mérida, y mi interés me llevó a averiguar si en otras bibliotecas también se encontraría esa excelente colección.

Entonces inicié mi recorrido por las bibliotecas públicas de comunidades y municipios.

A principios del 2020 inicié un taller experimental de creación literaria en Tixkokob. La biblioteca municipal sirvió como espacio para impartirlo, pensando que podría reactivarse el uso de la misma, y que atraería a más personas a la literatura. Con dos asistentes se tuvo cuatro sesiones semanales, hasta que llegó la cuarentena y por disposiciones sanitarias se cerró la biblioteca y se interrumpió el taller.

En la incertidumbre de la pandemia no hubo mucho movimiento cultural en el municipio, hasta que empezó la reactivación. En la casa de la cultura, ubicada en la zona norte de Tixkokob, se impartieron talleres de pintura, dibujo, danza, con las respectivas medidas de higiene y seguridad. Ese limbo de tiempo bien pudo ser propicio para mejorar la calidad de la biblioteca. Supe por vía de la encargada, que los servicios de la biblioteca debían mantenerse en constante comunicación con la Red de Bibliotecas Públicas, con la dirección de la zona correspondiente al estado, pero esta dinámica no se lleva a cabo por falta de organización del ayuntamiento, que al parecer no se interesa en promover un buen funcionamiento de ese servicio.

Primera parada. La biblioteca abastecida

Por mucho tiempo la biblioteca municipal de Tixkokob estuvo fuera de servicio. No supe cuándo volvió a reactivar sus funciones, pero mi curiosidad por los libros de la nueva colección me llevó de vuelta a ella. Mi idea permanente es que las bibliotecas municipales se encuentran dentro del palacio del ayuntamiento o cerca del edificio, pero resultó que la de Tixkokob fue relegada a un espacio reducido —el cuarto es aproximadamente de tres por cinco metros; la ubicación sigue siendo en el centro del pueblo, a un costado del Colegio de Bachillerato Tecnológico Agropecuario.

Efectivamente encontré la colección de libros y pude revisarla con atención y entusiasmo. Llegué a pensar que por estar junto a una escuela tendría una constante asiduidad de usuarios, pero la verdad es que siempre ha sido baja la asistencia. La encargada de la biblioteca de ese entonces me informó que mayormente acudían niños y adolescentes de secundaria, en busca de cuentos, leyendas y mitos mayas, principalmente por encargos de tareas escolares.

Gracias a la colección del CONACULTA, que cuenta con libros de las sagas de Harry Potter y Crepúsculo, algunos jóvenes se interesan en prestarlos y leerlos. De hecho, esos ejemplares se muestran con notorio desgaste por el uso. En cambio, las demás obras de la misma colección se encuentran siempre bajo una negruzca capa de polvo y suciedad. Al menos la biblioteca está funcionando y tiene actualizado su catálogo, pensé.

Segunda parada. La biblioteca minúscula

Toma un poco más de una hora para llegar al municipio de Seyé. Su biblioteca es fácil ubicarla porque se encuentra en el centro del poblado, justo detrás de la iglesia patronal. Una colega realizó prácticas de campo en este municipio, y por las necesidades de su trabajo ocupó el espacio de la biblioteca, más tarde comentó haber identificado la colección de libros color azafrán en ella. La biblioteca era más pequeña que la de Tixkokob, pero la diferencia fue que contaba con servicio de internet gratuito; los usuarios podían conectarse desde sus dispositivos, y además tenía un salón extra donde había computadoras para el servicio público.

En mi visita a ese espacio, estaba cerrado por falta de personal. De acuerdo a las acciones de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas, la Dirección General de Bibliotecas (DGB) “proporciona entrenamiento al personal que trabaja en la Red Nacional”, mientras que “los gobiernos locales deben proporcionar el edificio, el mobiliario y el equipo para la conformación de las bibliotecas, además de asignar y remunerar al personal encargado de atenderlas”.

Curioso detalle, puesto que en el lugar sólo había una bibliotecaria encargada, incapaz de atender ambas áreas al mismo tiempo. Además lucía un prominente embarazo, lo que me hizo pensar en una próxima clausura de la biblioteca de no hallar reemplazo para su cargo. En realidad la biblioteca estaba bien abastecida, pero era tan reducido el lugar que incluso la bibliotecaria pasaba más tiempo fuera mirando el ajetreo de la calle.

Tercera parada. La biblioteca con revistas

Hubo algunas peculiaridades cuando fui a la biblioteca de Umán. A diferencia de lo que había esperado, el lugar no se encontraba en el centro; fue necesario caminar un poco más de diez calles para llegar. Era espaciosa, bien iluminada por sus ventanales de cristal y su acervo era amplio, pero no estaba actualizado. Contaba con una buena muestra hemerográfica con ejemplares de revistas como Antropología, del INAH, Letras libres, Proceso, y otras más.

De acuerdo al Catálogo de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas, es suya “la responsabilidad de dotar, en formato impreso y digital, los acervos con publicaciones informativas, recreativas y formativas, así como de obras de consulta y referencia, con el fin de que tengan un impacto en el desarrollo integral de sus usuarios”.

Cuarta parada. La biblioteca playera

Aunque no se encuentra justo en el centro, la biblioteca de Progreso se ubica a dos calles del parque principal y a una del malecón. Está dentro del edificio que corresponde a la casa de la cultura del municipio. Es amplia, con espacio lúdico infantil, área de cómputo, servicio gratuito de internet, su catálogo está actualizado y es más diverso que en las bibliotecas anteriores. En esta biblioteca alcancé a ver afluencia de personas, tanto niños, jóvenes y adultos en las diferentes áreas; aunque no era mucha, sí era constante el movimiento.

El hecho de ver usuarios ahí llamó mi atención, si ya es difícil atraer personas a la literatura, teniendo cerca la seducción del mar lo hace aún más complicado. Tal vez eran turistas curiosos, que al igual que yo, después de navegar en las páginas de Sartre o sor Juana, se zambulleron en las aguas de la playa. Pero tal vez los habitantes del municipio acuden menos, dejando en desperdicio una biblioteca con servicios de calidad.

Quinta parada. La biblioteca luminosa

Teniendo en mente que Motul es una ciudad, esperaba encontrar una biblioteca con condiciones similares a la de Progreso. Sin embargo fue distinto. El lugar se ubica en el centro, pero no en el palacio del ayuntamiento, sino en una calle lateral a un costado de la iglesia. Era una especie de galerón modesto con ventanales que permitían el paso de la luz solar a raudales; este detalle propició que los libros ubicados en los estantes inmediatos a las ventanas hayan quedado decolorados del lomo o en partes de la contraportada. Accidente que ocurrió con los libros de la colección de CONACULTA, presentes en la biblioteca, y como todos los demás, lucían una capa de polvo turbio.

Sexta parada. La biblioteca en reacomodo

Un caso singular ocurrió en Oxkutzkab, cuya biblioteca se encontraba en la misma manzana del palacio municipal, pero en la calle lateral. Quizás estaban pasando por un momento de reacomodo y organización, porque el espacio estaba atiborrado de cajas llenas de libros, además de los estantes que estaban alrededor.

La biblioteca era un salón amplio, pero dividido en secciones: al fondo se encontraban computadoras con internet, que en aquel momento unos niños usaban para jugar en línea. En la sección intermedia había estantes de libros, pero era complicado acceder por las cajas que ocupaban gran espacio.

Por lo que se podía ver, no contaban con la colección de libros del CONACULTA. Era la segunda biblioteca que no contaba con ellos, y coincidía con que fue en otro municipio con calidad de ciudad; o bien no los habían recibido o no tenían espacio suficiente para ello.

Séptima parada. La biblioteca desaparecida

Una verdadera desilusión fue enterarme de que en Homún no contaban con biblioteca municipal. Averigüé que existió una, pero entre los cambios de administración del ayuntamiento desapareció. No supieron decirme qué hicieron con los libros o dónde acabó el material de la biblioteca.

Octava parada. La biblioteca sin personal

Sucedió algo semejante cuando visité la comisaría de San José Tzal, perteneciente a Mérida. La biblioteca se encontraba en un centro comunitario, de reciente creación y funcionamiento, por lo que se podía apreciar. Pero pasó que no se pudo acceder ese día por cuestiones de personal, simplemente no había quien abriera o aún no había llegado, informó la encargada general del centro.

Una amiga de ese poblado me comentó que a los encargados, bibliotecarias y otro tipo de personal, los van renovando según la administración del ayuntamiento, cada vez que cambiaba el color del partido buscaban nuevo personal según la disponibilidad de los puestos.

A pesar de haber esperado bastante tiempo, no pude ingresar a la biblioteca. Desde afuera se podía apreciar que era amplia, las ventanas grandes y de cristal permitían una vista clara del interior. Contaban con computadoras, pero tampoco se distinguía la colección actualizada. Más tarde me enteré que en días posteriores, iniciaron una remodelación y actualización de su biblioteca, aunque no pude ver los resultados.

Novena parada. Las bibliotecas desactualizadas

En el extremo norte de la ciudad fui a las bibliotecas de Cholul y de Xcumpich. Ambas se encuentran en el centro de la comunidad, se reconocen de inmediato por tener el nombre pintado en la fachada. Cada una constaba de dos salones donde estaban dispuestos anaqueles con libros y mesas para el uso de los visitantes.

En ellas parecía haberse detenido el tiempo, porque no había nadie más que su respectiva encargada. Ninguna contaba con la colección de libros color azafrán, en cambio, tenían bastantes títulos de la colección Lecturas Mexicanas que la SEP y el Fondo de Cultura Económica publicó a principio de los ochenta. Los libros estaban cubiertos por una película de polvo oscuro, lo que acentuaba la sensación de haber regresado a un pasado inmóvil.

Décima parada. La biblioteca en desamparo

Más adentro de la ciudad visité la biblioteca ubicada en Chuburná. Comparte el edificio del registro civil de esa colonia, que está a contra esquina de la calle a espaldas de la iglesia. La bibliotecaria lleva el registro de los usuarios y permanece atenta a cualquier solicitud, de este modo cumplía con el mínimo de los servicios de la biblioteca.

Similar a las dos anteriores bibliotecas, los libros eran de colecciones antiguas, con la diferencia de que tenía acceso gratuito a internet. El hecho de ser nula la presencia de usuarios puede ser razón para desatender la reactivación de las bibliotecas en zonas conurbadas; así, no hay interés en actualizarlas, relegando los libros viejos a la periferia, ni brindarles cuidado, puesto que a falta de quien los use, a nadie pareciera importarles su condición.

Existe un edificio, a dos calles del centro rumbo al sur, detrás de la concha acústica donde realizan actividades de diversa índole, que fue construido con intenciones de albergar la biblioteca municipal. El espacio está por cumplir casi nueve años, y durante ese período no se ocupó ni hubo indicios de que fuera a adecuarse para la biblioteca. El lugar es amplio y resulta suficiente para los libros, un área de cómputo e incluso un área lúdica para niñas y niños. Llegué a pensar que podría aprovecharse la suspensión debida a la pandemia para trasladar la biblioteca a ese lugar.

Las administraciones del ayuntamiento, desde que se construyó ese edificio, estuvieron traspapelando y postergando ese deber; con las alternancias de los puestos políticos, también se relegaba la responsabilidad de cumplir con el uso adecuado de ese sitio. Se llegó a rumorar que debido a una deuda acaecida por la construcción del edificio no se podía ocupar ni darle uso. En ningún informe se mencionó como resultado o inversión la presencia de ese edificio. Hasta que por fin la administración actual tomó la decisión de emplearlo como ciber comunitario. Parece funcional y he visto que acude uno que otro usuario.

No tengo la certeza de cuántas y cuáles bibliotecas municipales han regresado a sus labores. La biblioteca Manuel Cepeda Peraza ha reabierto con las debidas normas sanitarias, pero los riesgos permanecen para los usuarios. Sería deseable crear otras estrategias para reactivar el funcionamiento de las bibliotecas, si bien ya existen nuevos métodos para el acceso a los libros como los catálogos en línea de muchas universidades a nivel mundial o las bibliotecas digitales que ofrecen su servicio gratuito.

Quizá las bibliotecas municipales podrían tener su propia página para divulgar y ejercer su función desde la distancia en que nos encontramos. Por ahora, la biblioteca municipal de Tixkokob cuenta con un grupo de Facebook donde se comparten diferentes publicaciones de interés literario. No obstante, físicamente sigue cerrada, los libros permanecen en el abandono, pareciera que sigue bajo una cuarentena sin asomo de tener final.

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