viernes, enero 28, 2022

Cuatro poemas sobre el odio

Por: Irma Torregrosa

Ilustración de Looleepop

Irma Torregrosa es la poeta más destacada de su generación en Yucatán. Es maestra en el Centro Estatal de Bellas Artes, donde ella misma estudió hace ya muchos años, y es feminista. Estudió la licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Autónoma de Yucatán y ha hecho lo mismo diseño editorial que un libro ganador del Premio Internacional de Poesía San Román, Piélago. Fue tres veces becaria de verano de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2011, 2012 y 2015. Sus poemas han sido publicados en revistas como Círculo de poesía, Enter Magazine, La tribu de Frida y Carruaje de pájaros, así como en las antologías Astronave. Panorámica de poesía mexicana (1985-1993) (UNAM-UANL, 2013) y Los reyes subterráneos. Veinte poetas jóvenes de México (La Bella Varsovia, 2015). Ella es nuestra escritora de esta edición en la sección de Hoja de Arce.

I

La chica de la foto  de perfil

que miro en la pantalla del teléfono

tiene las cejas como lunas entristecidas

y una sonrisa perfecta

no como decir cielo o perla

sino perfecta

como una jaula que encierra

entre sus labios

el sueño de un tigre blanco.

Ella ve hacia la cámara

y no imagina, que al otro lado,

hay alguien que realmente la mira.

II

Tenerle miedo a una fotografía

y aún así, mirarla.

Entrar en ella de golpe

y elegir el detalle en el escenario

la única mirada entre las otras

que nos hará olvidar cómo se duerme

y los modales que aprendimos en la infancia

Ver esa fotografía es encontrar bajo las uñas

formas animales de mirar.

III

Una mujer derrumba su cuerpo

al mirar una y otra y otra y otra vez

la fotografía de otra mujer con la que nunca se ha cruzado.

Una mujer toma un puño de sal

y lo tira sobre su corazón,

arde en silencio. 

Una mujer piensa en otra mujer,

en su sonrisa colgada del cuello de un hombre

que dice amarla sobre todas las cosas.

IV

La chica de la foto de perfil y yo

no somos tan diferentes.

Tal vez seríamos amigas

y, entonces, ya no querría una sonrisa

como la suya, que despertara en los chicos las ganas de besar,

hecha de estrellas. 

Si fuéramos amigas, quizás yo

no querría arrancarle los dientes a su fotografía.

Si nos conociéramos, quizás

no me atrevería a hacerle daño nunca. 

Entonces, el odio se ahoga dentro de mi estómago

y dejo de llorar. 

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