Por Ricardo Guerra de la Peña

Fotos: Ricardo Guerra de la Peña

Ilustración: Luis Cruces Gómez

En mis casi diez años de huach he escuchado opiniones divididas acerca de la feria. Mis familiares más fresas me advertían que era “naquísimo”, hasta peligroso. Algunos de quienes aceptaban “a mí sí me late” lo decían apenados, como si se tratara de un gusto secreto. En cambio, los que se jactaban de no ir porque “fo, qué asco” lo decían orgullosos, como si desdeñar la feria les diera estatus. Cuando me invitaron a ir no dude en aceptar.

Llegué con Carolina (mi cita y guía yucateca) un día martes en Uber. Salió carísimo, no tenía idea que la feria se encontraba tan alejada de la ciudad. Accedimos por la entrada trasera, los veinte pesos que nos cobraron me parecieron una ganga. Con lo primero que nos topamos fue con un ejército de bovinos, nada común en las ferias de la CDMX. Desde ahí empezamos bien. Aunque citadino hasta el tuétano, no hay cosa que más me emocione que los animales de granja, más si están gordos, y frente a mí tenía cientos de cabezas de ganado para agasajarme.

Me enteré que es tradición de los ganaderos llevar a sus mejores bovinos para competir por quién tiene la mejor calidad. Avancé observándolos como se admira una obra maestra o con la ternura de ver a una abuelita tierna y achacada. Pisé en más de una ocasión enormes pedazos de mierda, o “miarda” para Carolina, a quien mi paso lento y emoción casi infantil le parecieron ridículos. Por curiosidad pregunté el precio de Valetina, una enorme vaca obesa. En promedio $40,000 por el animal. Fantaseé con tener al cuadrúpedo de 900 kilos en mi cuarto.

—Imagínate lo calientito que ha de ser dormir sobre ella —le dije a Carolina.

Caminamos hacia la puerta principal para conseguir un mapa, y al advertir el enorme carrusel dije:

—Me recuerda a Six Flags —lo que le pareció más que exagerado.

Un Six Flags que en lugar de Bugs Bunny tiene a Globito y Bizcochito, personajes de la galletera Dondé. Y en vez de desfile de princesas, decenas de mujeres bailando en suntuosos huipiles.

El huach “se fresea”

Como epiléptico, temía mucho al área de la feria y los juegos mecánicos, pero pronto descubrí que las luces serían una de mis últimas preocupaciones. Ya me habían advertido acerca de las faltas de seguridad de los juegos, pero ignoraba hasta qué grado. La primera atracción que elegimos fueron los Troncos, que me recordó al “Splash!” de Six Flags. El carrito, en forma de tronco, sube por una rampa para luego caer a gran velocidad hasta estrellarse en el agua, empapándote, y vuelve a subir una rampa aún más alta para la caída final.

Era una noche de heladez, por lo que no había fila. En cuanto compré los boletos nos invitaron a pasar. El encargado me indicó que me sentara en uno de los carritos, pero al verlo, le advertí la falta de cinturones.

—Así son todos, solo te agarras de los tubos —me dijo hastiado, como infiriendo “este güero seguro no es de aquí”.

¿Agarrarme de los tubos va a prevenir que me salga del carrito en una caída de veinte metros? Iba a desistir pero mi experimentada acompañante ya estaba sentada y el juego por comenzar. Justo esa tarde mi asegurador me llamó para informarme que mis pagos no habían pasado, por lo que no estaba cubierto en caso de accidente.

—No te mames ni hagas pendejadas —me dijo antes de colgar, es muy confianzudo.

Si salía disparado del carrito y alcanzaba a sobrevivir, las fracturas y cirugías reconstructivas iban a dejarme arruinado. Pero pudo más la insistencia de Carolina y la culpa de haberme negado a subir a su juego favorito, que por la cantidad de luces, consideré demasiado riesgoso para mi epilepsia. Tengo miedo a las alturas pero juro que ni en el “Superman” de Six Flags temí tanto. Sujetándome con fuerza sobreviví a la primer caída.

Ya empezaba a disfrutarlo cuando al subir la rampa más alta, para la caída final, nuestro tronco quedó atorado a la mitad del camino. Se necesitaron cinco personas para volver a hacerlo andar. ¿Y si algo se había averiado? En la cima, la estructura me pareció casi de aluminio y de lo más inestable, crujía. Me agarré con fuerza de los tubos esperando lo peor y grité muerto de miedo, lo que hizo carcajear a Carolina. Al terminar la caída, me empapó el agua, que me pareció color chaya. Era lo de menos, estaba ileso, a pesar de no seguir el consejo de mi asegurador. Entonces entendí por qué mi acompañante insistió en que llevara una playera extra.

La falta de seguridad en los juegos fue de mal en peor. Al siguiente que nos subimos fue a una rueda que daba vueltas sobre su propio eje. Me impactó cómo los organizadores corrían por la estructura, que giraba a gran velocidad, para agarrar los carritos y darles aún más vueltas. Al subir quise ajustar la barra del cinturón, pero no se podía. Ya iba a comenzar a andar y le pedí a gritos ayuda a un organizador.

—No abrochan, güero, la velocidad hace que no te salgas.

Increíble, ahora tenía que confiarle mi vida a la física. Estoy seguro que mi pregunta me delató como foráneo, ya que durante todo el juego el güey al que pedí auxilio no dejo de darnos vueltas, cuando debía hacerlo también con todos los demás carritos. Espantoso: sentí que se me bajaba la presión y exageré mi cara de sufrimiento para intentar que se detuviera, pero eso lo incitó más.

—Es tu culpa por fresearte — alcanzó a gritarme Carolina, pálida.

Cuando por fin se detuvo el juego, C comenzó con arcadas. La senté en la mesa de un restaurante y corrí por una Coca-Cola para revivirla.

La rueda de las selfies

No quería que estuviera indispuesta para la Rueda de la Fortuna, ya que era de noche y me parecía de lo más romántico. Al cabo de un rato logré convencerla. ¿Qué medidas de seguridad podían faltar en un juego tan benévolo? Pues sí, tampoco había cinturones. Si se me ocurría brincar cuando estuviéramos en lo más alto, podría hacerlo. Entonces entendí que la confianza es mutua: los clientes confían en los juegos y los dueños de los juegos en que sus usuarios no van hacer pendejadas. En Six Flags la seguridad no permite hacerlas, los huaches no nos tenemos esa confianza, en la CDMX uno asume que todos son capaces de hasta lo impensable.

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Imaginé el titular del De Peso: “Huach se hace puch al caer de la Rueda de la fortuna” Y un comentario en Facebook: “Qué bueno, uno menos”.

El juego fue más que ameno comparado con los anteriores. Me llamó la atención que tanto quienes nos acompañaban, como las parejas de otras canastas, se dedicaron a tomarse selfies durante todo el trayecto. Yo quise hacerme el romántico un tiempo, por amor al cliché, pero terminé tomándome selfies con Carolina. Después de comprar seis pares de calcetines por cincuenta pesos, decidimos dirigirnos al área de comida. En el trayecto se nos acercó un vendedor de rosas.

—Cómprele una a su damita.

—No se la merece —le conteste bromeando.

Lo cual le molestó muchísimo, y haciendo gallarda justicia me espetó:

—Entonces yo se la regalo.

Y le dio una rosa. Ella le dirigió una mirada coqueta al vendedor, para después regañarme por mi grosería.

No hay nada más excitante que ver a tu cita jineteando con proeza

La oferta de comida era enorme y para todos los bolsillos. Terminamos decidiéndonos por unas jugosas espadas de carne que, al juzgar por su módico precio, estuvieron de maravilla. Al terminar de comer y fumar los obligados cigarros, para hacer la digestión, nos topamos con un juego de torito. Ese día casualmente llevaba camisa tipo vaquera, y el haber convivido con bovinos y platicado con ganaderos, me incitó a probar cómo me iría cabalgando a uno de esos enormes animales y, por supuesto, tratar de impresionar a Carolina, lo que me pareció más importante que obedecer a mi asegurador.

El resultado fue patético, el encargado no dejaba de mover al torito para atrás y adelante, golpeándome los testículos con la cabeza de metal, una y otra vez. Lo que hacía carcajear a mi cita y no suspirar como había imaginado. “Puta madre, mi seguro no protege mis huevos”, pensé. Al caer inmediatamente pedí otro intento. Sentí que lo mío y lo del joven que manejaba el torito era personal. ¿Por qué no me dejaba impresionar a mi chica?, ¿Por qué la vida nunca me deja interpretar los personajes de Ryan Gosling o Zac Efron? Después de otra madriza a mis testículos volví a caer. Finalmente me subí una tercera vez y le pedí a Carolina que me grabara con mi celular, para subir un instamoment cayendo del torito, con la leyenda: “Yo en la vida”.

Xmatkuil es de los yucatecos para los yucatecos

Pese a las ofertas, ir a Xmatkuil no es barato. Es difícil resistirse cuando todo está a un precio tentador. La cartera poco a poco se va vaciando, pero uno no lo percibe cuando se mimetiza con el ambiente. El verdadero peligro lo encontré donde menos lo esperaba. Al llegar al stand, en el que una especie de quiropráctico le tronaba la espalda a un anciano, el crack se me antojo irresistible. Ni siquiera había escuchado el precio y ya estaba tendido en el piso, listo para ser tronado.

—¿Tienes alguna dolencia?

—Sí, tengo muy tensa la espalda alta —le inventé al hombre chaparro y fortachón.

—Entonces te caería bien un reacomodo de columna —lo cual me pareció exquisito.

No hubo un solo crack durante toda la sesión. Por más que arremetía contra mis omóplatos no lograba hacer tronar nada.

—Aguanta, estás grandote, tengo que hacerlo más fuerte.

El dolor era insoportable. Terco en su misión, volvía a intentarlo una y otra vez, arremetiendo con todo su peso, hasta que finalmente se rindió con mi espalda y continuó con mis extremidades. Nada.

—Estás muy tenso, chavo.

—Sí, él siempre está tenso —le contestó Carolina.

Increíble, estaba de su lado. Me sentía estafado y con miedo a no volver a caminar. A la hora de intentar tronarme el cuello me pidió que me sentara en un huacal.

—Estás demasiado alto —me recriminó como si fuera mi culpa. —Tranquilo, hasta ahora nunca he desnucado a nadie.

Ahora sí estaba tenso. De nuevo nada, ningún crack, solo sentí un doloroso calambre que me recorrió toda la columna. Al terminar se justificó diciendo que nunca lo había intentado con alguien de mi tamaño, que en todos sus años de experiencia era la primera vez que no lograba hacer tronar a alguien. La gente que presenciaba el penoso espectáculo me miraba como si fuera un alien. Mido 1.78 m, nada de otro mundo, pero tal vez decía la verdad, los huaches no van a Xmatkuil, pensé.

Al final me cobró doscientos cincuenta pesos y me recomendó tomar una buena dosis de antiinflamatorios. Estaba muy adolorido y mi aseguradora no iba a cubrirme los medicamentos ni el reacomodo de columna. Hasta hoy, días después en que escribo esta crónica,  siento dolor al estirar la espalda de vez en cuando, para volver a acostarme en mi hamaca a escribir. Una hamaca minúscula por la que pagué una fortuna, porque me vieron cara de huach en Progreso hace varios años.

El paraíso kitsch

Quizá por hipocondría, o un verdadero daño, sentía un cosquilleo en todas mis extremidades. Debió moverme un disco —le dije a Carolina. Las luces de la feria ya habían comenzado a molestarme. Era momento de regresar a casa, pero antes no quería perderme el remate de cobijas. Lo había visto hace pocos días en un video en Facebook y me llamó mucho la atención. Fue entonces cuando llegamos a lo que denominé “El paraíso kitsch”, arte o anti-arte del que hace años soy fanático. Cuando veo algo totalmente inútil y de mal gusto me resulta irresistible no coleccionarlo.

Mesas llenas de tazas y utensilios de cocina en forma de penes, hacían que muchos pasaran a su lado con cara de serios o echando un ligero vistazo culposo. Los menos, como yo, les tomábamos fotos o los admirábamos un largo rato.

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—Ya, Ricardo, parece que te gusta la… —me dijo incómoda.

Al llegar, el área estaba llena de cobijas de colores chillantes, tapizadas con animales, Minions o una enorme Peppa con un escote que dejaba escapar sus enormes senos rosas. Un joven desdoblaba las telas desde lo alto de una montaña de frazadas para mostrar los diversos diseños, mientras otros encargados gritaban eufóricos las ofertas. De vez en cuando un comprador se animaba. Ya no me quedaba mucho dinero para participar y tuve que dejar ir una espantosa cobija con la impresión de un Minion montando a caballo.

Decidí ir a ver qué más me alcanzaba. En cuanto encontré un aparato de madera para hacer masajes, le pedí a Carolina que hiciera lo propio, para tratar de mitigar el daño del huesero. Ante la mirada de “ya lo dejó todo sudado” de la vendedora, terminé comprándolo, seguramente no volveré a usarlo. Aún me alcanzaba para algo más y recordé que necesitaba una alcancía. Me llamaron la atención una vaca afelpada, y una enorme tortuga con los ojos rojos y un porro en la boca. Estaban fuera de mi presupuesto, así que me decidí por un cochino enorme, que apenas me alcanzó, después de lo que consideré un estoico regateo.

—Con esta junta para su luna de miel —nos dijo el vendedor al envolverla.

—O para el divorcio —le contesté, lo que no le causo gracia a Carolina.

—Fácil le caben $50,000 si la llena con puras de $10 —me comentó otro vendedor.

Ya no aguantaba la espalda y mi compañera aún no se recuperaba de las vueltas del juego. Decidimos que ya era hora de irnos. En lo que esperábamos el Uber, nos pusimos a elegir un nombre para mi cochino. Le puse Valentina, como la vaca más gorda que vimos ese día. Quizá el próximo año regrese con mis 50,000 pesos para arremeter en la subasta de cobijas y comprar a la verdadera Valentina, para dormir bien calientito sobre ella.

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Ricardo Guerra de la Peña (Ciudad de México, 1992). Becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) 2017. Ganador del Premio Estatal de Cuento Corto El Espíritu de la Letra, Yucatán, 2015. Segundo lugar en el 17º Concurso de Cuento Letras Muertas 2016 organizado por la UNAM en homenaje a Rufino Tamayo. Mención honorífica en el Premio Nacional de Cuento Joven FILEY 2015.

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