Por Ricardo Guerra de la Peña

Ilustración: Luis Cruces Gómez

Cuando me mudé a Mérida mi bienvenida fue “ma, tenemos un huach en el salón”. Apodo despectivo con el que los yucatecos se refieren a los que nacimos en la Ciudad de México. Ser huach es no encajar, ver y entender de manera distinta lo yucateco. Un ejemplo de ello es la feria de Xmatkuil, uno de los eventos más importantes de la península, celebrada en Yucatán durante el mes de noviembre desde 1974. Un huach no experimenta la feria de Xmatkuil de la misma manera que un yucateco. Lo hace desde la lejanía que le impone una cultura tan diferente, como si se tratara de otro país, que lo convierte en un ser inadecuado porque no entiende, ni logra darse a entender, a pesar de hablar el mismo idioma. Aun así, hay huaches a los que nos fascina mirar de frente a lo yucateco, aunque a veces nos ciegue.

Llegué con Carolina, mi cita y guía yucateca. El Uber salió carísimo, no tenía idea que la feria se encontraba tan alejada de la ciudad. Accedimos por la entrada trasera, y los veinte pesos que nos cobraron me parecieron una ganga. Con lo primero que nos topamos fue con un ejército de bovinos, nada común en las ferias de la CDMX. Desde ahí empezamos bien. Aunque citadino hasta el tuétano, no hay cosa que me emocione más que los animales de granja, sobre todo si están gordos, y frente a mí tenía cientos de cabezas de ganado para agasajarme.

Me enteré que es tradición de los ganaderos llevar a sus mejores bovinos para competir por quién tiene la mejor calidad. Al igual que casi un millón de visitantes que acuden regularmente, avancé observándolos como se admira una obra maestra o con la ternura de ver a una abuelita tierna y achacada. Pisé en más de una ocasión enormes pedazos de mierda, o “miarda” para Carolina, a quien mi paso lento y emoción casi infantil le parecieron ridículos. Por curiosidad pregunté el precio de Valetina, una enorme vaca obesa. En promedio $40,000 por el animal. Fantaseé con tener al cuadrúpedo de 900 kilos en mi cuarto.

—Imagínate lo calientito que ha de ser dormir sobre ella —le dije a Carolina.

Caminamos hacia la puerta principal para conseguir un mapa, y al advertir el enorme carrusel dije:

—Me recuerda a Six Flags.

Lo que a Carolina le pareció más que exagerado. A mí no. Es un Six Flags que en lugar de Bugs Bunny tiene a Globito y Bizcochito, personajes de la galletera Dondé. Y en vez de desfile de princesas, decenas de mujeres bailando en suntuosos huipiles.

El huach “se fresea”

Como epiléptico, temía mucho al área de la feria y los juegos mecánicos, pero pronto descubrí que las luces serían una de mis últimas preocupaciones. Ya me habían advertido acerca de las faltas de seguridad de los juegos, pero ignoraba hasta qué grado. La primera atracción que elegimos fueron “Los Troncos”, que me recordó al “Splash!” de Six Flags. El carrito, en forma de tronco, sube por una rampa para luego caer a gran velocidad hasta estrellarse en el agua: empapándote, y vuelve a subir una rampa aún más alta para la caída final.

Era una noche de “heladez”, por lo que no había fila. En cuanto compré los boletos nos invitaron a pasar. El encargado me indicó que me sentara en uno de los carritos. Le advertí la falta de cinturones.

—Así son todos, solo te agarras de los tubos —me dijo hastiado, como infiriendo “este güero seguro no es de aquí”.

¿Agarrarme de los tubos iba a prevenir que me saliera del carrito en una caída de veinte metros? Quise desistir, pero mi experimentada acompañante se había sentado y el juego estaba por comenzar. Justo esa tarde mi asegurador me llamó para informarme que mis pagos no habían pasado, por lo que no estaba protegido en caso de accidente.

—No te mames ni hagas pendejadas —me dijo antes de colgar, es muy confianzudo.

Si salía disparado del carrito y alcanzaba a sobrevivir, las fracturas y cirugías reconstructivas iban a dejarme arruinado. Pero pudo más la insistencia de Carolina y la culpa de haberme negado a subir a su juego favorito, que por la cantidad de luces consideré demasiado riesgoso para mi epilepsia. Tengo miedo a las alturas pero juro que ni en el “Superman” de Six Flags temí tanto. Sujetándome con fuerza sobreviví a la primera caída.

Ya empezaba a disfrutarlo cuando, al subir la rampa más alta, nuestro tronco quedó atorado en la mitad del camino. Se necesitaron cinco personas para volver a hacerlo andar. ¿Y si algo se había averiado? En la cima, la estructura me pareció casi de aluminio y de lo más inestable, crujía. Me agarré con fuerza de los tubos esperando lo peor y grité muerto de miedo, lo que hizo carcajear a Carolina. Al terminar la caída, me empapó el agua, que me pareció color chaya. Entonces entendí por qué mi acompañante insistió en que llevara una playera extra.

La falta de seguridad en los juegos fue de mal en peor. Al siguiente que nos subimos fue a una rueda que daba vueltas sobre su propio eje. Me sorprendió cómo los organizadores corrían por la estructura, que giraba a gran velocidad, para agarrar los carritos y darles aún más vueltas. Al subir quise ajustar la barra del cinturón, pero no se podía. Ya iba a comenzar a andar y le pedí a gritos ayuda a un encargado.

—No abrochan, güero, la velocidad hace que no te salgas.

Increíble, ahora tenía que confiarle mi vida a la física. Estoy seguro que mi pánico me delató como foráneo, ya que durante todo el juego el trabajador al que pedí auxilio no dejó de darnos vueltas. Sentí que se me bajaba la presión y exageré mi cara de sufrimiento para intentar que se detuviera, pero eso solo lo incitó más.

—Es tu culpa por fresearte —alcanzó a gritarme Carolina, pálida.

Cuando por fin se detuvo el juego, ella comenzó con arcadas. La senté en la mesa de un restaurante y corrí por una Coca-Cola para revivirla.

La rueda de las selfies

Le propuse a Carolina que fuéramos a la Rueda de la Fortuna. ¿Podían faltar medidas de seguridad en un juego tan romántico? Pues sí, tampoco había cinturones. Si se me ocurría brincar cuando estuviéramos en lo más alto, podría hacerlo sin que nada me detuviera. Entonces entendí que la confianza es mutua: los clientes confían en los juegos y los dueños de los juegos en que sus usuarios no van hacer pendejadas. En Six Flags, la seguridad no permite hacerlas, los huaches no nos tenemos esa confianza, en la CDMX uno asume que todos son capaces de hacer hasta lo impensable.

Imaginé el titular del periódico De Peso: “Huach se hace puch al caer de la Rueda de la fortuna”. Y un comentario en Facebook: “Qué bueno, uno menos”.

Las parejas de las otras canastas se dedicaron a tomarse selfies durante todo el trayecto. Yo quise hacerme el romántico un tiempo, por amor al cliché, pero terminé tomándome selfies con Carolina.
Después nos dirigimos al área de comida. En el trayecto se nos acercó un vendedor de rosas.

—Cómprele una a su damita.

—No se la merece —le contesté bromeando.

Lo que molestó al vendedor, y haciendo gallarda justicia me espetó:

—Entonces yo se la regalo.

Y le dio una rosa. Ella le dirigió una mirada coqueta, para después regañarme por mi grosería.

No hay nada más excitante que ver a tu cita jineteando con proeza

La oferta de comida era enorme y para todos los bolsillos. Terminamos decidiéndonos por unas jugosas espadas de carne que, al juzgar por su módico precio, estuvieron de maravilla. Al terminar de comer y fumar los obligados cigarros para hacer la digestión, nos topamos con el juego del torito. Ese día casualmente llevaba camisa tipo vaquera, y el haber convivido con bovinos y platicado con ganaderos, me incitó a probar cómo me iría si cabalgara a uno de esos enormes animales.

El resultado fue patético, el encargado no dejaba de mover al torito para atrás y adelante, golpeándome la entrepierna con la cabeza de metal. Lo que hacía carcajear a mi cita y no suspirar como había imaginado. Al caer inmediatamente pedí otro intento. Sentí que lo mío y lo del joven que manejaba el torito era personal. Volví a caer.

Xmatkuil es de los yucatecos para los yucatecos

Pese a las ofertas, ir a Xmatkuil no es barato. Es difícil resistirse cuando todo está a un precio tentador. La cartera poco a poco se va vaciando, pero no se percibe cuando uno se mimetiza con el ambiente. El verdadero peligro lo encontré donde menos lo esperaba. Al llegar al stand en el que una especie de quiropráctico le tronaba la espalda a un anciano, el “crack” se me antojo irresistible. Ni siquiera había escuchado el precio y ya estaba tendido en el piso, listo para ser tronado.

—¿Tienes alguna dolencia?

—Sí, tengo muy tensa la espalda alta —le inventé al hombre chaparro y fortachón.

—Entonces te caería bien un reacomodo de columna —lo cual me pareció exquisito.

No hubo un solo “crack” durante toda la sesión. Por más que arremetía contra mis omóplatos no lograba hacer tronar nada.

—Aguanta, estás grandote, tengo que hacerlo más fuerte.

El dolor era insoportable. Terco en su misión, volvió a intentarlo una y otra vez, arremetiendo con todo su peso, hasta que finalmente se rindió con mi espalda y continuó con mis extremidades. Nada.

—Estás muy tenso, chavo.

—Sí, él siempre está tenso —le contestó Carolina.

Tenía miedo de no volver a caminar y me sentía estafado. A la hora de tronarme el cuello me pidió que me sentara en un huacal.

—Estás demasiado alto —me recriminó como si fuera mi culpa. —Tranquilo, hasta ahora nunca he desnucado a nadie.

Ahora sí estaba tenso. De nuevo nada, ningún “crack”, solo sentí un doloroso calambre que me recorrió toda la columna. Al terminar se justificó diciendo que nunca lo había intentado con alguien de mi tamaño, que en todos sus años de experiencia era la primera vez que no lograba tronar a alguien. La gente que presenciaba el penoso espectáculo me miraba como si fuera un alien. Mido 1.78 m, nada de otro mundo, pero tal vez decía la verdad: los huaches no van a Xmatkuil, pensé.

Al final me cobró doscientos cincuenta pesos y me recomendó tomar una buena dosis de antiinflamatorios. Estaba muy adolorido y mi aseguradora no iba a cubrir los medicamentos ni el reacomodo de columna.
Hasta hoy, días después en que escribo esta crónica, siento dolor al estirar la espalda de vez en cuando, para volver a acostarme en mi hamaca a escribir. Una hamaca minúscula por la que pagué una fortuna, porque me vieron cara de huach en Progreso.

El paraíso kitsch

Las luces de la feria ya habían comenzado a molestarme. Era momento de regresar a casa, pero no quería perderme el remate de cobijas. Lo había visto en un video de Facebook y quería presenciarlo. Fue entonces, cuando llegamos a lo que denominé “El paraíso kitsch”, arte o anti-arte del que soy fanático. Cuando veo algo totalmente inútil y de mal gusto me resulta irresistible no coleccionarlo.

Al llegar, el área estaba llena de cobijas de colores chillones, tapizadas con animales, Minions y hasta una enorme Blanca Nieves con un escote pronunciado. Un joven desdoblaba las telas desde lo alto de una montaña de frazadas para mostrar los diversos diseños, mientras otros encargados gritaban eufóricos las ofertas. De vez en cuando un comprador se animaba. Ya no me quedaba mucho dinero para participar y tuve que dejar ir una espantosa cobija con la imagen de un Minion montando a caballo.

Decidí ir a ver qué más me alcanzaba. En cuanto encontré un aparato de madera para hacer masajes, le pedí a Carolina que tratara de mitigar el daño del huesero. Ante la mirada de “ya lo dejó todo sudado” de la vendedora, terminé pagándolo, seguramente no volveré a usarlo. Aún podía comprar algo más y recordé que necesitaba una alcancía. Me llamaron la atención una vaca afelpada y una enorme tortuga con los ojos rojos y un porro en la boca. Estaban fuera de mi presupuesto, así que después de un estoico regateo, me decidí por un cochino enorme.

—Con esta junta para su luna de miel —nos dijo el vendedor al envolverlo.

—O para el divorcio —le contesté, lo que no le causó gracia a Carolina.

—Fácil le caben $50,000 si la llena con puras de $10 —me comentó otro vendedor.

Ya no aguantaba la espalda y mi cita aún no se recuperaba de las vueltas del juego. Decidimos que ya era hora de irnos. En lo que esperábamos el Uber, nos pusimos a elegir un nombre para mi cochino. Le puse Valentina, como la vaca más gorda que vimos esa tarde. Quizá el próximo año regrese con mis $50,000 para arremeter en la subasta de cobijas, comprar a la verdadera Valentina, y dormir bien calientito sobre ella.

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