Por: Yobaín Vázquez Bailón

Ilustración de Matsuri Banks

La primera vez que anuncié que iba a hacer una investigación sobre los judíos de Mérida, se me rieron a la cara. Me decían que no iba a encontrar a ninguno, que ellos no estaban presentes en esta ciudad. Para una persona común, el estereotipo del judío es aquel que usa barba larga, ropa negra y patillas en caireles. Los “distingue” esas peculiaridades físicas, y como no se ven de esos por acá, lo más sensato en considerar que no existen. No se les ocurre que además de los claramente identificables judíos ortodoxos (que sí cumplen con esas características), hay cientos y miles de personas judías tan diversas en sus formas de expresar su judaísmo.

Entonces sí, de que existen judíos en Mérida, existen. De acuerdo con el censo realizado en 2010, se registró a una población de 651 judíos, de los cuales 152 radicaba en Mérida. Las cifras, hay que decirlo, son problemáticas y engañosas. Algunos judíos no practican el judaísmo (sí, ser judío no implica solamente practicar esa religión) y, por lo tanto, pudieron no haber sido tomados en cuenta. Y existen denominaciones cristianas que se llaman a sí mismas judías, sin realmente serlo. Pero no vamos a revolvernos la cabeza con eso. Lo importante es reconocer que hay más de una centena de judíos formando parte y conviviendo en nuestra sociedad.

Todavía más importante: los judíos siempre han tenido presencia en Yucatán. Seymour B. Liebman, en su libro Los judíos de México y la América Central, señala que algunos judíos se refugiaron en la península huyendo de la inquisición; incluso menciona que vivieron tranquilamente por haber contribuido a la importación de esclavos. Esto puede ser parte de las muchas difamaciones que se hace de ellos, pues también se reconoce que posiblemente un medio de escape haya sido en embarcaciones de extranjeros (franceses luteranos) y piratas. Lo cierto es que los judíos están con nosotros desde la época colonial, muchas veces encubiertos a tal grado que su presencia se hizo invisible. Esto dio tema para la primera novela histórica en México: La hija del judío, de Justo Sierra.

Para los puristas de la gastronomía yucateca esto podrá parecerles una abominación: mucha de la comida “típica” tiene origen judío. La investigadora Ana María Aguiar de Peniche rescata información de que un guiso, ni más ni menos que el tradicional frijol con puerco que se come todos los lunes, no es más que una variación de un platillo llamado chulent. Claro que los judíos no comen cerdo, esa fue la incorporación yucateca a lo que originalmente se le agregaba carne de res. Si aún no les ha dado un infarto a su yucatecaneidad, se dice que también el pan de Pomuch sigue una receta sefardita. ¿Cómo es que nos apropiamos de estas comidas y las hicimos pasar por yucatecas? La respuesta que da Aguiar de Peniche es que “muchas sirvientas y cocineras trabajaron en casas de judíos durante el periodo colonial y se fueron pasando las recetas a través de los siglos”.

Pero eso es historia. Lo que a mí realmente me importaba era los judíos de ahora. Una de mis principales fuentes resultó ser la reconocida actriz y profesora de teatro Silvia Káter, argentina de nacimiento, mexicana por naturalización y avecindada en Mérida durante ya casi 30 años. Ella me puso en contexto de la realidad de la población judía en Mérida: la mayor parte proviene de distintas partes de la República y de otros países, no tienen un rabino ni sinagoga o alguna otra institución que los agrupe formalmente. Eso no impedía que en eventos importantes del calendario judío, como Pesaj (pascua) o Yom Kippur (día del perdón), se reunieran para celebrar en comunidad. Si bien todo esto resultaba revelador, pensé que esto no sería de interés para mi investigación. Necesitaba un grupo formalizado y robusto, por eso decidí moverme a Quintana Roo, donde sabía que los judíos de allá si estaban más organizados e incluso contaban con un restaurante propio para turistas judíos.

En Cancún fui a un edificio en el que me recibió un rabino joven, muy amable, estaba interesado por compartir su forma de vida. Antes de que pudiéramos concretar algo, fue a dar aviso a una persona que estaba en una oficina. Por el silencio y la cercanía, escuché que una voz femenina lo regañaba y le dio órdenes de que no se realizara ningún tipo de investigación. El rabino apenadamente me despidió. En Playa del Carmen la cosa fue más ruda, acudí al restaurante atendido por judíos ortodoxos y ninguno de ellos quiso atenderme, poniendo de excusa la barrera del lenguaje. Antes de irme de allí, oí cómo le presentaban la carta a una pareja en perfecto español.

Los judíos de Mérida podrán estar dispersos, pero en materia de disponibilidad no había problema. Empecé a hablar con ellos y escuché sus historias. Conocí a Yolanda Cantón, nacida en Yucatán y que por mucho tiempo desconoció que tenía raíces judías, por lo que tuvo que pasar por un proceso de conversión. Entrevisté a un judío ateo proveniente de Canadá y a otros que intentaban llevar una vida más religiosa y para ello se reunían en casas para celebrar oraciones, de las que pude asistir a una.

Entonces pude entender que, precisamente, eran estas diferencias lo que hacía interesante a la población judía de Mérida. Continuaban con su historia de diáspora, todos ellos eran extranjeros, incluso los nacidos acá, porque el judío pertenece siempre a la añoranza de la tierra prometida. Bien lo dice Margo Glantz en su libro Las generaciones: “yo desciendo del Génesis, no por soberbia sino por necesidad”. O sea, pese a que cada uno de ellos tiene orígenes diferentes y enseñanzas culturales distintas, los une el saberse parte de un pueblo errante, con sus propias celebraciones y ritos, algo que los une aquí y en China. 

No se crea entonces que los judíos son un grupo cerrado y que, como me pasó a mí en Cancún y Playa del Carmen, tratan de alejar toda injerencia local. Diana Gutman, una de las entrevistadas más divertidas que encontré, manifestó que no tenía ningún empacho en tener un cuadro de la virgen de Guadalupe en la sala de su casa ni de celebrar Hanal Pixan. Ser judíos no les impide saborear la cultura local. Raúl Torres o Akiva (su nombre en hebreo) usa cotidianamente su kipá (el gorrito que se ponen los judíos varones en la coronilla de la cabeza) y también me contaba que sus sobrinas no escondían ser judías en la escuela, aún cuando sus compañeros las retaban a probar cochinita pibil.

Fue así como pude completar mi investigación. Quise dejar testimonio de que en Mérida hay una presencia judía que, por poco o mucho, ha coloreado el mapa de la diversidad religiosa y étnica de Yucatán. Me di a la tarea de buscar judíos como una manera de resistir a la retórica de que somos una sociedad homogénea y libres de la influencia de agentes externos (huaches). Al encontrarlos y conocerlos, al enterarme de sus historias, reconocí el valor de celebrar las diferencias. Y bueno, también tuve la satisfacción de decirles a los que se burlaban de mí y mi investigación: no sólo hay judíos en Mérida, pelanás, sino que gracias a ellos saqué mi título universitario.

Para más información, favor de consultar la tesis Construcción de identidad en un grupo de la población judía de Mérida: diáspora y religión, que actualmente se encuentra empolvándose en la biblioteca de ciencias antropológicas de la UADY.

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