Por Miguel Civeira

Ilustración: Miss Kanto

Ésta es una pregunta que toca hacernos en un contexto en el que, por fin, está poniéndose sobre la mesa el asunto del racismo en México. Durante décadas en el discurso oficial posrevolucionario (y sus orígenes pueden rastrearse al nacionalismo criollo) se declaraba a México como un país mestizo. Esto podría haber tenido la buena intención de crearnos una identidad común para todos los habitantes de este país, y de así evitar divisiones por raza (o casta, como impusieron los conquistadores). En efecto, si todos somos mestizos, ¿cómo unos discriminarían a otros?

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El problema, ay, es que esa visión fue muy ingenua (o quizá diabólicamente brillante, vaya usté a saber), pues no borró el racismo, pero sí contribuyó a invisibilizarlo. La discriminación se siguió dando, como en un espectro descendente, de la parte de la población que tiene rasgos físicos y culturales más hispanos o europeos, contra la que tiene la que muestra más claramente su legado indígena. O sea, que al final puede que todos seamos mestizos, pero no todos somos igualmente mestizos. Para aumentar la confusión, el racismo se mezcla o camufla con otras formas de discriminación, como el clasismo y la xenofobia.

La buena noticia es que de unos años para acá México por fin está viéndose en el espejo y empezando a notar ese grano feo y purulento que tiene en la cara. Esto se aprecia en el volumen de textos que se han escrito al respecto, desde artículos de opinión (¡hola!) hasta libros enteros (como Alfabeto del racismo mexicano de Federico Navarrete y Las élites de la ciudad blanca de Eugenia Iturriaga). De unos meses para acá, la discusión se ha encendido por el sorprendente pero merecido éxito internacional de la película Roma, y de su protagonista Yalitza Aparicio.

De modo que me he puesto a pensar, ¿qué puede hacer un profe de prepa, como su seguro servidor, para combatir el racismo? ¿Qué puede hacer la escuela como institución? La respuesta tiene que ser algo más sofisticada que “decir a los estudiantes que el racismo es malo”. Siendo un chico clasemediero de capital provinciana y, sobre todo, un paliducho sin chiste, corro el riesgo de empezar a decir tonterías sobre un fenómeno que no sólo nunca podría experimentar en carne propia, sino del que además me beneficio, lo quiera o no. Entonces hablaré exclusivamente desde mi perspectiva, sin pretensión de pontificar ni de suponer que lo que pienso puede aplicarse siempre y en todo lugar.

Lo primero es comprender que eso de dividir a la humanidad en grupos tipo “los nuestros y los otros”, viene de forma natural a nuestros cerebros de monitos, y como la apariencia física es lo más obvio, también se vuelve nuestro criterio más fácil. Esto no es para decir que “meh, todos somos racistas, no hay ni qué hacerle”, sino todo lo contrario, para indicar que suprimir estos prejuicios requiere de un esfuerzo consciente.

También ha de tenerse en cuenta que, aunque la tendencia a dividir al mundo en “nosotros y ellos” puede venir instalada en nuestra mente primate, las categorías raciales que usamos en nuestra sociedad para dividirnos son constructos resultado de la historia y la cultura. Por lo tanto, pueden ser desaprendidos. En la escuela, a través del estudio de la psicología se puede abordar los procesos irracionales que llevan a la discriminación, así como la forma de contrarrestarlos.

Materias de secundaria y bachillerato como civismo, historia, geografía, antropología y sociología pueden mostrar a nuestros estudiantes cómo los conceptos de raza se han ido construyendo culturalmente y de forma arbitraria, cómo se relacionan con la dominación política, económica y militar de unos pueblos sobre otros y qué atrocidades han producido alrededor del mundo. Crear conciencia es un primer paso.

Para tratar el caso particular de nuestro país, tengo la idea de que una parte del problema es que los mexicanos hemos sido educados para pensar en los pueblos indígenas como ajenos y exóticos. En “buenos salvajes” rousseauneanos que viven en un estado idílico, como víctimas pasivas de una serie inacabable de opresores (desde los conquistadores españoles hasta los hacendados) o como poblaciones atrasadas y fallidas que lastran al país. Dejar de lado el folclorismo, la condescendencia (aun la bienintencionada) y las actitudes despectivas se antoja una empresa harto difícil, pero que tiene que empezar por algún lado.

Si nuestros estudiantes creen vivir en un país en el que “el pobre es pobre porque quiere” y sabe que ciertos grupos humanos sufren más pobreza que otros, la perversa conclusión será que esos grupos perdedores son de alguna forma inferiores a los que triunfan económicamente. Desmontar la gran mentira del neoliberalismo, que el éxito económico depende exclusivamente de los méritos personales, es un paso importante para entender que la situación socioeconómica actual de muchas comunidades indígenas se debe a condiciones históricas, culturales y políticas. Diversas materias en las áreas de ciencias sociales y humanidades pueden encargarse de ello.

En México se nos enseña a enorgullecernos de nuestras culturas prehispánicas, pero de las culturas indígenas contemporáneas casi no se habla. Creo que en cada escuela del país se debería enseñar acerca de los diferentes grupos indígenas que pueblan la región, de su historia y de su presente, de sus costumbres y tradiciones, y en general cómo viven, pero también de sus problemas sociales. Esto podría abordarse en materias como civismo y en las de historia y geografía de cada estado, y de preferencia creo que deberían hacerlo personas provenientes de las mismas comunidades.

Lo importante, lo delicado y difícil sería no caer en un folclorismo cutre y superfluo, o peor, en tratar el tema como si se hablara de la fauna local. El punto es lograr que niños y adolescentes piensen en los indígenas como personas de carne y hueso con las que tienen mucho en común y de cuyas diferencias pueden aprender, como vecinos que forman parte de una misma nación multicultural. Plus: los estudiantes de origen indígena en escuelas mayoritariamente hispanas de las ciudades se verían representados en el sistema educativo.

El año pasado anduvo circulando por las redes sociales un mensaje que decía que aprender inglés o francés en vez de una lengua indígena es una forma de racismo. En su momento dije que el mensaje estaba equivocado en principio, pero que tenía cierta razón de una forma más sutil. Se equivocaba porque la decisión individual de aprender una lengua está determinada por factores como la necesidad, conveniencia y disponibilidad, y no tanto por el gusto personal de cada quien.

Pero me pareció hasta cierto punto acertado. Las lenguas no se vuelven dominantes por ser bonitas o prácticas, sino porque son las que hablan los grupos humanos que han logrado dominar a los otros, las más de las veces mediante la violencia, a menudo justificada en una ficticia superioridad de raza, cultura o religión del conquistador. Es decir, las lenguas que “nos conviene aprender” son las de los grupos que ganaron a punta de balazos. Al fin y al cabo, por eso escribo estas líneas en español.

Varias veces se ha sugerido que en las escuelas debería enseñarse lenguas indígenas como parte del currículo obligatorio y a mí me parece una idea estupenda. Conocer por lo menos las bases de la lengua que se habla en la región de cada quien es una manera de empezar a romper esa barrera que actualmente separa a unos mexicanos de otros. Ni siquiera es necesario lograr que cada estudiante alcance el dominio al cien por ciento de la lengua indígena local: el aprecio de ésta como una forma de comunicación rica y digna de estudio, tan capaz como cualquier otra de expresar sensibilidad, humor, inteligencia y pensamientos profundos, podría ayudar a desterrar esos prejuicios contra sus hablantes. Tengo entendido que el principal obstáculo ha sido la falta de maestros bilingües preparados, así que habría que empezar por ahí.

El camino de la educación para el cambio es lento y difícil, pero es también el que ofrece los resultados más duraderos. Al activismo social y la lucha política por transformaciones inmediatas se debe sumar el esfuerzo por una renovación profunda de la cultura mexicana. Nos encontramos ahora en una coyuntura en la que se abren muchas posibilidades para iniciar procesos de cambio que bien podrían llegar a ser revolucionarios. Vale la pena intentarlo.

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