Por Yobaín Vázquez Bailón

Ilustración de Luis Cruces Gómez

El debate sobre el aborto se ha planteado mal. Generalmente empieza con una pregunta chapucera: ¿está usted a favor o en contra del aborto? No tiene sentido iniciar una discusión con eso. La respuesta en todos los casos es una opinión que nace desde el conocimiento y la empatía (si bien nos va) hasta la ignorancia y los golpes de pecho. Luego entonces, estar a favor o en contra se limita a la conciencia libre del individuo.

Todos podemos pensar: si yo soy mujer o si fuera mujer, ¿me practicaría o no me practicaría un aborto?, ¿aconsejaría o no que alguien se lo hiciera? (si es que me pidieran consejo). Esto, que es puro planteamiento hipotético, debe quedarse para el momento de la reflexión en la bañera, no ponerlo sobre la mesa para demostrar cuán estrechos de mentes somos.

Lo mismo pasaría si alguien preguntara: ¿usted está a favor o en contra de los calvos que usan peluquín? La respuesta general sería: cada quien. Es lo más sensato, porque también se limita a la conciencia libre del individuo: si yo soy pelón o fuera pelón, ¿me pondría o no un peluquín?, ¿aconsejaría o no que alguien se lo pusiera? (si es que alguien me pidiera consejo). Queda claro, gente de pro vida, que no se puede pontificar y mucho menos legislar a partir de si me gusta o no me gusta, si estoy de acuerdo o no estoy de acuerdo. Esto aplica tanto para un tema controversial como el de los peluquines como para el delicado asunto de los abortos.

No tiene nada de malo las convicciones religiosas de los pro vida. Ni es descabellada la opción de un acompañamiento médico a las mujeres embarazadas y dar en adopción al hijo que pensaron abortar. Lo cuestionable de su proceder es que piensan que las exigencias dogmáticas propias de una religión pueden ser extensibles al mundo entero. Necesitan saber: lo que es cuestión de fe, lo que el Papa en su infalible decreto ordena, lo que la tradición canónica establece, no es un reglamento civil. En todo caso, apela al creyente para que ponga en práctica todas esas recomendaciones en su vida espiritual personal y en comunidad. Deberían aplicar la máxima de Jesús: el que tenga oídos que escuche. No pueden obligar a que los otros reciban un mensaje que no quieren oír.

Si lo que el pro vida quiere es atraer más gente a su causa, si considera que “rescatar” fetos es parte de un llamado divino, necesitan empezar por tomar actitudes y acciones menos socarronas. La misión evangelizadora, ya deberían saberlo, se realiza mediante el testimonio vivo de la fe en el actuar cotidiano, no en meter la nariz donde nadie les llama. Arrepiéntete, pro vida, arrepiéntete. Estar en contra del aborto puede relacionarse más con el orgullo y la soberbia propio de los fariseos, colmados y enceguecidos con reglas inflexibles y elevándose en una supuesta superioridad moral. Y por el contrario, tener nada o estar muy alejados de la piedad cristiana.

La exhortación a todo pro vida, antes de vociferar sus ideas sobre el aborto, es hacer un acto de contrición, de replantearse o plantearse por primera vez qué bases fundamentan sus argumentos religiosos. Cristo lo hizo, no hay que tenerle miedo a la crítica de la ortodoxia. Un ejemplo de ello es Teresa Forcades, monja y teóloga feminista. Ella se pregunta por qué el derecho a la vida (del que no cuestiona que es un don de Dios) es elevado como superior a otro derecho fundamental: el de la autodeterminación; es decir, el ejercicio de la libertad sobre sí mismo, la dignidad y las decisiones. Ya sabemos que en todo debate sobre el aborto se afirma y se defiende con uñas y dientes el derecho del cigoto a existir y se niega o minimiza el de autodeterminación de la mujer gestante para tenerlo. El problema no es sólo si quiere o no quiere seguir con el embarazo, hay otras variantes, ¿es digno para ella continuar un embarazo en casos de violación?, y sobre todo, ¿por qué alguien debería intervenir en una decisión que le compete nada más a ella?

Teresa Forcades se aventura a mostrar que el pensamiento de poner encima de todo el derecho a la vida, se aplica o parece interesar nada más en el tema del aborto. La monja invita a que lo extrapolemos al asunto de los trasplantes de riñón. Si existen millones de personas en el mundo con enfermedades renales y cientos o miles mueren por ello, ¿por qué no se hacen marchas para salvarlos? Las personas cristianas estarían obligadas moral, ética y religiosamente a donar un riñón. El derecho a la vida del enfermo renal estaría por encima del derecho a la autodeterminación de cualquier persona con dos riñones sanos. Lo cierto es que nadie juzga al que no dona y mucho menos se piensa que va a ir al infierno. Se deja a la libre decisión de las personas: si yo quiero o puedo dar un riñón es cosa mía. Visto de esta forma, somos más los que dejamos morir a gente inocente y enferma, que mujeres expulsando de su cuerpo una mórula que no tiene conciencia y que no, entiéndanlo de una vez, no se puede saber si es un ingeniero trunco.

Para que no haya duda de todo lo aquí expuesto, este es el decálogo para todo pro vida remiso:

1 Amarás a la que aborte sobre todos tus prejuicios.
2 No tomarás la palabra de Dios en vano para tus alegatos.
3 Santificarás el derecho a la autodeterminación.
4 Honrarás el aborto legal y seguro.
5 No marcharás en contra del aborto.
6 No cometerás actos de sabotaje contra las clínicas de aborto.
7 No mamarás en Facebook con imágenes grotescas de fetos.
8 No darás falsas estadísticas ni información sesgada
9 No consentirás burlas a las activistas por el derecho a decidir.
10 No codiciarás que tu opinión sea la única.

En resumidas cuentas, hacer como Benito Juárez y declarar que el respeto al aborto ajeno es la paz. O ya de plano parafrasear a Voltaire: podré no estar de acuerdo con el aborto, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decidirlo.

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