Por Amelia Álvarez Acosta

Ilustración: Luis Cruces Gómez

Piensa globalmente, actúa localmente es una máxima que hemos escuchado –y repetido– hasta el cansancio quienes hemos estado involucrados en cualquier faceta del activismo ambiental en los últimos 20 años. Una frase sencilla pero poderosa que encierra el optimismo de que todas las contribuciones al cuidado del medio ambiente son significantes sumadas a las acciones de otros miles de millones de personas alrededor del mundo.

La maravilla de esta estrategia es que funciona en dos niveles: el primero, al hacernos corresponsables de la situación actual de nuestro planeta a través del impacto que todas nuestras decisiones de consumo implican en términos de recursos naturales y capital humano; el segundo, al presentarnos de manera digerida y simplificada acciones concretas que podemos implementar en nuestra vida diaria para revertir o mitigar tal impacto.

Tomemos como ejemplo un ejercicio que con frecuencia funciona como parteaguas en la toma de conciencia ambiental: calcular nuestra Huella Ecológica. Completando un cuestionario en línea que consiste de una serie de preguntas relacionadas con nuestros hábitos de alimentación, transporte, acceso al agua, consumo de energía y manejo de residuos, obtenemos como resultado cuántos planetas como la Tierra se requerirían para satisfacer las necesidades de la población humana actual si todos compartieran nuestro estilo de vida.

En la mayoría de los casos, nos enfrentamos al hecho de que todos los recursos disponibles no son suficientes –o lo son apenas– para mantener las comodidades que consideramos como servicios básicos y un nivel de consumo bastante promedio, adoptado mucho más en aras de la practicidad –que no de una inclinación voluntaria a la depredación y el desenfreno.

Ante el peso de tales revelaciones, algunos nos disponemos a buscar soluciones para reducir la carga de nuestra existencia. Afortunadamente, las sugerencias abundan por donde se mire y muchas se presentan en formatos amigables, acompañadas de vistosas infografías que arrojan a diestra y siniestra datos numéricos impresionantes: los litros de agua que se ahorran, las hectáreas de bosque que se salvan de la tala, los kilogramos de basura que se evita generar.

Así, podemos unirnos a retos desde un día sin compras, una semana sin plástico, instaurar los lunes sin carne, completar listas de todos los artículos que ya no necesitamos o que podemos sustituir por versiones más sustentables, rechazar los desechables, minimizar el uso del automóvil, entre otras.

El valor de estas acciones iniciales reside en que podemos comenzar de inmediato e ir avanzando de forma progresiva hacia una vida sin desperdicios. Es conforme nos adentramos con más ahínco en el compromiso personal de ser sustentables, que la trama se empieza a complicar. De repente parece que nada es suficiente y que siempre puede –y debe– adoptarse una postura más radical, so pena de censura social.

El camino que iniciamos con tanta ilusión cada vez requiere de más tiempo y esfuerzo, diluyendo el entusiasmo inicial en un sentimiento de culpa por todas nuestras omisiones y la exigencia constante de mantenernos actualizados sobre el nuevo objeto cotidiano cuyo uso se convierte en tabú.

Por si fuera poco, algunas personas están prestas para señalar que la imperfección en nuestro activismo no puede tener otro origen sino la hipocresía y la falta de convicción.

En este punto, estamos tan enfocados en verificar que cada producto que consumimos sea vegano, orgánico, de traspatio, libre de gluten, artesanal, a granel, biodegradable, compostable y neutro en emisiones de carbono, que empezamos a conferir a este tipo de etiquetas un valor moral que trasciende su significado práctico.

Desafortunadamente, esta postura nos hace vulnerables a estrategias corporativas como la mercadotecnia verde, que utiliza todos los adjetivos a los que nos hemos hecho adictos, los imprime en una caja de cartón con el dibujo de un arbolito y el símbolo de reciclaje y nos vende dentro de ella la mentira de que no es necesario cambiar nuestro paradigma de consumo.

Esta artimaña –por burda que parezca– funciona a la perfección por una razón: el capitalismo hace mucho se dio cuenta de que no adquirimos solamente los bienes que satisfacen nuestras necesidades materiales, compramos las ideas detrás de ellos. Entonces, solo necesita empezar a vendernos prestigio social en la forma de un vaso de acero inoxidable que va a salvar al mundo de los desechables, una bolsa de algodón orgánico o unos cubiertos de bambú.

Sin embargo, si creemos que podemos escapar de esta trampa glorificando irracionalmente lo artesanal y rechazando por principio todo lo que suene industrial o tecnológico, estamos olvidando que muchas iniciativas que prometen un consumo ético no son antisistema –simplemente abrieron un nuevo nicho en el mercado. Además, pasamos por alto el hecho de que la innovación tecnológica y la optimización de los procesos industriales pueden ser importantes aliados de la sustentabilidad, al maximizar el rendimiento de los recursos.

Tampoco encontraremos la redención fabricando de forma casera todos los productos que necesitamos y estamos acostumbrados a comprar. Para entender cuán injusto es esperar este comportamiento (de nosotros mismos y los demás) es importante hacer énfasis en un factor que con frecuencia obviamos: el tiempo que necesitamos invertir, el cual se deduce del tiempo libre que nos resta después de trabajar.

Por esta razón, economistas como Jerome Ballet y sus colaboradores han propuesto asignarle como costo de oportunidad el salario: las actividades que realizamos para ser sustentables nos están impidiendo ganar dinero en ese mismo lapso, pero a diferencia del descanso y la recreación, requieren una gran cantidad de esfuerzo de nuestra parte y sus beneficios son difíciles de apreciar.

El error que estamos cometiendo al encauzar toda nuestra energía en una cruzada personal por alcanzar la sublimación de la sustentabilidad irreprochable, no es la falta de dedicación, sino un error en la perspectiva. Al adoptar una visión centrada en la responsabilidad individual estamos sobreestimando el alcance de nuestras contribuciones sin tomar en cuenta el contexto del cual depende su impacto, a la par que ignoramos o minimizamos el papel de la colectividad y la responsabilidad de los actores institucionales como gobiernos y corporaciones.

Ahora bien, quiero dejar en claro que este texto no pretende ser una licencia para la inacción o la apatía: todo lo que esté nuestras posibilidades hacer, es absolutamente necesario y es nuestro deber moral. Sin embargo, necesitamos dejar de reducir problemas de gran complejidad a narrativas simplonas del estilo de “el cambio está en ti” y empezar a aplicar soluciones que reconozcan explícitamente la escala de incidencia de cada uno de los actores y asignen responsabilidad acorde a su contribución relativa.

Como menciona el profesor Steve Vanderheiden, problemas ambientales como el cambio climático no son causados “exclusivamente por los actos aislados de individuos atomísticos, sino que también [son] producto de fuerzas colectivas como la cultura, la política pública y las normas sociales, [de modo que] sociedades enteras pueden ser vistas como causantes colectivos […] que deben ser responsabilizados colectivamente”.

Es momento de cuestionarnos por qué estamos dispuestos a acatar medidas ambientales que vienen a costa de tanta precarización personal para el ciudadano promedio cuando lo que falló no fue la división de labores, sino la parte en la que las corporaciones exportaron sus externalidades negativas a los países en vías de desarrollo con la complicidad de los gobiernos que asumieron los costos ambientales, sociales y de salud pública sin sancionarlos dentro del mercado ni imponer regulaciones más estrictas.

Necesitamos cambiar el contrato social que tenemos con el Estado, para que incluya de forma manifiesta su obligación de protegernos contra la degradación ambiental, la cual representa una de las mayores amenazas para nuestra supervivencia actualmente. Es urgente exigir a nuestros gobiernos la implementación de mejores mecanismos de rendición de cuentas que obliguen a las corporaciones a incorporar la sustentabilidad en cada paso del proceso productivo y de comercialización.

Estas medidas deben ir más allá de los barnices cosméticos: no pueden ser voluntarias, ni un sustituto del pago de impuestos, ni mucho menos utilizadas como publicidad. Como menciona el académico canadiense Vito Buonsante, un primer paso puede ser establecer modelos como el de Responsabilidad Extendida del Productor, el cual hace a los productores responsables de forma financiera y operativa por gestionar cómo se recolectan y desechan sus productos.

Pero para que esto funcione, es imperativo construir comunidades que consideren los bienes y servicios ambientales como bienes colectivos, los cuales concesionamos para el aprovechamiento, pero nadie puede poseer. Además, es preciso transformar los parámetros mediante los que definimos el éxito y el prestigio social como la acumulación de riquezas materiales y empezar a centrarlos en la calidad de vida y en nuestra capacidad para construir una sociedad más equitativa que nos permita a todos disfrutar de la naturaleza lo suficiente como para que nos interese cuidarla.

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