Por Katia Rejón
Ilustración: Sergio Neri

Mi lengua, cada molécula de mi sangre formada por esta tierra y este aire.
Nacido aquí de padres cuyos padres nacieron aquí y
Cuyos padres también aquí nacieron.

Walt Whitman

Doña Lulú era como una diosa maya, enorme y castigadora con una voz de imán para la obediencia. Su nombre —bisílabo de ternura— contrastaba con su carácter de guerrera. Bastaba una mirada suya para reventar cualquier intención flotante de hacer travesuras. Un día llegó muy molesta a la casa de mi abuelito donde estaba Adrián, uno de sus hijos. Comenzó a gritarnos que por nuestra culpa su retoño se la pasaba gustando tele y no hacía la tarea. Había algo exótico en esa palabra que llamó mi atención de inmediato: Gustar, como te gusta el helado o el chico de la bicicleta o la canción nueva de la radio. A mí realmente me gustaba ver televisión así que la oración me intrigó, porque bueno, se sabe que la tele no se gusta, la tele se ve.

Comencé a utilizar el verbo gustar como sinónimo de ver e incluso buscaba situaciones sólo para decirlo. Mi maestra de primaria me escuchó platicarles a mis compañeros lo que había gustado en la televisión.

—Se dice “ver” no “gustar”.

—Pero yo he escuchado que digan gustar tele.

—Sí, pero es gente ignorante.

Para algunos puristas el lenguaje maya o maaya t’aan es una especie de invasión lingüística en nuestro amado español. Lo cierto es que no se trata de ignorancia, sino de una prueba olímpica para empatar dos realidades distintas. Pues como dice Edward Sapir: “nunca dos lenguajes son suficientemente semejantes para que se los considere representantes de la misma realidad social”. El resultado de vivir en una península cuya población mayahablante es del 30.3% (INEGI, 2010 ) es el español yucateco y el maya xe’ek’, pues no sólo el maya se ha colado al español, también el español se ha colado al maya. Existen términos que mezclan los dos idiomas pero donde prevalece la lengua indígena.

En su columna Yucatequismos, Miguel Güemez Pineda, autor del Diccionario de Lenguaje Yucateco, explica que el uso del verbo gustar es un calco semántico de la palabra maya cha’an (divertirse viendo, mirar cosas divertidas). En maya existen al menos cuatro formas para expresar gusto o afición de algo y éstas corresponden a cuatro de nuestros sentidos: Uts t’aan (gusto con el tacto o sensorial), Uts ich (gusto con la vista), Uts chi’(gusto con la boca), Uts xikin (gusto con el oído).

Por otro lado, el maya xe’ek’ tiene palabras como buuso’on para decir autobuses o káansiono’ para decir canción. A diferencia del jach maya, la lengua pura y legítima que hablan pocas personas en las regiones del sur y oriente de Yucatán, el xe’ek es aquel que se habla por jóvenes y sobre todo migrantes de la capital yucateca.

Adrián se negaba a aprender maya porque nadie lo hablaba en la primaria. Una de mis primas le dijo que era tonto porque si aprendiera otro idioma podría pensar doble. Todos nos reímos. El filósofo y lingüista Humboldt (1767-1835) fue el primero en decir que el lenguaje es el punto de síntesis entre la objetividad del mundo y la subjetividad del hombre, pues la imagen que el hombre se hace del universo depende de la lengua de la que habla. ¿Limitar nuestra forma de expresión no sería entonces un intento de limitar nuestra forma de ver el mundo?

Pero esa no era la única razón por la cual él no quería aprender. Doña Lulú no hablaba maya con nadie más que con su familia y prefería que su hijo no lo aprendiera. Temía que eso pudiera ser perjudicial para su éxito profesional. Por supuesto, ninguno de nosotros comprendía por qué decía esto, si en teoría saber más era sinónimo de tener más posibilidades en la vida, y no al revés.

Esteban Krotz rescata en su ensayo Lenguas, culturas y derechos humanos* una cita de Hill y Mannheim (1992) a propósito de la lengua maya: “…quien aprende un idioma —especialmente, desde luego, el materno— depende por completo de la interacción directa o indirecta con hablantes de este idioma. Por otra parte, la reflexión sobre la realidad existencial y sociocultural se realiza de modo privilegiado mediante palabras, por lo que cultura y lengua, comportamiento y habla, acción e interpretación verbal se entrelazan hasta volverse en ocasiones indiferenciables”.

La mayoría de los mayahablantes que se mudan a la ciudad ven limitada la práctica de éste idioma. A pesar de que casi la mitad de la población sea mayera, no existe el mismo nivel de educación en maya que en español. Quien quiera estudiar la universidad o incluso la preparatoria tiene que aprender castellano.

Los que nacimos hablando español yucateco aprendemos palabras mayas y palabras castellanas como si fueran un solo lenguaje. Al menos hasta los cuatro años yo tenía tuch y no ombligo, y llamaba xic a lo que después supe era axila. Las diferencias entre estos dos idiomas, así como sus puntos en común debe ser un tema de reflexión importante, no un parámetro para las ideas clasistas o motivo de discriminación.

El antropólogo Miguel Güemez Pineda afirma que “La discriminación étnica se deja sentir en un conjunto de frases y expresiones peyorativas, empleadas por los estratos medios y altos de la sociedad yucateca para referirse a la población de origen indígena que habla maya”. El maya se vincula con la pobreza, todavía hay quienes prefieren castellanizar su apellido y ser Estrella, en vez de Ek.

Así como el español ha modificado y actualizado el maya, éste último también nos ha otorgado un mundo entero: cenote (de ts’ono’ot), la chaya (de chaay), chechón (chéech), chicolear (joch’obear); e incluso locuciones que nos recuerdan que tenemos un idioma mestizo como chocalle o calle ciega (ch’óop-ciego) o xich’oso (xiich’-tendón y la terminación oso).

Doña Lulú sembró en mí la terquedad de defender la oralidad como se preste: solemne, híbrida, misteriosa, imposible. La de ella, entrepujada y cadenciosa. Si una parte de mí —incalculable— puede comprender un mundo donde el oro es mierda de sol (ta’k’in), el matrimonio es el final de un camino (ts’o’okol beel) y una sola palabra encierra el sentido del amor y el dolor (yaj), entonces como decía Whitman: Soy inmensa, y contengo multitudes. Y todos también.

Referencias:

*Del libro Yucatán ante la ley general de derechos lingüísticos de los pueblos indígenas, 2008 varios autores (Esteban Krotz, coordinador).

**Ídem.

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