Por Yobaín Vázquez

Ilustración: Nona Polanco

El sueño de todo mexicano es mandar a saludar a la madre de un policía sin morir en el intento. Esta proeza fue realizada por dos mujeres en 2011, pero lejos de ser aplaudidas fueron repudiadas. Les llamaron Ladies de Polanco por sus refinados modos. Las condenaron en Youtube y las crucificaron públicamente.

Nonaweb

El desagrado común fue que el policía ni siquiera era un granadero y los insultos estaban dirigidos a señalar la supuesta inferioridad del policía por ser un asalariado. Así las cosas. Luego vendrían más juicios públicos: el Gentleman de las Lomas, por humillar y golpear a un empleado; a Lady Profeco por usar todas sus influencias para cerrar un restaurante que no la atendió como se merecía; la Lady Senadora por exigir el abordaje a un avión aún cuando sabía que era demasiado tarde. La lista de estos casos es larga.

La moda fue —y es— grabar situaciones que tienen que soportar miles de personas a diario, no sólo por desplantes de grandes empresarios, celebrities en decadencia o políticos influyentes, sino por cualquiera que se perciba por encima del resto. Sin embargo, resultan más interesantes los incidentes que involucran a los poderosos, por ello, el término de lady y lord es definido por Raquel Seco con claridad: “son hombres y mujeres privilegiados que abusan de su posición social y después aprovechan las intrincadas conexiones entre clase alta y política para librarse de sus responsabilidades”.

Parece que ventilar los malos tratos y las humillaciones por parte de los privilegiados es un pequeña y satisfactoria venganza, porque ellos podrán librarse de asuntos legales, pero la vergüenza, ¿quién se las quita? A lo mejor no tienen vergüenza, pero al menos salen quemados. Suponemos que esto es suficiente, pues tan pronto aparece un nuevo integrante de esta realeza, olvidamos al anterior.

Salvo en contados casos, la regla general de las ladies y gentleman es emplear todo su arsenal de insultos clasistas y expresiones racistas para amedrentar al otro, antes que agredir físicamente. No es una agresión sistemática como el bullyng, pues los casos se dan en distintas ocasiones con personas diferentes. Pero, ciertamente, esas personas siempre serán las que, desde su perspectiva, estén por debajo de ellos. Para tener una mejor idea, reproduzco extractos de un texto de Juan Pablo Proal que ahonda en la mentalidad de las ladies y lords:

“Tú, encogido asalariado que viajas sudoroso en el transporte público, nos provocas vomitivo desprecio. ¡Ignorante!, cargando tu portafolio barato y vestido con trajes Aldo Conti, qué minúsculo te ves desde nuestro Porsche.
Eres jodido porque quieres. Carente de belleza, educación, gracia y, sobre todo, clase. Por eso, indio, te has ganado la miseria. Eres la razón del retraso del país. ¡Qué diferencia sería si todos los mexicanos fuesen bonitos, güeritos, con ropa linda! Pero no, has de ser tú, naco despreciable que se conforma con el hediondo Xochimilco, el rostro que damos al mundo.”

“Dejemos las cosas en claro, tú no eres nadie. Si nos pasamos el alto, tenemos el derecho, el secretario de Vialidad es nuestro compadre. Si manejamos borrachos, ni nos toques, perderás tu trabajo de asalariado. Ay de ti si investigas nuestras relaciones con el crimen organizado: te mandamos matar.
 Tu vida, esa cadena de tragedias que llamas vida, es una porquería que nos llena de ternura. No puedes nombrar casa a ese departamento de cuatro por cuatro donde convives con tus hijos y tu pareja. ¡Jamás vas a un buen restaurante, por Dios! ¿Alguna vez has salido del país?”

Para nadie es una sorpresa que determinadas “clases sociales” se manifiesten de tal modo, casi nos hemos vuelto inmunes a escandalizarnos por lo que diga un potentado. Estamos acostumbrados a que cada quien está en el lugar correspondiente, sin duda herencia del sistema de castas colonial; pero también hemos naturalizado la idea de que la pobreza y el analfabetismo son causa de risa.

No hay comediante alguno que no tenga en su repertorio un personaje que directa o indirectamente se mofe del estilo de vida de la gente humilde, naca o ñera. Por ello sorprende el grado de indignación que alcanzó cada uno de los casos de ladies y lords en el país. Una cosa es burlarse del pobre en el sketch y otra tolerar la humillación del rico engreído. Curiosa moral que sólo puede ser entendida con el acceso masivo a Facebook y Twitter. Se puede poner en jaque a cualquier persona tan sólo con un celular con cámara. El objetivo es exponer, humillar al que humilla, hacer justicia con nuestros propios dispositivos móviles y pulgares.

El consenso general de la población y la opinión pública fue rechazar todo acto de denigración proveniente de las ladies y lords, como si ese fuera el problema de fondo y como si de ese modo lo resolvieramos. Pedro Ferríz Híjar explicó en una columna que todo lo que está verdaderamente mal en el país, partiendo de los casos de ladies y lords, se reduce a la educación, pero a una educación de valores que se han perdido: ser humildes, ayudar a la gente, ser puntuales, sinceros y corteses. Si expongo su opinión es porque mucha gente la comparte con ingenuidad.

Puede ser que esos atributos tengan algo que ver con lo que está “verdaderamente mal en el país”, pero no lo es todo y de hecho es casi nada. La educación (entendida como cortesía) no es contradictoria con la discriminación, el clasismo y la injusticia; es más, los ladies y lords también ayudan a la gente, son puntuales, sinceros y corteses. Pero lo son con ciertas personas, con sus iguales. En este problema también cuenta las diversas máscaras que nos ponemos, las opiniones que no decimos, los malos tratos que apenas alcanzamos a distinguir y sobre todo, la compleja estructura racista que se nos inculcó desde niños.

En 2014 se realizó un estudio a partir de la Teoría de la Dominancia Social, la cual “explica el nivel en que las personas aceptan o rechazan las ideologías que le imprimen legitimidad a las jerarquías y la discriminación o a la igualdad y justicia”. Es decir, la dominancia social se expresa en el rechazo a las ideologías igualitarias y en la aceptación de mitos de superioridad y discriminación. O sea, qué tan culeros somos con los de abajo. Los resultados fueron calificados de sorprendentes, pues al contrario de lo que se creía, los más altos índices de dominancia social lo reportaron las clases bajas, seguida de la clase media y finalmente de la clase alta.

Sin embargo, las preguntas del estudio se pueden interpretar cínicamente. Por ejemplo, una aseveración en la encuesta dice: “algunas personas son inferiores a otras”. Las respuestas a elegir eran: “totalmente de acuerdo” y “totalmente en desacuerdo”. ¿Qué respuesta daría una persona de clase baja? Yo diría “totalmente de acuerdo”, pero no porque considere que esté bien. Se sabe que unas personas son inferiores a otras porque históricamente las clases bajas han aprendido que son inferiores. Por el contrario, una persona de clase alta sabe que no es correcto afirmar que hay personas inferiores a otras, aunque de hecho ellos sean vistos (y hasta lo crean) como superiores, por lo tanto responderá “totalmente en desacuerdo”.

Otro resultado de la encuesta muestra que las clases medias son las que más aprueban la discriminación, luego los de clase baja y sin mucha diferencia le sigue la clase alta. La clase media, en su afán de ascender socialmente, tiene que diferenciarse de la chusma a costa de desprecios y humillaciones. Son conscientes del principio del ciclista, “al pedalear un patea hacia abajo y se cede hacia arriba”. En un país de bicicleteros como el nuestro, abunda la discriminación como forma de validarse y ser aceptados, de patalear hacia abajo.

Las ladies y gentleman fueron una novedad de entretenimiento, pero lo que no son nuevos son los estereotipos y clichés, prejuicios y subvaloraciones para (mal)tratar a las personas. La discriminación y todo tipo de distingo con ánimos de establecer relaciones desiguales seguirán al pie de guerra en tanto se persista por naturalizar la inequidad y la injusticia. Volverán las ladies y gentleman con otros rostros, en otras plataformas de comunicación, pero con las mismas armas: los insultos denigrantes, la afrenta verbal y física, el pavoneo de un poder real o ficticio y la protección de amigos influyentes y del papi todopoderoso.

Esto no es un signo de decadencia moral o crisis de los valores, va más allá y es más concreto, nos confronta con la permisividad que les tenemos a los prepotentes, la naturalidad con la que hemos aceptado que existen razas (y que unas son superiores a otras) y el legado de impunidad que no es de ahora o de hace sexenios, sino que se arrastra desde que México fue una palabra con sentido nacional y político. En estas circunstancias sólo podemos fijar una posición de compromiso: o limpiamos este estercolero o continuamos manteniendo una jerarquía donde sólo ganan los privilegiados.

La indignación en sí misma no nos librará de todo mal, sólo les da brío a las ladies y gentleman para buscar nuevas y más discretas formas para compartirnos su finura. Su pinche finura.

-Eller, Anja; Erika Gil Martínez; Juana Maribel Pérez López; Paulina del Carmen Rugerio Granados; César Villanueva Pérez y Pablo Yánez González (2014). “#Ladies y #Gentlemen del DF: dominación social y actitudes hacia la discriminación”. En: Acta de Investigación psicológica, 2014, 4 (1), 1344-1355. Universidad Nacional Autónoma de México. México.

-FerrizHíjar, Pedro (2013) “Entre Ladies y Gentlemen”. En: http://ferriz.com.mx/ideas/entre- ladies-y-gentlemen/ 27/05/2013

-Proal, Juan Pablo (2013) “¡Chinga tu madre, pinche asalariado!”. En: http:// www.juanpabloproal.com/articulo/chinga-tu-madre-pinche-asalariado/ 31/05/ 2013

-Seco, Raquel (2013) “Ladies and gentlemen, con ustedes la impunidad”. En: El País, 11/05/13. Tomado en línea: http://internacional.elpais.com/internacional/2013/05/11/ actualidad/1368243235_595327.html

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