Por Katia Rejón Márquez

Ilustración: Matsury Banks

Pasados por un linaje que abarca abogados y plomeros, codependientes al alcohol y un patronímico medieval, tengo dos apellidos. Dos apellidos de origen español que no combinan para nada con un nombre ruso y otro americano, en esta mujercita campechana. Por eso cuando un señor de nombre y apellido conocidos me pregunta: ¿Eres de aquí? ¿Cómo te apellidas?,  sus dudas me parecen una necedad.

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Pero no lo es del todo.

Los apellidos en Yucatán, como dice Eugenia Iturriaga, “juegan un papel muy importante porque, al igual que la forma de hablar, pueden develar un origen”. A diferencia de otras regiones del país, los mayas de la Península sí conservaron sus apellidos. El último apellido maya de mi árbol genealógico se quedó en mi bisabuelo paterno: Rejón Mex , que significa “barba, pelo o pez araña”.

El apellido no es sólo un conjunto de letras. Es gen, historia, rasgos faciales, enfermedades, estigma. Muchos apellidos de origen maya se han castellanizado, otra vez citando a Iturriaga: Ek es Estrella, Chel es Rubio, Dzul es Caballero, Uh es Luna y Matu es Matos. Es una tristeza, entre otras cosas, porque los apellidos mayas son más poéticos que los castellanos: Mucuy es tórtola; Maas es grillo, o el sonido de la piedra; May es ciervo joven, Cocom es el que escucha; y Tux, pepita de algodón u hoyuelo en las mejillas. Cambiaría muchas cosas por apeídarme Nic, flor pequeña o montoncito.

Fuera de los significados literales, hay otros significados todavía más pesados en los apellidos: las características con las que se asocian. Hace un par de años se popularizó el apellido Godínez para hablar de los oficinistas. Incluso surgió un sustantivo singular, palabra inexistente hasta ahora: Godín. Quizá porque en la fonética del nombre con terminación “ez” las personas lo relacionaban con el plural: muchos oficinistas. Es muy difícil pensar en alguien Godínez sin toda la carga de memes y estereotipos que carga el nombre.  

Sin embargo, en internet, encontré Godinez que se dedican al teatro, a montar caballo por las hectáreas de su rancho, que escriben sobre el Fondo de Cultura Económica y por ahí también me topé a uno desempleado buscando un trabajo en horario de oficina. Los estereotipos son huesos duros de roer y traerlos en el acta de nacimiento, tantito peor.

El año pasado una joven yucateca publicó en su Facebook: “¿no les pasa que conocen a alguien y está todo bien hasta que te enteras de su apellido?”. Enseguida sus amigos y ella comenzaron a dar ejemplos con apellidos mayas. Lo grave de esto no es que ooootra clasista vierta su opinión en las redes, sino que en algún momento ella había trabajado en Recursos Humanos, decidiendo quién puede entrar a un trabajo y quién no.

Suele pensarse que la gente racista no hace daño porque las opiniones son personales. No es así. Cada uno o una de nosotros forma parte de una estructura donde el clasismo y el racismo son uno de los móviles de discriminación en pequeña y gran escala. Esto hace que la desigualdad social permanezca con actos tan pequeños como pensar que “todo está bien, hasta que ves el apellido”.

De acuerdo con el Instituto Nacional Electoral de México en el 2017, el apellido más común en al menos 14 estados del país es Hernández. Hay por lo menos 6.8 millones de mexicanos mayores de edad con el apellido materno o paterno. Le siguen García, López, Martínez, Rodríguez y González. En Yucatán el apellido más común es Chan, es el único estado en todo el país donde Hernández no se encuentra en el top 17.  Hay por lo menos 73 mil 739 personas con ese apellido, seguido de Pech con más de 63 mil personas que lo llevan como materno o paterno. Hasta el sexto lugar, todos son mayas: Canul, May, Canche, Dzul y Pérez.

En México, un país con una tasa muy baja de movilidad social, apellidarse Mendiburu, Ponce o Del Valle, importa. Nomás vean la lista de los millonarios de México: Slim, Larrea, Baillères, Aramburuzabala, Gonda, Salinas, Servitje, apellidos que dan la sensación de ser medicamentos o quesos importados.

Así como los apellidos mayas o “comunes” son el negrito en el arroz cuando de contratos sociales se trata, los nombres de la élite también levantan cejas en lugares donde preferirían pasar desapercibidos ¿Alguien ha visto la lista de ejidatarios del Registro Agrario Nacional? ¿Quién diría que los Loret de Mola, los Coldwell, los Abraham, los Xacur, Asís, Kuris y Chapur son hombres y mujeres de campo, que han vivido en municipios o tierras ejidales? Que asisten a asambleas donde algunas mujeres y hombres de apellidos mayas firman con el pulgar porque no saben leer ni escribir.

Por eso, hablar de un apellido no es nada más hablar de tu madre y tu padre. No en un país donde 7 de cada 10 que nacen pobres se mueren pobres y en el que los ricos heredan su riqueza y crían mirreyes que sólo se reproducen entre ellos (son la secta más tolerada del país).

Los apellidos son la memoria histórica, genética y fisiológica de lo que somos, y una ruleta rusa social: de la nariz a la voz, de la predisposición a una enfermedad hereditaria, hasta la forma en la que te trata la gente. Entonces cuando decimos soy Fulana de Tal, decimos casi todo lo que somos, encriptado en dos palabras.

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