por Ricardo Rejón Barbosa
Ilustración: Brizel

Cuando tenía diez años un vecino de mi edad solía llamarme niña cada que pasaba frente a su casa en nuestro pueblo. Lo hacía con tal desprecio que me sentía avergonzado y sin comprender qué andaba mal conmigo. Un día me armé de valor para hacer una travesura, subí a mi bicicleta, me detuve frente a su casa, le saqué la lengua e igualmente lo llamé niña.

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La satisfacción me duró poco, esa misma tarde sus hermanas llamaron a mi puerta y me llevaron a un rincón sin que nadie se enterara. La mayor se plantó frente a mí y varias veces me preguntó por qué lo había hecho. Entre mi mar de angustia conseguí articular que él me había llamado niña primero. Eso es lo que eres, me dijo su hermana, y te vamos a vigilar. La próxima vez no sólo se lo diremos a tu mamá, sino que vendremos a golpearte. En ese momento sólo pensé que necesitaba dejar de ser yo o ser otro.

En mayo del 2017, Día Internacional contra la Homofobia, comenzó a rondar en Facebook el hashtag #MiPrimeraHomofobia basado en #MiPrimerAcoso que grupos de mujeres feministas en México propusieron el 24 de abril de 2016 con motivo de la Movilización Nacional contra las Violencias Machistas que hizo eco en el resto de América Latina.

#MiPrimeraHomofobia no tuvo el mismo impacto que este movimiento, pero sí logró visibilizar el testimonio de personas LGBT que enfrentaron acoso, discriminación y violencia por el hecho de ser diferentes. Algunas de las historias que pude leer fueron las siguientes:

Un adolescente gay tenía prohibido mencionar que un médico lo diagnosticó con más hormonas femeninas. Otro chico gay fue excluido de su grupo de “amigos” cuando comenzó a rumorearse que estaba enamorado de uno de ellos. Una chica lesbiana fue presionada por su familia para usar vestidos y no participar en deportes aunque siempre deseó lo contrario. Y un joven trans simplemente prefirió “olvidar” en la mayor medida de lo posible los actos de discriminación cometidos hacia su persona.

Según la Encuesta Nacional sobre la Discriminación en México, por sus siglas ENADIS, hasta el 2010 en nuestro país una de cada dos personas lesbianas, gays, bisexuales o trans considera que el principal problema que enfrenta es la discriminación, seguida por la falta de aceptación, las críticas y las burlas. Además se reporta que cuatro de cada diez mexicanas y mexicanos no estarían dispuestos a permitir que en su casa vivieran personas LGBT. Es increíble el miedo que existe a la diferencia pese a que nos constituye y somos parte de ella como especie humana.

Mis primeras homofobias sucedieron en la primaria por ser estudioso, tierno, callado, pulcro y poco hábil, por no decir torpe e inútil para defenderme. No jugaba al fútbol, andaba mayormente con las niñas, nunca faltaba a clases, no peleaba ni gritaba. Era el torzón de las tareas que ponía márgenes perfectos a sus libretas y escribía con letra bonita. Una joyita. No, en serio, una joyita bling, bling. Mis diplomas anuales de primer lugar, los de las olimpiadas del conocimiento, y los de “Buena conducta y vivencia de valores humanos y cristianos” lo respaldan, pero mi esfuerzo no fue suficiente para frenar la discriminación.

Durante años me quedé con la idea de que mi madre y mi padre fueron exigentes conmigo para llevarme al siguiente nivel y que por ese motivo decidieron mandarme a vivir sólo a mis quince años para continuar mis estudios en Mérida, Yucatán. Pensaba que me habían enviado lejos porque, en primera, salir de mi pueblo me permitiría ampliar mi visión del mundo, y en segunda, porque así tendría mejores oportunidades de desarrollo.

Sin embargo, la versión de mi madre sobre ésta parte de la historia de mi vida completa el panorama. Alguna vez me contó que en el último año de secundaria le pedí mudarme a la ciudad porque estaba harto de mis compañeros, y que hubo días en los que yo no quería ir al colegio, aunque terminaba accediendo porque ella me pedía aguantar un poco más para no tener problemas con mi padre.

Entonces conseguí recordar lo que mi mente había ido bloqueando conforme crecía: que lloraba a escondidas, que me sentía fuera de lugar, que recibía balones en mi cara durante los recreos, que me llamaban “cabeza de huevo”, que me hacían pequeñas bromas como cortar mis pantalones con tijeras o me pedían reprobar a propósito para “darles chance”.

Que la escuela sea pública o privada no impide que nos enfrentemos a la discriminación por orientación sexual. Poco más de la mitad de las personas LGBT de nivel socioeconómico bajo y muy bajo opina que la discriminación es su principal problema; y sucede lo mismo con una de cada tres de nivel socioeconómico medio-alto y alto. Los datos también arrojan que la población LGBT percibe que hay más intolerancia por parte de la policía y la iglesia (ENADIS, 2010). El tipo de escuela tampoco evita que al mismo tiempo experimentemos discriminación por discapacidad, grupo étnico, situación económica, entre otros.

#MiPrimeraHomofobia refleja que la infancia y adolescencia fueron etapas en donde aprendimos que amar sería un camino difícil, que levantar nuestra voz es indispensable porque necesitamos encontrarnos, y que nuestro movimiento al igual que muchos otros lucha por el reconocimiento y no discriminación en el ámbito laboral, el goce y la protección de nuestros derechos humanos, y el trato igualitario.

Ejercicios como éste nos enseñan que debemos aprender a perdonar. Y yo, finalmente, elijo perdonar. A mi hermano que me chantajeó para no decir que jugaba con las muñecas de mi hermana. A mi padre que me prohibió usar piercings, collares, pulseras o el cabello largo. A mi madre que me sugirió ocultar mi orientación sexual pues nadie tiene por qué saberlo. Pero sobre todo a mí, que me culpé por no saber cómo lidiar con la desaprobación de otros ojos. Después de perdonar uno descubre al fin que juntas las jotas jamás serán vencidas y que nuestra lucha no es para agredir a otras personas, sino para acabar con el odio y la discriminación.

1| Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (2011). Encuesta Nacional sobre Discriminación en México. ENADIS 2010. CONAPRED: México.

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