viernes, octubre 22, 2021

La supervivencia de un centro cultural en la periferia

Por Leodan Morales

Ilustración Luis Cruces Gómez

A 11 kilómetros del Museo Rufino Tamayo, considerado por muchos como el punto inicial de la oferta cultural de la CDMX, se ubica el centro cultural “Las 4 Casas”, un espacio alternativo de arte independiente. Está albergado por el el barrio de San Bartolo, en el centro de Naucalpan, uno de los 125 municipios del Estado de México. Su reto ha sido grande: llevar alternativas artísticas a un sitio donde lo último que interesa es el arte. 

 

El centro cultural “Las Cuatro Casas”, renta parte de un inmueble de tres plantas, pensado originalmente para funcionar como vivienda. En los dos pisos que la componen, conviven la galería “Plata y Gelatina”, el foro “Martha Zamora”, “La azotea café” y los salones donde se imparten cursos y talleres.

El edificio se comparte con un consultorio dental, una nevería y un local que vende artículos para smartphone. A sus afueras, se aglomeran las unidades de transporte público, el comercio informal y la gente que pasa apresurada y desapercibida ante lo que “Las Cuatro Casas” ofrece.

***


Febrero 2020, San Bartolo Naucalpan. Los cacharpos anuncian a todo pulmón el destino al que se dirigen. Ofrecen a los pasajeros, la posibilidad de encontrar un asiento vacío en un microbús abarrotado. El sonido de los cláxones, se mezclan con los gritos de los ambulantes que venden cualquier cosa al mejor precio. Justo a la mitad de este bullicio está el centro cultural “Las cuatro casas”.

Esta tarde platico con Aurelio, el fundador de este complejo autogestivo. Cuando me ve, esboza una sonrisa enmarcada por su cabello largo salpicado de canas. Estrecha mi mano con fuerza y toma asiento frente a mí. Conversamos en la cafetería del lugar, todas las demás mesas están vacías.

Comienza hablándome de los mejores tiempos de este sitio, hace ya más de 20 años, cuando el sueño de llevar cultura al centro de Naucalpan apenas comenzaba. Su mirada entintada en nostalgia, repasa aquellas dos décadas en cuestión de minutos. Pareciera que me narra una película.

—La galería nació de la necesidad de exponer el trabajo de los alumnos que iban egresando. La cafetería vino después, para que ahí mismo se reunieran los alumnos a comer o presentar cosas en el escenario chiquito que instalamos. Después fundamos el Foro Martha Zamora, lo financiamos haciendo rifas con las obras que nos donaban.

Ahora se sostienen a partir de la venta de comida. Organizan pequeñas ferias de libros de viejo, venta de productos artesanales y algunos cursos que aún ofrecen. Han llegado a realizar cartonería para obras de teatro. La venta de arte no figura en la recaudación de fondos.

Nuestras voces se acompañan del ruido caótico de la ciudad. De vez en cuando, guardamos silencio, esperando que el bullicio de los autos cese y continuamos.

—La mayoría de los artistas que aquí vienen son autodidactas. Aprendieron viendo y escuchando sobre lo que les gusta. Los jueves, a veces, se reúnen los poetas, leen lo que escriben y nos comparten su trabajo.

Estuve un par de veces en el jueves literario que Aurelio describe. Escuché de viva voz los poemas y relatos escritos por estos grandes pero desconocidos autores. Tocaban los temas que ya todos conocemos: la decepción por la vida, el amor, los sueños, el erotismo.

Finalizamos esta breve conversación con otro apretón de manos, prometiendo reencontrarnos después.

Bajo a la galería. Me encuentro con pinturas que retratan la lucha feminista. Hay fotografías que muestran los escenarios cotidianos del municipio. La escultura refleja los sentidos y pesares de quien crea. El arte hecho a partir de lo que creemos que ya no sirve también se hace presente. Me quedo parado, rodeado de todo este arte, y me pregunto cuál es la diferencia entre estas obras y las creadas por los “artistas de renombre” que llenan las salas de museos y galerías “reconocidas”.

***

Febrero 2021, San Bartolo Naucalpan. El centro del municipio se encuentra cerrado debido a la crisis sanitaria. Los negocios tienen las cortinas abajo, el ambulantaje está prohibido y las rutas del transporte público debieron encontrar nuevos caminos por los cuales andar. El polvo reina a causa de la remodelación que se hace en las calles. Donde antes había bullicio, ahora se encuentra un silencio de obra negra.

Los días parecen haber perdido orden y sentido. Esta tarde tendré una videollamada con Paco. Hasta antes de que cerraran el lugar, en abril del año pasado, era el encargado de administrar todo lo referente a la cafetería. La pantalla se ilumina y su rostro aparece. Comenzamos a platicar. Me cuenta sobre las dificultades que ha enfrentado estos meses de confinamiento.

Si bien antes vendía sus opciones gastronómicas dentro del centro cultural, ahora ha migrado a ofertarla a otros públicos. Prepara pan de manera artesanal, la cual vende a los miembros de la colonia en la que vive. Durante los mejores días, surte pedidos a algunos negocios de hamburguesas que se han mantenido a flote.

No ha sido sencillo para él elegir entre el abanico de recetas que conoce. Tuvo que seleccionar aquellos platillos más fáciles de realizar, empacar y repartir. Acostumbrado a convivir con muchas personas, ahora limita sus salidas y encuentros, solo a aquellos que le ayudan con parte de su estabilidad económica.

Recuerda con añoranza los días en “La Azotea Café”. Es notorio que extraña su fuente de trabajo, pero no es lo único que le hace falta en esta “nueva normalidad”, pues los eventos que organizaba, no sólo le permitían llevar el sustento a casa, sino también convivir con los artistas que ahí se juntaban.

—Me tocó ver de todo. Una vez, tuvimos una “batalla” de raperos, nunca había visto una hasta ese día, pensé que se agarrarían, pero era parte de lo que hacían. También tuvimos muestras de danza hawaiana, show erótico de títeres, muestra de música andina, bailes africanos y muchas más cosas. Creo que es lo que más extraño de mi trabajo. Eso y platicar con los artistas que iba conociendo.

Toda propuesta artística era bienvenida. Los requisitos a cumplir para presentarse en el escenario de “Las 4 Casas”, era ser gratuito o tener una tarifa baja para permitir la entrada a la mayor cantidad de público posible. Cuando se trataba de un evento sin costo, finalizaba haciendo “la vaquita”, es decir, se pasaba un bote donde los asistentes cooperaban con lo que quisieran, y lo recaudado se entregaba íntegramente a los artistas participantes. Alguna vez llegué a escuchar, que les iba mejor que si cobraran.

—Las exposiciones eran de los eventos más importantes, bueno, las inauguraciones. Aunque nadie compraba las obras, la gente venía y consumía la comida que vendíamos. Invitábamos a los músicos que conocemos para que tocaran y la gente se divirtiera un buen rato. Siempre eran los mismos los que iban, eran artistas viendo artistas. Amigos que se apoyan entre amigos. Aunque hagamos publicidad, la gente no entra.

Asistí durante dos años consecutivos a la apertura del evento anual más relevante: “La cofradía de artistas Naucalpenses”. El cual reunía el talento local más destacado, sin importar edad, género, técnica o trayectoria. La única exigencia, era ser parte del municipio. En efecto, todos parecían conocerse. Era extraño encontrarse a alguien ajeno al grupo, y si bien algún desconocido asistía, era por invitación de alguno de los expositores. Si su presencia comenzaba a ser constante, pronto se volvía parte de la “banda”.

La llamada termina rápido. Paco debe preparar los encargos de comida que le han hecho. Cuando la pantalla se apaga, en mi mente quedan flotando dos preguntas: ¿Por qué la gente no se interesa en el arte aunque lo tenga a la mano? y ¿Cómo despertar ese interés para que visiten lugares como ese centro cultural?

Me aventuro a concluir que se debe a la manera en que nos han educado en torno a lo creativo y lo artístico. Nos han hecho creer que se trata de obras inalcanzables, realizadas a partir de una extraña inspiración. Lo comparo con lo que sucede alrededor de la lectura. Las personas confiesan que si no les gusta leer es porque se les hacía como un castigo u obligación, más que un pasatiempo agradable. Es probable que suceda algo similar con el consumo artístico y la asistencia a centros culturales.

Por la noche, hablo con Abril Martínez, una joven artista dedicada al canto y la pintura. Ha participado con ambas facetas dentro del centro cultural, además de ser una asidua asistente a los eventos organizados en el sitio. Siempre ha combinado su profesión cultural con algún otro empleo, de ese modo, puede solventar los gastos que implica crear obras de arte. 

—Es difícil. No hay nadie que venga a financiar tus proyectos por muy chingones que sean, hay que ganarse el dinero para hacerlos. Además, la familia siempre es la primera en bajonearte, pues no ven al arte como un trabajo, sino como un pasatiempo. A veces creo que tienen razón, pero no me agüito.

Su vida ha cambiado debido a la pandemia. Ha llevado el arte que realiza a otro nivel. Ahora combina su profesión de barista con la creación artesanal de cubrebocas, los cuales no solo confecciona desde cero, sino que interviene a partir de su talento con la pintura. Se ha dado la oportunidad de incursionar en nuevas técnicas. Ha fundado un nuevo negocio que comienza a expandirse hacia la bisutería, la moda y otros menesteres relacionados. Creaciones originales que ahora pueden vestirse.

—Pensé que era sencillo emprender. Ya tenía experiencia con las obras que hago, pero no lo hacía para venderlas, es mi modo de expresarme. Ya que si las compran, estaría muy chido, pues no se vive del aplauso y el reconocimiento, bueno, al menos no los artistas como yo. Comencé con mi pequeño negocio cuando en el cafecito donde trabajo se vio afectado por la pandemia. Pensé que las redes sociales me ayudarían más, pero no. Algunos amigos y conocidos me compraron cuando iniciaba, pero fue la gente desconocida la que más ha influido en el crecimiento de mi nuevo negocio.

La nostalgia también llega a ella. Recuerda las noches de karaoke donde compartía su voz con los asistentes. Observa en la lejanía, los momentos en que sus amigos veían sus obras expuestas. Atrás han quedado los jueves literarios donde llegó a compartir su incipiente poesía y los relatos de otros autores que le gustaban.

Sin que me de cuenta, ella me lanza una pregunta

—¿Crees que algún día el centro cultural vuelva a abrir?

Los dos nos quedamos callados. Por la mente de ambos circula la esperanza de que pronto “Las 4 casas” abra, aunque en el fondo sabemos que será difícil recuperar lo que construyó a través de 20 años de existencia, y que la pandemia ha puesto en pausa.

Es tarde y la videollamada casi termina. Abril se siente cansada y tiene que levantarse temprano al día siguiente. Confiesa antes de irse, que la virtualidad la agota más que las actividades fuera de ella. Confirmo esa aseveración. Nos despedimos, prometiendo encontrarnos una vez que las cosas mejoren. Mi pantalla se queda en negro, decidí que esta noche apagaría la computadora temprano. Estas dos conversaciones me han dejado un poco fatigado a mí también.

***


Durante mayo del 2018, conocí por accidente al centro cultural “Las 4 Casas”. Había visto ese edificio con anterioridad, por estar cerca del lugar donde vivo, pero nunca me interesé por saber qué ocurría en su interior. Parecía una construcción más conformando a la metrópoli.

Cuando Facebook me lo recomendó, sentí curiosidad, no creía que un lugar como ese existiera tan cerca de mí. Me aventuré a ir por primera vez sin estar seguro de lo que encontraría. El arte siempre me ha llamado a tal punto de comenzar a reflexionar en torno a él. Quizás la rama que más me gusta es la que he nombrado “arte periférico”. Llamo así a todas la diversidad de opciones que están más allá de los museos y galerías protagónicas de la cultura. Quizás me hacen sentir que el arte no está tan alejado de mí. Hablo de todas las creaciones que provienen de los barrios populares, aquellas que cuentan otro tipo de historias y se forman a partir de personas que si bien son artistas, lo ejercen como profesión de medio tiempo, combinado con otro empleo.

Conversar con Aurelio, Paco y Abril, me lleva a repensar muchas cosas alrededor del quehacer artístico. Si bien mencionaron la dificultad de hacer que la gente se interese en el arte, lo cierto es que ellos son raíz que genera curiosidad en las personas que se atreven a conocer el trabajo que realizan.

Por algo “Las Cuatro Casas” se ha mantenido a flote durante más de 20 años.

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