viernes, junio 5, 2020

El febrero que nos llevó a este marzo

Por Katia Rejón

Ilustración de Luis Cruces Gómez

Por lo menos 133 mujeres ya habían sido asesinadas, presuntamente por razones de género en México, antes de los primeros 50 días de este año. A pesar de las cifras que suben, las condiciones y los argumentos que rodean estos asesinatos, todavía hay quienes piden a las manifestantes “ser más creativas”. Como si ésta fuera una acción de esparcimiento del fin de semana y no el convulso estado de miedo y coraje al que nos ha llevado la violencia feminicida y la inutilidad de las instituciones.

De todas formas el año pasado las feministas, en una simbiosis de creatividad y valentía, crearon un himno. El violador eres tú dio la vuelta al mundo para recordarnos que esto pasa en todas partes. Y más recientemente, el colectivo mexicano Las Brujas del Mar lanzó la convocatoria de #Undíasinmujeres el 9 de marzo que tuvo una reacción inesperada.

Para entender las manifestaciones, hay que conocer el contexto. El feminicidio, como lo dirían Diana E.H. Russell y Jane Caputi, “está en el extremo de un continuum de terrorismo anti-mujeres, que incluye una variedad de abuso verbal y físico, como la violación, la tortura, la esclavitud sexual (particularmente en la prostitución), el abuso sexual infantil incestuoso y extrafamiliar, el maltrato físico y emocional, el acoso sexual (en el teléfono, en las calles, en la oficina, en el salón), la mutilación genital (clitoridectomías, escisiones, infibulaciones), las operaciones ginecológicas innecesarias, la heterosexualidad forzada, la esterilización forzada, la maternidad forzada (criminalizando la anticoncepción y el aborto), la psicocirugía, la privación de comida para las mujeres en ciertas culturas…”.

Entonces, aunque la violencia feminicida y el terrorismo hacia las mujeres es mucho mayor, algunas no mueren sino que viven con esa violencia.

María Elena Ríos Ortíz, una joven músico de Oaxaca fue quemada con ácido por órdenes de su ex pareja, Juan Vera Carrizal, quien entonces era diputado del PRI en Oaxaca. Hace unos días, María Elena habló por primera vez desde el día en que ocurrió todo. En redes sociales hubo quien dijo que “ella se lo buscó”. Las autoridades calificaron la agresión como lesiones y no como tentativa de homicidio, encarcelaron a los actores materiales pero no al intelectual, y organismos de derechos humanos acusan que la fiscalía no actuó como debía, todo lo contrario: alertaron a Juan Vera para que se diera a la fuga.

María Elena es la cuarta mujer quemada con ácido que denuncia en México, y la primera en el estado de Oaxaca. De acuerdo con la organización Acid Survivors Trust International, a nivel mundial cada año atacan con ácido a 1, 500 personas en al menos 20 países, el 80 por ciento de esas personas son mujeres.

Decir que este país nos odia no es un berrinche, una histeria o una exageración. Es desnormalizar las violencias que vivimos todos los días. ¿Por qué serle útil a un sistema que nos odia?

El 9 Nadie Se Mueve

Aunque los panistas, priístas y otras chinches de la política han querido colgarse de la iniciativa de La Brujas del Mar, este paro nacional ha logrado unir a mujeres de todos los sectores más allá de las filias y fobias políticas. Vemos incluso a aquellas que no se identifican con el feminismo, pero que a raíz de los hechos violentos han comenzado a entender que esto tiene que parar ya.

Ponerle rostro, contexto y nombre a las violencias nos hacen sentir más empatía por una situación que, por su dimensión generalizada, puede parecer abstracta o lejana. Solo en febrero, ocurrieron casos polémicos por la forma tan retorcida en que sucedieron y porque las víctimas no lo fueron solo de sus feminicidas, sino también del sistema, ése patriarcado que dicen que no existe.

Ingrid Escamilla sufrió violencia feminicida por parte de quien era su pareja en su propia casa este 9 de febrero. También fue víctima de los policías que filtraron fotografías de su cuerpo y de la prensa que la publicó. Su nombre apareció después en miles de imágenes de paisajes, colores, composiciones hermosas, como respuesta a la indignación de quienes entendieron que frente a la violencia de género, no hay contrapeso más fuerte que la dignidad de la persona.

Ella no era feminista y después se hicieron virales comentarios que había hecho en contra del feminismo. Pero eso no importó, porque las feministas sólo reiteraron su mensaje: si mañana no estás, lo quemamos todo. Y aunque no te representemos hoy, si un día lo necesitas, lo haremos.

Ella ya había denunciado dos veces al asesino (¿esas sí son las formas?), como también lo hizo Abril Pérez Sagaón quien advirtió a las autoridades que su ex esposo la amenazaba desde la cárcel y aún así lo soltaron; como también lo hizo Vanessa quien murió en las puertas de la residencia oficial del gobernador de Jalisco; como también lo hizo Ema Gabriela en Yucatán, y muchas otras.

De Ingrid dijeron que se lo había buscado porque el asesino Eric Robledo Rosas era más grande que ella y por lo tanto “solo quería su dinero”. La mañana en la que el mundo se enteró de Ingrid, también habían muerto otras mujeres.

El cuerpo de Marbella apareció casi el mismo día que el de Ingrid. Juan Pérez de Tijuana primero la acosó (ese delito que la opinión pública todavía hace de menos y cree es indefenso). Algunos medios de comunicación informaron que el asesino había hackeado sus cuentas e instalado un sistema de geolocalización en su auto. La secuestró, violó, estranguló y arrojó su cadáver en un camino de tierra para después ir a su funeral, dar el pésame a su familia y llevar una corona de flores mientras vestía una playera de “Ni una mujer más”.

Unos días después, el 14 de febrero durante la Mañanera, la activista y periodista Frida Guerrera encaró al presidente Andrés Manuel López Obrador cuestionándolo sobre acciones concretas del gobierno actual para erradicar la violencia feminicida. Amlo le contestó un decálogo improvisado, vergonzoso e incoherente sobre el feminicidio.

Lo más bizarro fue que la Secretaría de Gobierno lo difundió después como respuesta oficial a los cuestionamientos de Frida y de todas las personas que se sumaron después. Con reiteraciones como “es una cobardía agredir a la mujer”, “se tiene que respetar a las mujeres” y “no a las agresiones de mujeres”.

Esto dejó ver la poca idea que tiene el presidente o la Segob (que es aún más grave pues oficializó la ignorancia) de un tema tan complejo y de grandes dimensiones. Nunca respondió sobre las acciones concretas. Nunca respondió con ideas coherentes y sensibles. Dejó ver que la estructura de seguridad para las mujeres en el país es aterradoramente quebradiza en discurso y mucho más en acciones.

Al día siguiente de este “resbalón”, la realidad nos devolvió otra respuesta: Fátima. La niña de siete años vivió por lo menos cuatro días de violación y tortura antes de ser encontrada a unos kilómetros de la escuela donde desapareció. Su madre y su familia consiguieron las primeras pistas, antes que la Fiscalía. Sus familiares acusaron a las autoridades de no querer recibir la denuncia de su desaparición sino hasta 72 horas después de que alguien se la llevó de la escuela.

La opinión pública y algunos medios de comunicación reprodujeron el discurso oficial que quiso pintar a la madre como una loca. Más aún cuando se supo que había denuncias por abandono y maltrato, según el DIF. Incluso se cuestionó a la escuela por ser responsable de dejarla ir con alguien que no era de su familia.

A muy pocos les preocupaba, a esas alturas, quién la había violado y asesinado hasta que se dio a conocer el video de la mujer que se la lleva de la escuela. Finalmente, se supo que Mario Alberto Reyes Nájera pidió a su esposa una niña como “novia” y amenazó con violar a sus hijas si no le “conseguía” una.

Su cómplice y esposa, Gladys Giovana, confesó el crimen diciendo que eligió a Fátima porque la tenían descuidada. La madre de Gladys dijo que Mario Alberto había intentado quemarla tres veces, ella lo había denunciado ante las autoridades e intentado escapar. El entramado es muy doloroso pues hay muchas situaciones en las que pudo haberse evitado el crimen. Sin embargo, tampoco es un caso aislado: una de cada cuatro niñas y uno de cada seis niños sufren abuso sexual antes de cumplir la mayoría de edad. El 99 por ciento queda impune.

Yesenia Zamudio perdió a su hija hace cuatro años cuando su asesino la aventó de un edificio en la Ciudad de México. El 18 de febrero, un video suyo reclamando su derecho a romperlo todo por su hija se volvió viral. “Tengo todo el derecho a quemar y a romper. No le voy a pedir permiso a nadie, porque yo estoy rompiendo por mi hija. Y la que quiera romper que rompa, y la que quiera quemar que queme, y la que no, que no nos estorbe”, dice, y su rabia traspasa la pantalla.

El 24 el video viral era otro. Olga Alicia Gracia es una psicóloga que en un programa de Hermosillo, Sonora dijo que la violación sexual era una “fusión de amor”. Sus palabras fueron: “Incluso una violación es una fusión de amor, porque los dos sistemas, aún así sea agresivamente, quieren juntarse y a través de la fusión, explota ese amor y van a seguir juntos aunque la pareja, o esas personas, no se vuelvan a ver. Esa criatura, nadie desbarata esa fusión”.

Lo más grave fue que durante toda esta verborrea, los conductores de “La voz del Pitic” no cuestionaron los comentarios. Al contrario, incluso una de las locutoras “complementó” lo dicho por Olga sugiriendo que la mujer violada “en el subconsciente traen esa decisión de unirse a alguien por pagar una deuda de los antecesores” (sic).

No hay que olvidar que el machismo es una estructura social, política, económica y cultural. Y aunque Olga se haya desdicho y haya pedido disculpas (suplicó también que dejen de violentarla y acosarla en redes) esto es algo que piensan muchos y muchas. Los discursos amparan violencias e impunidad.

En Yucatán, tenemos las “célebres” frases de “activistas” de ultraderecha como el doctor Víctor Pinto quien dice 100tifikmente que “es muy difícil que ocurra un embarazo en una violación por el estado de estrés de las mujeres” y porque los violadores tienen problemas “del tipo sexual”. O la ex vocera de 40 Días por la Vida, Mariana Schroeder, quien en una entrevista afirmó que el aborto para las niñas que sufrían violación sexual por parte de un familiar era incorrecto porque “¿cómo se va a dar cuenta la mamá de que la niña sufre violación si no hay una pancita que delate?”.

Para despertarse todos los días con la misma insistencia no basta el coraje, también es necesario la esperanza. Por eso, el 25 de febrero fue un día bueno. La noticia fue de las jóvenes que sacaron a su director Omar Soberanis Galeana de una secundaria técnica en Cuautitlán, Estado de México. Cuando pensábamos que ya no podíamos seguir a lucha, cuando el miedo volvió a sembrarse en el cotidiano, las niñas lo arrancaron de tajo y volvió la fuerza.

Las jóvenes estudiantes de esta escuela denunciaron acoso sexual por parte de maestros y compañeros. La dirección dijo primero que era una cosa de niños, después que era culpa de ellas por permitirlo. Lo sacaron. Las jóvenes ya sin miedo, en un estado que presenta los mayores índices de violencia feminicida en el país, presionaron en todas partes denunciando la ineptitud, insensibilidad y misoginia de su director.

Ya es marzo y las mujeres están organizadas. Hay páginas web, artículos, infografías, entrevistas, nuevas colectivas, eventos y actividades organizados en escuelas, espacios públicos, trabajos. En la Ciudad de México amenazaron a las manifestantes con echarles ácido, ellas no dieron un paso atrás. Se abrazaron, se organizaron, van prevenidas. El presidente quiso iniciar la venta de los boletos del avión presidencial el mismo día del Paro, no pudo.

Una estudiante de Tampico, mientras tanto, enfrentó a su maestro acosador en el colegio. Le gritó y atrás de ella estaban más chicas dándole fuerza. Y su imagen podría bien ser un monumento. Uno de esos que vamos a erigir cuando lo tiremos todo.

El paro y las manifestaciones no se hacen solo de indignación, sino también de esperanza. Y estas chicas cuyos nombres no se han dado a conocer por ser menores de edad fueron, en estas semanas de dolor y desesperanza, una inyección de adrenalina y admiración. Un cachito de ilusión de que el futuro ya se está construyendo en las niñas del país.

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