lunes, noviembre 23, 2020

Boca de culebra: la última película de Adriana Otero que retrata una comunidad sorda de Yucatán

Por Logan Johnson

Fotografías detrás de cámara: Allie Jordan 

Silencio. Una pantalla de televisión muestra la estática y el sonido llega a nuestros oídos. Una joven, la protagonista (Geli Colli Colli), ve la pantalla con la mirada perdida. Así inicia el retrato de una familia y una comunidad inolvidable, pero que parece abandonada a su suerte. Así inicia Boca de culebra, la más reciente obra audiovisual de Adriana Otero Puerto también directora del documental ¿Qué les pasó a las abejas?

En esta imagen aparecen las protagonistas de la película: son 4 mujeres, un hombre y una niña. Tres están sentadas en la hamaca y Adriana Otero les muestra, a través de una tableta, parte de la película. Todos sonríen.

 

Boca de culebra empezó en 2018 al aparecer la convocatoria de Concurso Nacional de Proyectos de Cortometraje – por Región por parte de IMCINE con la intención de competir por un fondo para su producción. El escenario se ubica en la comisaría de Chicán, en el municipio de Tixmehuac, en Yucatán, prácticamente escondida entre la selva y la carretera. Ni siquiera existe un letrero que anuncie el acceso hacia el pueblo.

La localidad de Chicán ha sido objeto de estudio de varios académicos e investigadores por su inusual tradición: hace más de cien años, tres familias llegaron al pueblo y desde entonces, se han casado y tenido hijos entre la misma comunidad. Dicha costumbre sigue con la intención de mantener su linaje y su herencia. Sin embargo, ese mismo linaje es probablemente el responsable del problema de audición que se presenta notoriamente en el pueblo, pues al menos la mitad de los habitantes son personas sordas. La joven Geli, de 23 años, lanza una pregunta al inicio del filme: ¿Por qué nacimos así?

En la imagen vemos un cenote abierto. Es un paisaje de cueva y vegetación sobre el agua. Al fondo, sentada en una piedra y con los pies en el agua vemos a una mujer.

 

La pobreza se ve en cada esquina, pero también se percibe paz. Hay muy pocos triciclos y muchos menos automóviles. Se escucha con claridad la tranquilidad que abunda en un lugar que parece destinado al olvido, imágenes que quizás podrían pasar desapercibidas en otro contexto, incluso al verlas en persona, pero en la lente de la directora, resultan tan fascinantes como enigmáticas.

El cortometraje, recientemente ganador a Mejor Cortometraje Mexicano Documental en el Festival Internacional de Monterrey (FICM) y a Mejor Dirección en el apartado de Cortometrajes Mexicanos del Festival de Cine de Contemporáneo BLACK CANVAS, nos muestra a una típica familia de la localidad, su forma de vida, su día a día y sus aspiraciones, todo relatado por la joven hija de la familia Colli Colli.

Una familia sentada a la mesa, es la familia Collí Collí en su casa tradicional maya. Comen y platican.

 

—Yo ya conocía la historia de esta comunidad tan particular de nuestro estado. Investigué más: fui a visitar la localidad, leí investigaciones en internet y me contacté con la familia que protagoniza la historia. Al principio pensé en hablar de toda la comunidad y al avanzar, se fue acotando. Cuando los protagonistas aceptaron, envié el proyecto y afortunadamente nos seleccionaron. Es la primera vez que el IMCINE da el apoyo a un cortometraje en Yucatán. Se siente como un primer logro, ya que la producción cinematográfica en el sureste es muy compleja, dice la directora en entrevista.

En tan sólo quince minutos, Otero Puerto logra atraernos y envolvernos con las imágenes del pueblo. Nos hace sentir que estamos ahí. Gracias a un diseño sonoro extraordinario, cada ruido y cada silencio se insertan en la piel: el poder escuchar una canción, las aves o a los niños jugar… o, todo lo contrario.

Aparece Maricarmen Sordo y Adriana Otero, están filmando una escena. Al fondo se ve un hombre cargando un micrófono y con unos audífonos puestos. Maricarmen sostiene una cámara y mira de lado, da la espalda a quien toma la fotografía. Adriana está justo detrás de ella, encorvada, viendo hacia la misma dirección, concentrada.

 

—Era casi como meternos a los inicios del cine, al cine silente otra vez. El reto fue cómo representábamos lo que sienten ellos y no pueden expresarlo en palabras. Teníamos que hacerlo a través del diseño sonoro y musical. El sonido de la naturaleza y de las cosas. Es como si se sintiera que estás en Chicán, dice el diseñador de sonido Alberto Palomo Torres.

Y lo logra. Así es exactamente cómo se vive el día a día en Chicán. Así es como son las dos caras de la moneda en la comunidad.

Adriana complementa afirmando que fue indispensable hablar con la música al tratar de hacer temas que dieran un mensaje que a lo mejor está ahí pero que no lo vemos o no lo dicen explícitamente.

Sin embargo, más allá de los apartados técnicos, la verdadera esencia del cortometraje es el deseo de superación. Geli afirma que es difícil conseguir un buen trabajo sin escuchar ni hablar, basándose en su experiencia. Su hermano menor atraviesa por lo mismo. Tuvieron que dejar la escuela porque los maestros no usan el Lenguaje de Señas.

Eventualmente, ambos consiguieron trabajo: él como albañil y ella como empleada doméstica en la ciudad, hasta que por problemas de comunicación con su jefa, Geli se vio en la necesidad de regresar a Chicán.

Los obstáculos que narran se contrastan con la resiliencia que las imágenes presentan. Esa misma palabra, resiliencia, es la que Adriana deja plasmada en pantalla.

Otra escena detrás de cámaras: están dos de los protagonistas del cortometraje en un triciclo amarillo, como los que se usan para la venta de pan. Están en medio de una carretera y a los costados hay vegetación. Paralelo al triciclo de los protagonistas hay otro donde están Maricarmen Sordo y Ernesto Arteaga, parte del equipo de filmación. Ernesto maneja el triciclo y Maricarmen graba. Adriana Otero está parada en medio de ambos triciclos. Una mujer los acompaña desde atrás.

 

—La resiliencia es prácticamente todo en el cortometraje: vamos entendiendo las formas en que la comunidad afrontó sus dificultades (tanto que no se ve de esa forma) creando un lenguaje único, y luego lo vemos también en la familia y la protagonista, como desarrollan su vida diaria. La gente que apenas tiene un primer acercamiento, seguramente se preguntará cómo es que logran hacer cierto tipo de actividades, pero es una concepción errónea, sin comprender que no hay limitaciones. Es descubrir cómo la comunidad en un todo logra superar la adversidad.

Y es esta misma adversidad el motor de nuestra protagonista: Geli tiene metas, deseos, aspiraciones, como cualquiera, pero también está llena de dudas. ¿Cómo sería no tener la misma rutina de las mujeres del pueblo?, ¿qué puede pasar si sigue en Chicán? Ella misma lo entiende en un punto del cortometraje. “Esta es la herencia que me han dejado”. Esta también es la herencia que la directora quiere dejarnos.

—Al final de cuentas, una de las cosas más importantes en el cine es que logremos comunicar algo y hayamos causado un impacto en los espectadores: desde la reflexión y conmoverlos. Que hayan disfrutado el cortometraje, principalmente. Terminar el filme y haber aprendido algo que, a lo mejor, desconocían, finaliza Adriana.

Y eso es exactamente lo que el Boca de culebra está logrando con su exhibición. Al cierre de este artículo, el filme aún continúa su corrida por diversos festivales: fue seleccionado para participar en el Festival Internacional de Cine de Mérida y Yucatán (FICMY por sus siglas), en la categoría Sección Latinoamericana – Cortometraje Documental y se le ha agendado su debut internacional en el marco del Bogotá Short Film Festival, BOGOSHORTS 2020, que se llevará a cabo del 8 al 15 de diciembre de este año en la capital colombiana.

 

Para realizar este artículo, viajé a la localidad para ver la población con mis propios ojos y entendí la precariedad y legado con el que viven. Chicán, es también una palabra maya (chi´kaan), que significa Boca de Culebra, y al conocer su ambiente, me queda claro que los habitantes son realmente culebras. En tiempos actuales, dicha especie es percibida con mucho estigma. Con temor y totalmente menospreciada, cuando en realidad, muchísimo antes, las culebras eran vistas con admiración y respeto.

 El equipo completo de Boca de culebra es:

Dirección: Adriana Otero Puerto.
Producción: Alberto Palomo Torres.
Coordinadora de producción: Margely Gala Villanueva
Compañía productora: Instituto Mexicano de Cinematografía – IMCINE
Guion: Adriana Otero Puerto.
Dirección de fotografía: Maricarmen Sordo Aguilar.
Sonido directo: Ernesto Arteaga Cote, Alberto Palomo Torres, Adriana Otero Puerto.
Edición: Jairo Mukul Alcocer, Adriana Otero Puerto, Alberto Palomo Torres.
Música original: Alberto Palomo Torres.
Fotografía fija: Allie Jordan.

 

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