lunes, noviembre 23, 2020

La línea racista de Kentucky

Por Paul Antoine Matos

Éramos un grupo de 10 latinos. Fuimos a un restaurante-bar a unas cuadras de nuestro hotel en Louisville, Kentucky. Al entrar pedimos una mesa grande, la mesera nos dijo que esperemos. Tardaba. Así que nos sentamos en una mesa casi a la entrada. Nos acomodamos, listos para pedir algunas cervezas y la carta. Platicábamos, reíamos, todo en español. En argentino, chileno, panameño, costarricense, cubano, mexicano. Acentos del sur de la frontera. Dos pares de ojos azules nos vieron: una pareja que cenaba, y ella mostró una cara de disgusto, de asco.

 

La mesera regresó y nos pidió que la siguiéramos. Le dijimos que estábamos cómodos en la mesa que habíamos escogido, pero insistió, así que la acompañamos. En el camino algo nos sabía mal. Pasamos por una, dos habitaciones donde otras personas cenaban. Nos dirigió hacia una mesa hasta el fondo del restaurante, sin gente y por donde rara vez veríamos pasar a los meseros. Al lado de los baños.

En ese momento discutimos lo que nos había pasado. Nos levantamos para ir a otro restaurante antes de que nos pudieran tomar la orden. La pareja que nos miró asqueada ya se había ido.

Louisville, Kentucky, es el inicio del sur profundo de Estados Unidos. Esa región que quiso separarse del país durante la Guerra Civil, cuando el presidente Abraham Lincoln abolió la esclavitud. El racismo es profundo. Las bases electorales de Donald Trump y el partido republicano están aquí en el sur. Con ellas ganó la presidencia en 2016 y son las mismas con las que proyecta su reelección este 2020.

Los habitantes son descendientes de la población blanca que se rebeló contra el gobierno de Lincoln. Los blancos controlan la ciudad y tienen el poder, a más de 150 años de esa guerra. Generación tras generación, han sido educados con los mismos valores que sus tatarabuelos, con una mentalidad que piensa en la superioridad del blanco por encima del resto de las personas.

La libertad depende del color de piel.

 


Graffiti leído en una pared en Louisville.

Joshua Poe nació en la región de las montañas Apalaches: un hombre blanco que creció en la pobreza de Estados Unidos y su origen se volvió un cuestionamiento personal. ¿Por qué la gente en el país más poderoso del mundo es pobre?

Poe es un investigador del Redlining Housing, un fenómeno que cuestiona las políticas públicas y privadas que desvalorizan a la población negra, en este caso en Louisville, y provocan su marginación.

Dice que, después de 3 generaciones, los migrantes europeos (italianos, alemanes, nórdicos) han sido capaces de adaptarse a la vida en Estados Unidos. Ya no son pobres. Los afroamericanos, en cambio, a pesar de siglos de presencia –prácticamente desde que el continente fue colonizado y las personas extraídas de África fueron vendidas como esclavos– siguen siendo pobres.

En Louisville, a partir de 1924 se consideró que la población afroamericana era peligrosa para el valor de las propiedades. Su exclusión fue un fenómeno parecido a la esclavitud, solo que en lugar de trabajar en fincas algodoneras se dedicaron a servir a las industrias del sur profundo de Estados Unidos y el Rust Belt, y fueron expulsados de sus hogares a barrios negros, a ghettos.

Actualmente el 75 por ciento de los afroamericanos vive en un 5 por ciento de la tierra en Louisville, dice Poe durante una presentación que forma parte del programa Edward R. Murrow, del Departamento de Estado, al que estoy invitado.

Continúa:

–Son modelos coloniales que provocan que se reduzca la esperanza de vida de la población negra. El racismo y la discriminación causan que los vecindarios mixtos desestabilicen los mercados, por eso se crea un sistema de gentrificación a través de los bienes raíces.

En Louisville, las personas afroamericanas concentran solo el 2.6 por ciento de la riqueza, el resto es blanco. No es el 99 por ciento, es el 97.4.

–El sistema político neoliberalista impacta entre las comunidades negras de Louisville y otras ciudades de Estados Unidos. Ese sistema empuja a la población afrodescendiente a zonas marginadas.

 

No me quedan dudas de que Poe, en los ochentas, habría sido acusado de comunista y rojo, tal vez investigado por espionaje durante el McCarthysmo de los años cincuenta. Es un discurso socialista. Tanto al gobierno como a las empresas causantes de la pobreza y la discriminación debe sorprenderles e irritarles como si el mismísimo Lenin viviera en su ciudad.

Interrumpo y le digo que ese mismo sistema se replica en mi ciudad, Mérida. Ahí se construyen las privadas y grandes fraccionamientos fuera del periférico, a imitación del modelo de suburbios gringos, los cuales son acompañados de grandes centros comerciales. Esos desarrollos inmobiliarios devoran la zona rural de Mérida, donde se encuentran las comisarías. Quienes vivían en esas zonas son marginados, sus terrenos vendidos por centavos, y deben trabajar para los dueños de las casas dentro de muros que fueron construidas en sus tierras. Solo se cambia a los negros por mayas.

Poe dice que debemos entender el papel del racismo para justificar el capitalismo y desarrollar bienes raíces. El racismo, explica, es una excusa. Sin el racismo la gente, incluida la población blanca en la clase baja, se preguntaría por qué está ganando el salario mínimo, por qué el acceso a la salud es excesivamente caro, por qué se tienen que endeudar por años para acceder a la educación universitaria, y eso no le conviene al sistema capitalista.

–El racismo separa. Eso es parte fundamental de la estructura.

Louisville fue el hogar de Cassius Clay, un boxeador afroamericano con un nombre de esclavo que le fue impuesto, quien se negó a ir a la guerra de Vietnam. Se convirtió al Islam y eligió ser un hombre libre: Muhammed Ali.

Su rechazo al ejército causó que lo vetaran del boxeo durante varios años de su carrera. En el bar al que llegamos, tras irnos del primero donde nos fuimos tratados mal por ser latinos, tras ser discriminados, hay un póster de Hunther S. Thompson, uno de los máximos representantes del periodismo Gonzo. Otro póster es de Muhammed Ali, que lo muestra como el campeón mundial de peso completo y con una de sus frases más famosas: “flota como mariposa, pica como una abeja”.

En su vida fuera del deporte, actuaba tal como su cita. Cuando Ali era víctima de la violencia sistemática que se ejercía en Estados Unidos contra los negros, él actuaba y picaba como una abeja.

Cuando fue seleccionado para ir a Vietnam, Ali dijo: “¿Por qué piden ponerme un uniforme e ir a mil millas de casa y arrojar bombas y disparar balas a gente de color mientras los negros de Louisville son tratados como perros y se les niegan los derechos humanos más básicos? No voy a ir a 1.000 millas de aquí y dar la cara para ayudar a asesinar y quemar a otra pobre nación simplemente para continuar la dominación de los esclavistas blancos”.

Ali murió en 2016. Ese año Donald Trump fue electo presidente de Estados Unidos. Ganó Kentucky con el 62% de los votos.

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