Por: Katia Rejón

Ilustración de Alejandrina Rejón (Taro ilustraciones)

Dentro de mí siempre ha vivido una activista que logró expresarse a través de la moda, dice Ary Marrufo desde su taller en la ciudad de Mérida. Tiene 24 años y hace cinco años fundó la marca de ropa que lleva su nombre. En su página oficial se describe como una marca que promueve y difunde temas de equidad, sustentabilidad, empoderamiento y reconstrucción del tejido social con bordados artesanales. 

Con sus unidades de negocio, su forma de trabajo justo y la visión que ella misma ha asumido sobre el fast fashion, Ary muestra que se puede trabajar de forma sustentable desde las industrias más dañinas para el medio ambiente.

La industria de la moda es la segunda más contaminante a nivel mundial. Y no importa la moneda del país, el momento por el que esté pasando, la industria crece entre un 5 y 7 por ciento en todo el mundo. No importa que estemos en crisis, la gente sigue comprando ropa.

Con la renovación de las prendas casi cada semana, las tiendas de ropa como Zara y H&M han provocado una sobreproducción de textil imbatible. De acuerdo con la ONU, esta industria produce el 10 por ciento de las emisiones de carbono y el 20 por ciento de la contaminación en el agua. Un daño a la humanidad solo superado por la industria petrolera. 

—El año pasado se produjeron mundialmente 100 millones de prendas de las cuales un 60 por ciento se quemó o tiró en países en vías de desarrollo. Te podrás imaginar lo bueno que es para el medio ambiente quemar toneladas de prendas. Otras empresas lo tiran en países como Bangladesh donde la ropa se vuelve mugre, además de que le quitas al país la economía textil local, porque ya tienen en exceso, generan acumulación y pestes. 

Aclara que eso solo es el panorama de cuando la ropa ya está aquí. En el proceso también hay algodón transgénico, fertilizantes y pesticidas, los 10 mil litros de agua que se necesitan para unos jeans, o el derrumbe de la maquiladora en Bangladesh en el 2013 que mostró al mundo las condiciones en las que se confecciona ropa para marcas trasnacionales, entre otra cosas. 

El ciclo de la tierra no da para contener los niveles de consumo que tenemos ahorita.

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La mamá de Ary dice que ella siempre sabe lo que quiere. Un día, cuando tenía siete años fue por ella a la escuela y le dijo: Mamá, ya sé que quiero ser de grande. Quiero ser diseñadora de modas. Y aunque supo eso toda la vida, le desanimó que en Yucatán no hubiera una industria consolidada cuando estudiaba la prepa. Hizo el examen para estudiar medicina en la Uady, entró, pero se dio cuenta de que nunca sería lo suyo.

Lo suyo es envolver modelos en telas hermosas y figuras irreales, hacer un sombrero tan grande como una sombrilla y rescatar técnicas de bordado trabajando de la mano con artesanas de Yucatán. 

—Me tocó una buena época, la verdad. Justo cuando personas como Vero Díaz, Diego Cerón, que son amigos y colegas, comenzaron a abrir el camino de la industria del diseño de modas. Mi marca era muy diferente a lo que es ahora, empecé queriendo hacer cosas diferentes, como todos, y la vida me llevó a conocer a artesanas. Lo que hacen ellas se vuelve importantísimo y un reto incorporar su bordado artesanal en piezas de tendencia. 

En el primer intento le fue muy mal, aunque se enorgullece de sus diseños.  Durante sus primeros tres años fue duro el aprendizaje pero supo ponerle rumbo a su camino, sobre todo cuando encontró los temas de sustentabilidad y responsabilidad social en la industria. 

—No me dejaba dormir. ¿Cómo algo que me gusta y apasiona tanto puede estar tan mal para el mundo y la gente que nos rodea?

En el 2018 fundó Wildflower, una unidad de negocio para crear conciencia del impacto del fast fashion en el medio ambiente y ofrecer alternativas de consumo responsable. Cuando comenzó a ser personal shopper veía que sus clientas sacaban cosas de su clóset y después lo volvían a llenar. Tiraban cosas porque no les servía el cierre, o tenían un huequito o ya no les armaba.

—Yo les decía: pérame, tiene solución. Y de ahí nace Wildflower para darle una segunda vida a prendas, aplazar el fast fashion. Hay gente que me dice que cuando ya no usa algo, lo dona. Todos sabemos que esa no es la solución, el problema es el consumo. Bueno, ya lo compraste, vamos a hacer que tu ropa se vuelva como nueva: vestidos que se vuelven falda, chalecos que se vuelven shorts, me ha tocado re-hacer de todo

Ary también recuperó el contacto con las artesanas y comenzaron a trabajar otra vez. Parte de su filosofía es rescatar las técnicas del bordado y elevar la calidad de vida de las artesanas a través del pago justo, capacitaciones y buenas condiciones de trabajo. Este año fundó la asociación civil Change is Wild que promueve el consumo responsable y capacita a las artesanas. 

—Llevo mis charritos, mi Coca y me pongo a platicar con ellas. Escucho cómo algunas sufren violencia doméstica, de niñas de la comunidad que ya se quieren ir a vivir con el novio, poner uñas y no terminar la escuela. ¿Cómo le hacemos entonces? Intentamos mejorar las condiciones de vida y compartir el consumo responsable, que puedan usar sus recursos de la mejor manera posible. 

Una de sus aliadas estratégicas es la Casa de las Artesanías de Yucatán, llega con sus diseños y las artesanas se involucran, reinterpretan juntas. La pregunta es inevitable: ¿qué pasa con la polémica de apropiación cultural de la que acusan a varios diseñadores internacionales cuando trabajan con bordadoras?

—Opino que no es apropiación cultural. Quizá suene polémica, pero por ejemplo, hablando de Carolina Herrera, el último caso sonado, ella hizo sus muestras con artesanas e industrializó el proceso. Se inspiró en México, le dio publicidad al país, entendió el trabajo e hizo sus propios diseños. Nadie está inventando el hilo negro. Entiendo que es un tema delicado pero no porque algo sea de un país que no es tuyo no lo vas a utilizar.

Recordó el caso de Louis Vuitton cuando llegó a Yucatán hace cuatro años y una de las compañeras de la universidad de Ary pudo trabajar con él. Narra que les pagó el triple de lo que ellas pidieron, por eso opina que lo que hay que hacer es capacitarlas para que sepa cuánto vale su trabajo y no espantar a las marcas que vienen a contratar mano de obra y aprender técnicas del país.  

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Ella lo resume así: Necesitamos productores conscientes y consumidores responsables. Su objetivo es que la marca Ary Marrufo logre ser 100 por ciento sustentable usando biotextiles y tecnología. 

Su última colección fue Fire Woman, dice que todas son un reflejo de lo que pasa en su vida en ese momento. A raíz de esta colección “despertó”, empezó a dar conferencias, entrevistas, y tener un perfil más alto. 

—Fue una colección súper importante para mí, necesitaba decirme a mí misma que era una Fire Woman, y esto despertó mi voz y mi época de activismo.

Ahora el reto es cómo cambiar el chip de las generaciones actuales para que sepamos qué vale la pena consumir no solo por la felicidad instantánea sino por lo que hay detrás de cada prenda. Ella misma lleva un año y medio sin comprar nada en las tiendas fast fashion. 

—Pasé de estar endeudada con Zara a dejar de consumir fast fashion radicalmente. Me visto con mi marca, sé de dónde viene, cómo se hace, cuánto ganan las empleadas. También soy fan del second hand, siempre le doy una segunda vida a mis prendas. Tengo ropa desde los 15 y les doy varias vidas, renovándolas. Compro a diseñadores mexicanos, colegas locales, marcas de algodón orgánico. De repente veo algo en tendencia y sí me da el “¡quiero ponerme eso!” pero ya me gana mucho más mi filosofía que mis ganas de consumir. 

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