Por Yobaín Vázquez Bailón

Ilustración: Luis Cruces Gómez

Aunque originalmente el Día Universal de Niños y Niñas se celebra el 20 de noviembre, en México se conmemora cada 30 de abril. Es un sector de la población, que como todos, se encuentra en diversas condiciones. De acuerdo con la Unicef, de los casi 40 millones de niños, niñas y adolescentes, más de la mitad se encuentran en situación de pobreza. Romantizar esta edad no nos ha servido de mucho para el avance del respeto a sus derechos. Yobaín Vázquez Bailón propone una trilogía de Niños en el Metro, que son tres estampas de niños, niñas y un adolescente en el metro de la Ciudad de México. Acá la primera:

Uvas_01

La mamá está sentada y en sus piernas detiene la cabeza de su hija. Tiene la mirada, como todos en ese vagón, fija en ninguna parte, para demostrar que no le importa la vida de los demás y no permite que a nadie le importe la suya. Pero yo la veo porque me enternece cómo le acaricia los cabellos a su hija. Tendrá siete años la criatura y duerme con el resto del cuerpo acomodado en el otro asiento. Con la otra mano, la madre agarra una bolsa con ciruelas, guayabas y un racimo de uvas.

Al vagón suben dos niños y una niña que venden chicles. Los tres llevan tierra en la ropa y en sus rostros suciedad y mocos. La niña tendrá siete años a lo mucho, como la otra niña que duerme. Las dos se parecen, pero a una le ha tocado una vida más deslucida. La niña que vende chicles está despeinada y tiene los ojos aborregados: le hace falta una mamá que la acompañe. Sin ningún chiste repite una cantaleta que seguramente ha repetido desde la mañana para promocionar sus chicles:

—Lleeeve sus chicles americanos, chicles de calidad. Cada paquete le viene con quince piezas. Lleeéveselo por diez pesos. Chicles sabor a menta…

Le ha faltado decir que la marca es Doublemint y que tiene la fecha de caducidad en el empaque. Esos datos siempre son importantes para los que compran en el Metro, dan la seguridad de que no los van a estafar. A pesar del esfuerzo de la niña, nadie le compra. Su forma de vender no convence a nadie o todos en ese vagón tienen el aliento impecable.

Así como la niña existen otros cientos, se les conoce como niños vagoneros. Estos menores son obligados a trabajar por organizaciones o por los mismos padres. Se sabe que a los niños no se les puede detener ni les pueden quitar la mercancía. Se les emplea con tanta irregularidad que no existen datos que digan el número exacto de los niños vagoneros. La Secretaría de Trabajo y Fomento al Empleo (STyFE) realizó un estudio sobre el trabajo infantil en el Metro, la población estudiada fue de 864 menores. Es lo más cercano a una cifra oficial.

Los otros dos niños tampoco vendieron sus chicles. Pero lejos de aguardar las próxima estación pegados a la puerta, se colocan en medio del pasillo. Uno de los niños empieza a hablar, pero es imposible prestarle atención con su voz tan baja. Solo puedo escuchar la contestación de la niña:

—Sí, señor. He viajado por todo el mundo.

En sus labios es una broma cruel porque es evidente que ha viajado mucho, pero nada más en el Metro. Intento escuchar lo que parece un sketch pobremente ensayado:

—¿Y usted ha visitado Francia? —le pregunta su compañero a la niña.

—Sí, señor.

—¿Y en francés cómo se dice camisa?

—Muy fácil: le camisié.

—¿Y pantalón?

—Le pantalonié.

—A ver, algo más difícil. ¿Cómo se dice: el coche mató al perro?

—Le pipí le mató le guaguá.

El espectáculo no solo es tristísimo, además da vergüenza ajena. La niña ha dicho todos sus diálogos con una indiferencia que no permite simpatizar con ella. La gente ve cómo se aferra a un tubo para tener más equilibrio, eso es quizá lo único digno de verse. La niña tiene sueño o está aburrida de ofrecer chicles y comedias que a nadie le importan, pero se resiste a caer.

Acabado el acto, los niños extienden las manos para ver qué les echan. Algunos les habrán dado un peso o dos, pero la mayoría, como yo, nada más los ve pasar. Les iría mejor si contaran que son huérfanos y necesitan dinero para sobrevivir. Es incomprensible por qué eligen representar una rutina cómica que no tiene gracia.

¿Cuánto puede ganar un niño en los vagones? Los ingresos oscilan entre los 100 y los 200 pesos en una jornada de seis a ocho horas. La mayoría de estos niños no estudia o lo hace irregularmente, según el STyFE comienzan a estudiar hasta los seis años (nunca atraviesan el preescolar) y abandonan la escuela entre los dieciséis y diecisiete años. Es por esto que los niños vagoneros son casi anónimos, por su precariedad y baja escolaridad. Su niñez queda desdibujada para incorporarlos rápidamente a las actividades económicas informales.

A veces no les resta nada de inocencia.

La niña se detiene con la mamá y su hija dormida. Se sienta frente a ella y le dice:

—¿Me da una fruta para comer?

No se lo pide de favor, la niña es monstruosamente directa y no demuestra algún signo de ternura para que se compadezca de ella. Quizá por eso la mamá se inclina hacia ella y le pregunta:

—¿Comiste algo en todo el día?

Qué importa eso cuando una niña desconocida le pide, casi le exige, que le dé una fruta. Es como si la compasión, la piedad o lo que sea, exigiera una demostración de sentimientos o una historia triste que justifique el acto de bondad.

La niña cabecea para responder que no. Debe ser falso como su rutina de comedia. A muchos otros les habrá pedido algo para comer. La mamá abre la bolsa de fruta y corta unas cuantas uvas del racimo. Se lo entrega a la niña observándola, tratando de encontrar sus ojos, a lo mejor esperando gratitud o que la niña se suelte a llorar. La madre ha bajado la guardia, le importa la vida de esa criatura. Le tiene lástima.

A pesar del esfuerzo por erradicar el trabajo infantil no se ha logrado avances. De acuerdo con el ensayo El trabajo informal de los vagoneros en el Metro de la Ciudad de México de Eloísa Ramírez y Gerardo Tunal, este problema no solo tiene un lado económico, también pesa las condiciones sociales. Enfatizan que “muchos trabajadores del sector informal crecieron bajo la experiencia de la informalidad laboral de sus familiares por lo que para algunos no existe el comercio ambulante como proyecto laboral sino como un proyecto de vida”. Posiblemente los niños vagoneros nunca saldrán del Metro para realizar otra actividad económica.

Apenas tiene las uvas, la niña se levanta y no da las gracias. Esquiva todo intento de conversación con la mamá y se aleja con el rostro impasible. Llega con los otros dos niños y comienza a comerse las uvas frente a ellos, sin convidarles. Los niños no dicen nada, están de acuerdo con esa falta de solidaridad. Seguramente ellos tampoco le hubieran compartido algo que se ganaron con la sencillez de pedir.

La mamá ve a los niños salir del vagón y luego, cuando los pierde de vista, mira fijamente su bolsa de fruta. El racimo de uvas quedó pelón de un costado. Alisa los cabellos de su hija que está dormida, pero no la mira, su vista queda clavada en las uvas que ya no están. Cuando las puertas del vagón se vuelven a abrir y entra un niño vendiendo barritas Marinela, la mamá esconde la bolsa de frutas en su chamarra y cierra los ojos para fingir que también está dormida.

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