Por Yobaín Vázquez Bailón

Fotos: Katia Rejón

Los devotos de la Santa Muerte ocuparon la mitad de una calle transitada. Ellos deben ser los más audaces en materia de fe, pues ponen toda su confianza en una entidad que puede arrebatar la vida en cualquier momento. En este caso, en un atropellamiento, pues quedaban a escasos centímetros de camiones, tráileres y motocicletas.

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Estaban reunidos frente a un altar sencillo con diversas imágenes de la Flaquita. Ni siquiera era una iglesia o capilla, sino un local de ropa con un pequeño anexo de tienda esotérica llamado “La Catrina”. Los feligreses se reunieron allí porque era el punto de salida para su procesión.

En vísperas de día de muertos iban a recorrer las calles desde el cementerio Xoclán hasta la colonia Mercedes Barrera. Con ello querían demostrar que su devoción está presente y es tan legítima como cualquier otra. Es ya su quinta procesión y parece natural, casi un designio, que en esta denominada Ciudad Blanca venga a asentarse con esplendor la Niña Blanca. En un descuido puede ser hasta la Santa Patrona de Mérida.

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El culto a la Santa Muerte es encabezado generalmente por mujeres. En el altar había tres que dirigían el rezo y sahumaban las imágenes. Es común ver en los rosarios o novenas católicas a mujeres rezanderas, pero aquí tenían un papel más activo, de mayor liderazgo, como si fueran sacerdotisas. No es que tuvieran alguna investidura especial, ni se hacían pasar por místicas; demostraban su religiosidad con un fervor inusitado y, cosa rara, con un simpatía contagiadora.

Se debe entender que este culto es una devoción sin filtros eclesiásticos. Podría decirse que es de las pocas religiosidades que manó del pueblo sin intercesión de líderes organizados en jerarquías. De ahí su poderío y convocatoria entre los más desprotegidos y marginados. No era difícil ver en esa procesión a mujeres transexuales rezando y siendo aceptadas por los demás, como sería imposible de ver en una procesión de gremios católicos.

Esto es porque protegerse con el manto de la Santa Muerte tiene implicaciones muy antiguas y populares. Se rigen bajo una sencilla premisa de inclusión, de saberse iguales ante un mismo destino. Lo expresa mejor una cita latina: Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas regumque turres. O sea, la pálida muerte visita igual las chozas de los pobres y las torres de los reyes. De nada sirve estatus o clase social en la tumba.

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En la Iglesia Católica y otras denominaciones cristianas hay una obsesión por decidir quién sí y quién no puede ser parte de esa comunidad religiosa. Separan a los virtuosos de los pecadores. La Santa Muerte no, abraza con sus huesitos a todo el que se le acerque. De ahí que le hayan creado la fama de ser una religión de criminales. ¿No fue considerado así el cristianismo en un principio? No buscaban a los piadosos y puritanos, sino a los más desfavorecidos.

¿Hay ladrones que le rinden culto a la Santa Muerte? Sí, pero también hay banqueros que le rinden culto a Jesús. ¿Hay prostitutas que adoran a la Niña Blanca? Sí, pero el que esté libre de putas que tire la primera piedra. ¿Y borrachos y drogadictos y fumadores? Hay de esos en cualquier lado, sólo hace falta asistir a cualquier fiesta patronal. La Santa Muerte no tiene empacho en recibir a homosexuales, lesbianas y transexuales. No los esconde ni los condena. La muerte no puede ser racista ni homofóbica porque su naturaleza no es discriminar. Debemos aprender tanto de ella.

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El ambiente de esa noche podía tornarse festivo y luego tomar un cariz más serio. Nunca decayó la animosidad de la gente. Lo que resaltaba de inmediato en esa congregación era el relajamiento de las normas. Una rezadora decía su oración o comentaba algo con el compañero de al lado mientras reían. Los rezos, por cierto, son sincréticos; una mezcla de Padre Nuestro y peticiones para alejar las envidias y luego un Avemaría y alabanzas a la Santa.

A nadie se le prohibió fumar (ni siquiera mota) o estar ahí en estado de ebriedad. Una de las rezadoras hizo un En Vivo de Facebook al mismo tiempo que pedía bendiciones a la Niña Blanca. Solicitaban amenes y chiflidos que incrementaban el júbilo. No se le reza así a ningún santo, con esas muestras tan efusivas que parecen de porra futbolera. Ya quisieran ver esta libertad en algún templo o sinagoga.20181031_211955

También hubo llanto cuando algún feligrés recordó la muerte de un ser querido, pero pronto fue consolado. La alegría siempre retornaba porque la vida es así, un ciclo que no se cierra con la muerte, sino que lo continúa. Esto hace pensar cómo será un funeral dentro de las creencias de la Santa Muerte. ¿Habrá duelo cuando un devoto está la fin en los brazos flacos de su Niña?

Hubo un momento en que pidieron que algún devoto dijera una anécdota en que la Santa Muerte lo hubiera ayudado. Fueron muy específicos al decir que fuera la anécdota más fuerte que pudieran contar. Era una invitación para dar testimonio del poder de la Flaquita. Casi se presentía la más morbosa de las historias dichas en un micrófono, algo que tuviera que ver con asesinatos o enfermedades mortales.

Quien alzó la mano y tuvo la voz contó que gracias a la Niña Blanca, la señora más bella que había conocido, le ayudó a mudarse a Mérida y encontrar un flete económico. En otras circunstancias, se hubieran escuchado los abucheos, ¿esa era la historia más fuerte que podía contar? Quizá no, pero eso demostraba que la influencia de la Santa Muerte no se limita a grandes y catastróficos eventos, sino también en la cotidianidad de los problemas mundanos.20181031_213619

La procesión inició sólo después de hacer las últimas oraciones y de que tocaron tambores y caracoles en son prehispánico. Era como si recordaran las raíces de la muerte en la cultura mexicana. Delante del contingente estaban los coheteros, pero también jóvenes escupe fuegos. Le siguieron los motociclistas y detrás de ellos los carros que portaban las imágenes de la Santa Muerte más grandes y hasta músicos de banda. Los peregrinos marcharon y ya no parecía que sus vidas corrían peligro en esa calle transitada. Siempre tienen la confianza de que todo va a salir bien con la ayuda de la Flaquita.

No había nada de aterrador en ese grupo de gente y no hubo un sacrificio de gallina, como se podría esperar. Ni son satánicos ni desmadrosos, son gente común con otra espiritualidad, no había nada por qué temer. Dan más miedo los evangélicos cuando se tiran al suelo y hablan lenguas, o los Testigos de Jehová cuando tocan a la puerta.

Los devotos de la Santa Muerte son todo ternura. La mayoría cargaba una imagen, las había doradas, negras o con los colores del arco iris. Abrazaban a sus imágenes como protegiéndolas del frío. La relación con su Santa es simbiótica, no sólo la muerte los ampara y los auxilia; a ella también la protegen, la mecen y resguardan. No por nada le llaman amorosamente la Niñita, la Chula. Es lo más valioso que tienen, que tenemos todos: la muerte.

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