domingo, octubre 17, 2021

Vengo a hablar con Abigael porque puedo

Por Yobaín Vázquez Bailón

Ilustración: Luis Cruces

Ay, Abigael, ¿qué mosca le picó a tu poesía? Leo y no paro de reír. Leo y me entran calores en el cuerpo. Leo y como que me indigno. Pero sobre todo, leerte es cambiar de piel, porque médulamente, / frumental, / incombusto, / me doy, clamo, me pueblo / me complico, me encumbro, me encolmeno. Ay, Abigael, horror debería darte ser tan buen poeta… muerto, pero al fin buen poeta. Lo digo porque sobre tus huesos bailaron las viejas generaciones. Pero si los académicos o los burócratas no te pelaron, nosotros te haremos un bonito homenaje. ¿Viste lo que se gana un buen poeta vivo? Que no te nombren y no te alaben. Mis compañeros y yo, Abigael, te lo juro, vamos a nombrarte hasta que se nos hinche el hocico. Te vamos a leer no porque seas homosexual e ignorado. Te alabamos porque bendito eres entre los jóvenes anti-canon.

Después de tu muerte, Abigael, podría decirse que la vida sigue así, sencillamente. Que en tu sepultura lloraron los pocos y enviaron flores los acomedidos. Y tachán, desapareciste en ese día de noviembre. Pero no podría decirse eso porque la vida es más complicada y retorcida. Yo no te lloré porque ni siquiera sabía de tu existencia. Ni siquiera ahora te pienso llorar, ¿para qué?, si ya me has sacado lágrimas con algunos de tus poemas. Abigael, ya estabas acostumbrado a estar aparte, siempre solo, terriblemente sin nadie. A lo que uno puede decir: pero qué soledad salada y sola la de este hombre. Lo dirán quienes no te conocen, los que no te leen. Yo, sin saber de ti, ya te acompañaba porque habría de leerte a mis veinticinco años. Habría de escuchar cerca de mi oreja tu voz chirriona, dulcemente amariconada, tú, el ruidoso de silencios.

¿Verdad que sí? Escribías para aquellos que vendríamos, no para los sordos y miopes de tu tiempo. Eras poeta porque, calentón al fin, podrías meterte a la cama de tus lectores. Y heme aquí que prendo la luz de una lámpara, dolido de la vida, con tus poemas en mis manos, y te revuelves en mis sábanas. Somos dos culebras trenzadas porque estamos / pecho a pecho, / testículo a testículo, / en la misma doliente madrugada. No estás solo, Abigael, tus palabras supieron esperar el porvenir de mi compañía.

¿Qué eras antes de ser poeta? Me imagino que eras tan pobre como los asnos. No me preguntes por qué pienso de esta manera, quizá para no entenderte como un gordo Paz, un dandy Fuentes o una princesa Poniatowska. Quiero creer que leías de prestado y no regocijándote en una biblioteca familiar más grande y voluminosa que cualquier biblioteca pública. Deseo con fervor que hayas sido inútil en los trabajos de campo (como una vez dijiste: de mi fracaso categórico como hombre para sembrar), inepto para usar herramientas y perplejo en el arte de hacer dinero. Tus manos sólo deben ser útiles, aptas y listas para escribir o acariciar, hacer masajes, rascar una espalda o pellizcar nalgas. Creo todo eso de ti porque en tus manos encomendaste tu poesía. Yo te veo marginal, en la pobreza del que no desea nada, y que dice: me acabo de existir a mediambre, / a mediagua, / a mediapenas. Esto es lo único que me importa de ti, que a duras penas exististe y tu trabajo de poeta fue muy generoso.

Ay, Abigael, ¿nunca te dio miedo hablar con tanta desfachatez? A los poetas no les gusta perder la solemnidad, y tu decididamente la perdías. Mientras Sabines le cantaba a las mujeres, tu abrías la boca para escupir amores con mancebos y lamentar la muerte de un perro. ¿Ves la diferencia? Unos van a sus guerras, / otros al corazón de los hoteles. Ese eras tú, Abigael, el que prefería una buena noche empiernado antes que una tarde con Monsiváis o José Emilio Pacheco. No creo que te haya encantado la putería, pero bien que sabías hablar de ella. Que canten otros del amor cursi. Tú, Abigael, nos dices y reflexionas sobre cómo fueron bien cumplidas las nalgas de aquestas culiandanzas. Tu lenguaje es del sexo juguetón, embriagador, viejo verde y risueño. Aparece una verga y ja, ja, ja. Es divertido ese mundo libertino, liberal, libertador. Es tan cachondo que uno queda seducido por tus palabras. El placer de tus versos quiere abarcar todo. Y de repente, el SIDA […] Qué palabra tan honda / que encoge el corazón, y nos lo aprieta. ¿Qué pasó, Abigael? ¿Por qué en un instante nos rompes la madre? Sé la respuesta: porque tú no cerraste los ojos, no ignoraste lo que pasaba y mucho menos cerraste la boca. ¿Cuántos poetas pueden decir lo mismo? No vaya siendo que les digan jotos y no vayan a ensuciar la honra de la poesía con temas escabrosos. Ay, Abigael, qué fuerte es tu palabra contra la suya y qué huevotes te cargabas para poner sobre la mesa tus preocupaciones, tus enojos y tristezas.

Mientras los infrarealistas se peleaban con medio mundo por estupideces, tú estabas en Milpa Alta con gente que tenía problemas verdaderos. ¿Por qué tú sí y otros no hablaban del marginado y del sidoso? Tengo en mis labios tu respuesta: porque si no lo digo / yo, / poeta de mi hora y de mi tiempo / se me vendría abajo el alma, de vergüenza, /por haberme callado. En México no existen poetas como tú. Muchos tienen el alma tirada al suelo como sus calzones.

Lo siento, Abigael, si he dicho cosas que falten a la verdad o si mis palabras son vulgares. No te conozco bien, o quisiera decir, no me entero de tus datos biográficos certeros o de esos chismes que luego cuentan de los escritores muertos. Lo único que he llegado a conocer de ti es por la poesía que te sobrevive y que es tu legítima viuda. De ahí en adelante me he puesto a imaginar para cubrir un recuerdo que no tengo. Para mi no eres un hombre de carne y hueso, todos quieren hacer eso hoy en día. No, para mi tú eres un hombre de letras y no admito que digan de tu olor de borrachín o que mostrabas una piel curtida.

Ay, Abigael, ayayay, ¿qué lugar ocuparás en un futuro? Ojalá te eleven a canon sólo por joder. Quiera Dios que te publique el Fondo de Cultura Económica nomás para que sepas lo que se siente ser embodegado y poco leído no por falta de difusión, sino por falta de lectores. Espero, de todo corazón, que conmemoren tus cien años de muerto con el único fin de que lo marginal se vuelva centro. Y ya agarrando vuelo, pues que estampen tus poemas homoeróticos en los libros de texto gratuito, a ver qué dicen los del Frente Nacional por la Familia. Qué divertida te ibas a dar en el más allá, Abigael, y con qué gusto compartiría contigo las carcajadas. Mi única certeza es tu larga vida entre nosotros, porque por más que te trataron de silenciar o por mucho que te ignoraron, tu poesía es más vigorosa. Hoy no estás aquí, Abigael, con tu figura femenil, de hombre sarcástico deshecho en polvo sonorense,

pero hablas. / HABLAS Y ES EL POEMA.

Referencias de poemas por orden de aparición.

1 Merced.

2 Envío.

3 Las canciones por Alexis.

4 Noche Noche.

5 Acta de confirmación.

6 Noche Noche.

7 Noche Noche.

8 Noche Noche.

9 Mural.

10 Aquí se dice de cómo según natura algunos hombres han compaña amorosa con otros hombres.

11 Desazón.

12 Duelo.

13 Las canciones por Alexis.

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