sábado, mayo 15, 2021

Una frontera hacia dentro: El Milagro de El Roble

Por Rodrigo Del Río y Zandra Pruneda
Miranfú: niñxs, talleres y cuentos

Ilustración: Luis Cruces Gómez

En marzo de este año visitamos un asentamiento urbano emergente situado hacia el sur de la periferia de la ciudad de Mérida, llamado por sus propios colonos: “El Roble Unión”, en donde realizamos un taller de escritura creativa con niñas y niños. Durante las sesiones inventaron palabras, compusieron canciones, hicimos música e intercambiamos historias. En el taller también hablamos sobre palabras poderosas como pensamiento, expresión y participación. Fue una experiencia enriquecedora.

 

Para entender a El Roble es necesario hablar de su contexto. Este asentamiento se originó a principios de 2020, apenas unos meses antes de que la contingencia sanitaria por Covid-19 frenara las actividades económicas y modificara drásticamente la vida cotidiana. De acuerdo al censo realizado por Apoyo Mutuo Mérida, aproximadamente la mitad de los pobladores del Roble se han desplazado desde otras colonias de la ciudad de Mérida, mientras que la otra mitad son migrantes de municipios del interior de Yucatán y de otros estados de la República.

Las 230 familias de El Roble habitan viviendas que en su mayoría están hechas con materiales efímeros y reciclados. El acceso a los servicios básicos es igualmente precario, no existen contratos por servicios de agua o de luz, mucho menos de internet fijo. La comunidad ha resuelto el acceso a estos servicios mediante la intervención de línea directa al poste de luz y la excavación de tres pozos de agua que alimentan las once manzanas. Asimismo, la cocina comunitaria es gestionada mediante apoyos externos (Apoyo Mutuo Mérida) , pero organizada por mujeres de su comunidad.

El taller lo realizamos en la entrada de la cocina comunitaria, junto a la mata de albahaca, con banquitos y huacales, una mesa de plástico como superficie, libretas, lápices y colores. Ahí cada quien escribió tres palabras que fueran significativas para ellos y les gustaran mucho. Daniel, Kimberly, Lupita, Fátima, Jade y Jonathan nos compartieron sus palabras mágicas: dinosaurio, espacio, luna, familia, playa, arcoíris, corazón, estrella, mamá, hermano, gata, Chiapas, ciencia y jugar.

El lugar en donde está la cocina también es la casa en donde vive Jonathan, uno de los niños que participó en el taller, y quien en algún momento nos relató sobre el camino que lo trajo a él y a su familia desde Chiapas y de cuánto extrañaba subirse a los árboles y a sus amigos de verdad.

En una de las sesiones musicales del taller, acompañado de una guitarra, Jonathan improvisó más de una canción. En una de sus canciones, relató la historia fundacional de este lugar en el que vive. La canción comienza así:

Había una vez un niño, un niño muy normal
que una vez a sus padres les avisaron que había una invasión
y sus padres del niño se vinieron a hacer sus casitas.
primero empezaron chapeando.
Empezaron, empezaron, empezaron y quemaron (bis).
Hicieron sus casitas de lona,
pero la lona nomás servía para protegerse del sol
mientras los otros chapeaban.
mientras los otros quemaban.
Y así se fue avanzando la colonia que ahora se llama
el Milagro de El Roble

Es valiosa la perspectiva desde donde está narrada la canción, que además de ser sobre la fundación de una colonia emergente, es una historia autobiográfica. Está articulada por la misma voz de quien la canta, la de “un niño muy normal”, a cuya familia le sucede algo extraordinario: la invitación a “una invasión” que se materializa en “el milagro de El Roble”.

Las personas de El Roble se refieren a su ocupación como “invasión”. Si bien existe una transgresión legal, puede resultar inquietante escuchar que alguien llame a su hogar de esta manera o que se reconozca a sí mismo como invasor. Se debe tomar en cuenta que la ocupación de terrenos y el levantamiento de las casas forma parte de un panorama más grande de migración forzada, que involucra al Estado y a su incapacidad para prevenir la falta de un techo y facilitar la vivienda digna, como los pactos internacionales establecen en la Convención de los Derechos del Niño.

En voz de las personas que conocimos, al pronunciar la palabra invasión, perciben una valoración positiva hacia su propio esfuerzo, a la cooperación y al arrojo en busca de un patrimonio. O como para Jonathan, algo digno de ser cantado con entusiasmo. En la segunda parte de su canción, muestra una dimensión cultural con la que es fácil identificarse: la existencia de historias fantásticas asociadas a características geográficas del lugar.


Y hay una leyenda que dice que hay una aguada,
que en medio de la aguada
ahí se llama el ojo del diablo.
Y en medio de la aguada dicen que hay una culebra muy grande.
Una culebra muy grande,
que los que entraban a su cueva nadie ha salido.
Pero ha habido algunos que lograron salir.
Que ahora esa culebra no sale,
sólo mata a las personas que la van a molestar a su cueva.
Y ahora hay pescado en la aguada,
la aguada es más grande.
Las personas que viven cerca de ahí
ahora se van a bañar allá,
y a pescar con mojarras, pescados, sardinas y todo.

En el Roble hay una aguada a la que van niñas y niños. La aguada es un lugar del que se sienten muy orgullosos de mostrar y de contar sus anécdotas de hallazgos o avistamientos, como el de la culebra que vive en la aguada, que recuerda al mito de la Tzukán, o serpiente protectora de cenotes, presente en toda la zona peninsular.

Durante los días de convivencia fuimos testigos de la participación que niñas y niños tienen en su comunidad, ayudando directamente con el constante trabajo que las condiciones físicas del asentamiento requiere: mover piedras, ir por agua, deshierbar; o siendo parte de las actividades económicas a las que se dedican sus familias. Para una de las niñas, participar en todas las sesiones del taller representaba un dilema, pues significaba no poder acompañar a una de sus familiares en la venta informal con la que se mantienen.

En los días que estuvimos ahí, un cerro de huacales de madera se encontraban apilados fuera de la entrada de la cocina comunitaria, listos para ser reciclados. Doña Martha los estaba restaurando y pintando de diferentes colores para sembrar ahí hierbas, hortalizas, o darles alguna otra utilidad. En esta comunidad, hay mucho trabajo por hacer y se observa mucha participación en sus habitantes de todas las edades.

En la última parte de su canción, Jonathan muestra el constante avanzar de la invasión, para la que es importante el acceso de luz eléctrica, y culmina con el nombre del comedor comunitario.

Y seguimos con la invasión,
avanzando sus casitas,
primero de día y de noche no había luz.
Y la familia del niño, ellos se empezaron a quedar,
cuando ya estaba puesto con colchas.
Estaba puesto con colchas, y para la luz necesitaban velas
y después hubo luz, pero de noche…
Y después hubo luz de noche, de día y de tarde
Y así se fue avanzando,
hasta hicieron un comedor,
se llama comedor comunitario
el nuevo Milagro de El Roble

El Roble es un testimonio de resiliencia en condiciones múltiples de marginación social, económica y geográfica. Su supervivencia como asentamiento depende de sus propios esfuerzos, así como de acciones voluntarias de la sociedad civil, del clima político del momento, de las políticas públicas, de la ley e incluso la suerte.

Por eso es importante traspasar las fronteras que vulneran los derechos de las infancias: fortaleciendo los procesos de participación para que niñas y niños tengan la seguridad de ser parte de un colectivo con la agencia de intervenir directamente sobre su espacio vital y se reconozcan con la capacidad de poner palabras a su realidad. Esto permite que las infancias sean autores de su historia, para cantarla, dibujarla, escribirla, reflexionarla, pero también transformarla.

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