sábado, mayo 15, 2021

Teatro para bebés, la primera infancia y su derecho a la cultura

Por Andrea Fajardo

Ilustración: Elo Casanova

“Todxs lxs niñxs tienen derecho, como ciudadanxs a disfrutar del arte y la cultura de su comunidad. Tienen derecho a producciones artísticas de calidad, creadas especialmente para ellxs de acuerdo a su edad”. Con esta frase inicia el Manifiesto: ¿Por qué y para qué hacemos teatro para los primeros años? de Vincular. Red Latinoamericana de Creación Escénica Para Los Primeros Años; agrupación de colectivos y artistas escénicos que comparten el interés por la creación de propuestas artísticas significativas para niñas y niños en la primera etapa de su vida, entre 0 y 3 años de edad.

En la ilustración vemos a un bebé sentado en medio de un espacio azul, aparentemente un escenario por los marcos blancos que simulan ser el telón alrededor de la imagen. Tiene el cabello cortado como un coquito y chapas cafés. Del techo caen tres nubes que a su vez tienen colgando listones de colores que parecen ser lluvia. El bebé juega con la de en medio, sostiene los listones con ambas manos.

 

Pero ¿qué es, o con qué se come, esto del teatro para la primera infancia? ¿Cómo lo hacen? ¿Es estimulación temprana? ¿Es un taller para bebés? Estas son algunas de las preguntas que surgen entre madres, padres y público general cuando escuchan la combinación de las palabras “teatro” y “bebés”, según Michelle Guerra: creadora escénica y directora de la compañía Teatro en Espiral (Baja California), a quien tuve la oportunidad de entrevistar junto a José Agüero y Adrián Hernández de la compañía Teatro al Vacío (CMDX).

Ambos grupos se dedican al teatro para la primera infancia desde 2005 y 2007 respectivamente. Son miembros fundadores de la red Vincular y sostienen que la creación artística para públicos específicos es de vital importancia en un tiempo en el que la cultura se ha vuelto un producto de consumo masivo, y en un mundo que es habitado por las niñas y niños pero que no se adapta a sus necesidades, procesos y experiencias.

—A mí me gusta pensar el teatro para la primera infancia en términos del teatro para públicos específicos. En el sentido de que es un teatro que piensa en un público con unas características y unos intereses que tienen que ver con un momento de su vida, comenta Adrián.

A lo que Michelle complementa diciendo:

—Yo agregaría que de lo que técnicamente conocemos como teatro no hay gran ajuste. Es decir, es un espacio donde alguien ve y hay algo que ver. Solo que el que ve tiene unas habilidades y herramientas distintas o está en otro momento del desarrollo, que requiere que todo se ajuste a eso. No podemos ponerlos en las butacas porque necesitan ver más de cerca para que la atención se concentre. Debe haber otro protocolo para darles la bienvenida. Las mamás por lo general vienen con la carriola, la pañalera, todo lo que necesita un niño… y debemos ser conscientes en el teatro, en el edificio, en la introducción del público al escenario, que todo eso tiene que ser considerado.

Al hablar de Teatro al vacío y su acercamiento a la creación para la primera infancia, José Agüero cuenta que cuando decidieron hacer la compañía tenían muy claro que querían trabajar para niñas y niños, así como hacerlo desde un lenguaje que no fuera precisamente la palabra:

—En esa búsqueda vimos que había una etapa de la vida de les niñes donde este lenguaje que prima por el lenguaje hablado, es el lenguaje del cuerpo. Entonces empezamos a trabajar, primero para niñes de 3 a 6, en edad de preescolar. Haciendo esa experiencia descubrimos, porque dábamos funciones en guarderías, que había niñes más pequeñes que estaban ahí y que eran espectadores también. Entonces nos preguntamos cómo sería generar una experiencia artística significativa pensando en eses niñes más pequeñes, de 0 a 3 años.

Pensando en los recursos poéticos y estéticos que explora el teatro para la primera infancia, ambas compañías coinciden en que no existe gran diferencia con el teatro convencional. Sin embargo, se han enfocado en la creación de estímulos y atmósferas específicas a través del lenguaje corporal, el sonido, la iluminación y el espacio escénico. Recursos que les permiten dialogar con la primera infancia desde la horizontalidad y el reconocimiento de su experiencia particular, a partir del respeto y la sensibilidad que esto conlleva.

—Creo que algo muy importante es que el teatro nos habla de cómo vivimos. A mí, a esta edad me interesan ciertos temas porque tienen que ver con mi experiencia de vida y con lo que estoy pasando aquí y ahora. Los bebés también tienen esa experiencia de vida, pero no está relacionada a cuestiones ético-morales. Entonces yo lo que busco son elementos y cosas que tengan que ver con el cotidiano de un niño pequeño y que a veces están en las cosas más sencillas. Busco empujar ese elemento y que se desarrolle, que tenga accidentes y me deje jugar con él para poder desarrollar una secuencia. Por ejemplo, en Con-templar me propuse el clima porque es algo que todos los días está, ¿no? En los ojos, en la sensación, en los sonidos… y que un niño lo puede relacionar. No lo puede enunciar tal vez, pero lo ve todo el tiempo. Y bueno, el conflicto, para los que quieren que esto sea aristotélico, para mí está cuando las cosas desaparecen. Ahí sucede algo que los niños están a la expectativa. Todo el tiempo hay algo que está cambiando y para ellos eso es un conflicto, solo que no es ético-moral, es cognitivo, explica Michelle.

Por su parte, José cuenta que para ellos ha sido muy importante la escucha y la observación. Ver todo aquello que les sucede a los bebés en su vida cotidiana también ha sido un material para la creación de estas experiencias:

—Hay una parte de la primera infancia que no habla, entonces no nos pueden devolver con sus palabras lo que les está sucediendo. Pero si los miramos, si somos capaces de verlos a los ojos, de ver cómo se mueven, cómo se paran, cómo juegan con los objetos, nos damos cuenta de que algo está sucediendo en esa experiencia. Hay una cuestión muy interesante que tiene que ver con la curiosidad y el asombro, y por ahí nuestras propuestas siempre están investigando.

Hablar de teatro para los primeros años es hablar de los derechos culturales y ciudadanos que se concentran en este grupo de personas, y que no siempre forman parte de las agendas políticas o institucionales. Para la compañía Teatro al vacío todas las personas somos sujetas de derecho desde el momento en que nacemos. José menciona que trabajar desde el arte para las infancias implica tomar una postura política que intente romper la idea de que el adulto es la persona formada, completa y realizada en el entramado social, dejando en el margen a todo aquel que no entre en dicha categoría, ya sean niñas, niños, adolescentes o adultos mayores.

—Es reconocer a las primeras infancias como seres humanos completos y complejos que están viviendo ese momento de la vida, que es diferente al de los adultos pero que tienen esos mismos derechos.

Los tres comparten la postura de que en el ejercicio y reconocimiento de esos derechos, el teatro para los primeros años no tiene una propuesta evolucionista con respecto a la infancia:

Trabajamos para elles ahora, en este tiempo en el que están, en estos 0 a 3 años o 3 a 6 años. No estamos pensando que con esto nosotros estamos creando el público del futuro o empujando a un ser humano que va a venir a salvar a esta humanidad que está perdida (risas). Implica una visión hacia la primera infancia, que muchas veces no está vista así ni por los organismos institucionales que trabajan para la primera infancia. Se hace mucho hincapié en esto de que hay que estimularles, hay que ponerles a hacer, porque necesitamos en el futuro ciudadanos productivos, creativos… y no es así porque eso lo que hace es no respetar ni su tiempo, ni su espacio, ni sus necesidades en ese momento.

Para Michelle esta postura también consiste en legitimar ante la comunidad esos derechos. Porque sí, puede que existan en un nivel institucional, en acuerdos internacionales, cartas y leyes; pero en todo lo que tiene que ver con lo concreto, con los espacios públicos, con el lenguaje y la comunicación, la programación y la oferta cultural, todavía hay mucho por hacer para generar un equilibrio con el contenido que se genera y se enfoca hacia el público adulto:

—El concepto de público tiene que ser revisado muchas veces. Un teatro, que es un espacio público, tiene restricciones para edades. A veces no se procuran estos espacios pensando en que los niños también los habitan.

Al preguntarles sobre la experiencia de difusión y creación de audiencias, así como la participación de las instituciones y espacios culturales, las convocatorias o la creación de políticas públicas, Michelle comenta que en un principio era difícil introducir la propuesta con las familias. La idea de sentarse en un espacio con sus hijos en las piernas y que ellos sean los principales espectadores parecía imposible, teniendo en cuenta que muchas de estas dudas provienen de un imaginario colectivo que existe alrededor de la infancia. La idea preestablecida de que “los niños no entienden”, ha generado en las familias preguntas como: ¿qué es lo que van a hacer?, ¿qué es lo que aprenden?, ¿qué hacen con ellos ahí?

—Con las instituciones, un poco difícil. En los festivales sobre todo, porque no conciben la idea de que los niños “acaparen” un espacio en una programación como un festival, y que solamente puedan meter a 60 personas. Tienes que decir: son los 30 bebés y los 30 papás, son 60 espacios. Volvemos a lo mismo, lo que en la cabeza de cada persona está es que un niño pequeño no cuenta, no cuenta su espacio en un lugar. Sin embargo, hay espectáculos para adultos que sí pueden meter 40 personas, tienen tres días de montaje y no pasa nada.

Ha sido la respuesta de las familias ante la experiencia lo que los ha sostenido. Cuentan que ya existe una comunidad de espectadores que esperan las funciones, pues se ha vuelto un espacio para compartir con sus hijos, que no tienen en otra parte fuera del ámbito privado.

Al respecto, Adrián comenta:

—Es como si la gente hubiera estado esperando deseosa esa posibilidad y ahora que la tienen no la dejan ir. Nos han comentado que se han sentido discriminados en otros espacios, que no son bien recibidos y bien vistos en todos los lugares sociales, por si el niño o la niña llora o por si tienen que cambiarle el pañal.

En noviembre de 2019 tuve la oportunidad de ver la obra “Pulsar” de Teatro al vacío, en el marco de la 40° Muestra Nacional de Teatro en Colima. El público sentado alrededor de un linóleo blanco, en escena dos actores y tablitas de madera de distintos tamaños apiladas en el centro. Al borde del linóleo los bebés con sus madres y padres.

Durante casi 30 minutos, los actores juegan con las tablas de madera creando pequeños paisajes y espacios con los que desarrollan secuencias de movimiento mientras intercambian miradas con los bebés, nunca hablan. Paulatinamente y hacia el final de la obra, construyen pequeños caminos con las tablas hacia el público, haciendo la invitación a los bebés para entrar a escena y participar del espectáculo.

La experiencia fue indescriptible. Lo sigue siendo un año después y me atrevo a decir que cambió de manera profunda mi forma de entender la teatralidad, y el intercambio que sucede entre los artistas y los públicos a los que nos dirigimos. Lo cierto es que en algún momento de la obra, quién sabe cómo y por qué, más de la mitad del público adulto estábamos llorando y sonriendo al mismo tiempo, especialmente tras la entrada de los bebés al escenario.

Sin ánimos de dar protagonismo a la experiencia de los adultos, me permití preguntarle a Michelle, José y Adrián sobre esa sensación que se presenta en nosotros al observar no solo la obra, sino también lo que sucede con los bebés, y que resulta difícil de nombrar o articular en palabras.

Por su parte, Michelle lo atribuye a que uno de los principales objetivos del teatro para la primera infancia es hacer que la experiencia sea placentera para todas las personas que estén allí. Para Adrián es importante mencionar que también puede deberse a una conexión que se da entre todos los espectadores, ya que la primera infancia es un momento de vida que algunos allí están cruzando y que todos los demás ya vivimos, pero el hecho de verlo y presenciarlo puede llevarnos de regreso a esa etapa de primeras impresiones, de asombro y juego.

Sin duda, creo que hay experiencias, vivencias, percepciones que se manifiestan en el teatro para la primera infancia y que pertenecen a lo esencial del ser humano. Hay algo de eso que nos encuentra de manera espontánea y genuina, y que no siempre podemos racionalizar. Cuando yo vi “Pulsar”, sentí que al menos por treinta minutos todos allí éramos iguales y, aunque suene cursi, parecía que en ese encuentro de miradas era posible hacer una pausa del mundo caótico, acelerado y feroz que nos esperaba afuera del teatro.

En un ejercicio posterior de reflexión sobre mi trabajo como artista escénica, me ha permitido reafirmar ciertas intuiciones sobre la necesidad de pensar en un teatro que reivindique la ternura y el cuidado, que defienda la cultura como algo que nos pertenece a todas las personas, algo que todas y todos creamos, incluso en ese momento en el que estamos aprendiendo a dar nuestros primeros pasos.

 

 

 

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