miércoles, abril 1, 2020

Si yo fuera un tumor: el error de nacer para escribir

Por Yobaín Vázquez Bailón

Los escritores nacieron exclusivamente para que algún mamífero, creyéndose entrevistador, pregunte la más original de las interrogaciones: ¿por qué escribes? Sin embargo, después de largos años de continuada evolución en el oficio de escribir, y de ser repetida esa misma pregunta hasta el cansancio, nunca se llega a una respuesta sincera. Todo lo que se desprende son frases resueltamente mamonas.

Habrá quien diga escribir porque no le quedó de otra, lo cual es cierto, pero en ese caso, hay miles de personas que por no quedarle de otra se dedican a robar o se convierten en djs. Otros dicen que escriben para expresar lo que no pueden decir de otra forma, lo cual tampoco explica nada. Los insufribles escriben porque les duele algo, generalmente el alma; pero si a esas vamos, todos tenemos terminaciones nerviosas y a todos nos duele algo, incluida el alma, y no por eso todos se sientan a escribir.

¿Entonces por qué escriben los que escriben?

La pregunta es necia porque proviene de una idea rancia: la de pensar al escritor como un ente tocado por los dioses. Hay que darle un poco de crédito a esta idea, porque una persona dedicada a escribir y a no realizar cualquier otra actividad “productiva”, es algo raro, una anomalía. De allí que no le preguntan a un bombero, ¿por qué eres un bombero? Se entiende que es un trabajo honrado y resuelve la sobrevivencia de quien lo ejerce.

Lo cierto es que no hay nada que haga diferente el oficio del escritor al de un bombero. Intervienen los mismos elementos para dedicarse a estos trabajos: vocación, habilidades, empeño y, hasta cierto punto, suerte. Nadie puede decir con exactitud por qué escribe o por qué combate fuegos. Lo mismo aplica para la más mexicana de las preguntas: ¿por qué no van y le preguntan a la más vieja de su casa por qué es la más vieja de su casa? Es porque la respuesta nunca será satisfactoria. Se es bombero y ya. Se es escritor y punto.

Veámoslo así: si yo fuera un tumor, pero no uno cualquiera, sino uno grande, de esos que tienen su propio cerebro y saben pensar, no me preguntaría por qué diablos soy un tumor. Llegaría a la conclusión de que yo no lo decidí, sino que broté por algún error. Eso es similar al escritor o escritora, es una falla en la cadena de genes que de pronto brota con ganas de escribir y ya está, escribe. Pero no vayan a creer que esto es así de sencillo. Ese error natural debe perfeccionarse con mucha técnica y disciplina, o de lo contrario sólo será una falla orgánica que merezca ser extirpada.

La pregunta no es, ¿por qué escribes?
La pregunta es, ¿por qué perfeccionas ese error llamado escritura?

Esto rompe con la noción de que se escribe por hálito divino y que los escritores no saben por qué se dedican a ello o por qué ha sido elegido. Pero también pone en aprietos, porque quien escribe ya no puede seguir idealizándose y responder vaguedades. Debe contestar con la verdad: decidí perfeccionar mi escritura porque nadie puede ni quiere contar lo que yo quiero. O menos rebuscado: escribo porque los demás escriben feo. ¿Ven hasta qué punto escribir es un acto vanidoso y pedante?

También se puede decir: decidí perfeccionar mi escritura para ampliar el horizonte del lenguaje. Quizá: decidí perfeccionar mi escritura porque necesito conectarme con las otras personas y esta es la única forma de hacerlo de forma perdurable. Aquí yo alzo la mano y digo que es cierto. Me caen mejor los libros que las personas, convivo más con las letras que con mi familia, estimo más a un autor (de preferencia fallecido) que a mis amigos. La gente escribe para mantener una conversación a larga distancia y de preferencia, sin compromisos sentimentales.

Quizá todo está en no pensar demasiado la respuesta. El azoro de escribir es eso, azoro. No debe tomarse con demasiada seriedad porque en realidad a muy poca gente le importa. ¿Qué gano con saber por qué escribe Coelho? Todos podemos hacernos una idea, escribe porque es un sinvergüenza. No quiero que me dé más detalles.

Un amigo puso en un pintarrón:
¿Por qué escribo?
Porque valgo verga.
¿Para qué escribir?
Para no valer tantota verga.

Subió la foto a Instagram y alguien le siguió el juego:
¿Para qué escribo?
Para valer verga con estilo.
Para dejar constancia de que valgo verga.

Son las respuestas más válidas que he podido encontrar y no por su sinceridad, sino porque muestran que escribir está más cercano a una necesidad patológica de subsistir por la escritura y para la escritura, que a un llamado divino o una condición de privilegiados.

Digo todo esto para hacer una confesión narcisista. Una vez le pedí a mi padre que me contara un cuento, petición bastante razonable para un niño de diez años. Mi padre reviró y preguntó por qué no le contaba yo un cuento a él, petición bastante no razonable para un señor de cuarenta y tantos. Le contesté que los padres eran quienes les cuentan cuentos a sus hijos y no al revés. Me dijo que él pensaba lo mismo, pero que yo, cuando era más niño, me gustaba contarle cuentos de todo lo que percibía a mi alrededor. Que una vez vi una mosca y desarrollé un historia.

O bien mi padre se estaba zafando de contarme un cuento o me estaba revelando una habilidad que no recordaba tener. Obviamente no decidí que escribiría desde ese momento, pero una angustia me fue llevando a ese destino. Quería ser capaz, como cuando era más niño, de contar la historia de todos, incluidas las moscas.

Tampoco lo supe entonces, pero mis ganas de escribir brotaron como un error. Lo que me resta es perfeccionarlo. De ese modo, cuando algún mamífero creyéndose entrevistador me pregunte: ¿por qué escribes?, yo podré seguir el juego de mi amigo y contestar: porque soy bien vergas.

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