domingo, septiembre 26, 2021

Re-evolución de género

Giovana Jaspersen

Avery Jackson es una niña de ojos firmes, labios gruesos y cabello rosado. Segura y valiente, en ella vemos la fuerza que da el saber lo que se es. A pesar de haber nacido con genitales masculinos, según dice, se supo niña desde los cuatro. Su imagen se volvió un ícono: fue la portada de la primera emisión de 2017 de National Geographic y, como pólvora, su historia estalló desde diferentes puntos del planeta.

 

Frente a la noticia, los voceros del odio, si bien no enmudecieron, parece que estuvieron contrariados por un momento. Probablemente el rostro infantil amainó las denuncias de los custodios de la “normalidad”; entre tartamudeos y titubeos, se citó a la familia -y sexualidad- “tradicional”, construida y aceptada, reaccionando desde el asombro. Y es que ¿qué pueden decir frente a la energética niña que en YouTube nos cuenta lo mucho que le gusta trepar árboles y utilizar disfraces? ¿Cuál puede ser el yugo de “verdad” desde la moral? ¿Avery, sería una depravada, una enferma?

Finalmente se encontró un camino previsible: los padres. A ellos se responsabilizó de “la semilla del mal” que en ella germinó. Como suele ser, la lectura de las reacciones y apuntes fueron tan reveladoras como preocupantes. Por poner ejemplos, se lee: “Y entonces, si quiere ser ladrona de bancos o caníbal, los padres lo permitirían”. O cuestionamientos de profundidad meritoria como: “Y si se cree patata le van a permitir plantarse en el jardín”. Dejando de lado la comparativa vegetal -pues no hay palabras-, hay que decir que Avery es “sólo” mujer.

Ella sólo se percibe tan mujer como la persona que preguntó en redes cómo los padres permitieron que fuera el rostro de la perversión global. Sí, “perversión global” la llamaron. Tal parece que en determinados escenarios de legitimación así puede ser llamada la libertad de elegir lo que se quiera ser, o de escuchar lo que se es.

Así fue en 2017, y lo es ahora, cuando el fenómeno en temas de género ha crecido y traído a la mesa nuevas discusiones en este 31M que busca visibilizar sus rostros e historias. Ojalá, que éstas nos alcanzaran ya en el 2021 para acercarnos a otros mundos y con ello lograr que la esperanza de vida de una persona transgénero en Latinoamérica deje de ser de 35 años; o para que nunca más tengamos que iniciar el año sabiendo que nuestro país es el segundo lugar a nivel mundial en agresiones contra mujeres trans; o que en los últimos seis años la cifra de asesinatos transfobos es 10 veces mayor.

Ojalá, al adentrarnos un poco en su mundo pudiéramos aprender que el juicio no es camino y que en la responsabilidad de actos y palabras reside la libertad de ser todo aquello que imaginemos.

Sumando a todo lo que nos pueda enseñar la historia de Avery acerca de un mundo que es para muchos desconocido, no hay que dejar de lado que la frase que acompañó su fotografía en la portada dejaba ya ver que aprendió a ser mujer con pasos largos; o, bien, que “solo” fue.

A los nueve, afirmó que la mejor cosa de ser chica es ya no tener que pretender ser un chico (The best thing about being a girl is, now I don’t have to pretend to be a boy). Y si vamos un poco más allá en esa idea, cabe subrayar que es una deducción a la que a muchas nos ha costado años llegar desde otras realidades. Las mismas en las que el camino hacia una supuesta equidad de género, estuvo permeado por el simulacro de un mundo de constructo masculino.

Y más allá del desconocimiento o las preguntas que puedan surgirnos, en cuanto a la decisión de Avery o cualquier otra persona y su género; hoy, creo que muchas mujeres coincidimos en que lo mejor de ser mujer es ya no tener que fingir ser un chico, y así, también poder ser.

Al final, nuestras luchas nunca son tan distintas. Va por ellas, va por tod@s.

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