martes, octubre 26, 2021

¿Qué pasó con Traficante de Letras?

Traficante de letras era una mesa itinerante de intercambio de libros que se instalaba en lugares públicos o inusuales para la lectura como bares o conciertos. También regalaban libros Libros Libres y organizaron actividades entre colectivos y algunas dinámicas como el Trocadero, un espacio de intercambio dentro de cafés o centros culturales.

 Rulo, Valentina y Carlos fueron parte del colectivo durante tres años causando un impacto notorio en diferentes sectores de la sociedad: desde los más chavos que se sentían a gusto en los bazares viendo títulos tan buenos que podían cambiar por otro que ya tenían, hasta los más grandes que se impresionaban por la efectividad de una propuesta tan sencilla: dejas uno, te llevas otro. También era evidente todo lo que encerraba el concepto de compartir, y por qué no, de libertad.

Traficante de letras llegó a tener más de 3 mil libros y a participar en más de 100 eventos sólo en los primeros dos años. Sin embargo, durante los últimos meses, sus participaciones fueron menos frecuentes hasta que se les perdió de vista por completo. Después de un tiempo de silencio, muchos nos preguntamos ¿qué pasó con Traficante de letras? ¿y con los Trocaderos? ¿y sobre todo: dónde están todos esos libros marcados con el sello de un hombre que se va con dos maletas cargadas de alfabetos?

Rulo, uno de los fundadores de este proyecto, también participa en ECOS (Encuentro de Colectivos Sociales), y Culturas Libres al Parque, un evento bimestral que se realiza en el parque de Santiago; es ingeniero de audio en el proyecto escénico De la hoja al vuelo, escribe en un grupo que se llama Café con letras; también labora en IEPA A.C., donde  trata de impulsar proyectos artísticos para trabajo comunitario; Y en Crear Para Transformar, una plataforma de proyectos artísticos y culturales cuyo enfoque es la transformación social, específicamente en el “Proyecto cuerpo” que busca articular diferentes artes y artistas para trabajar de manera colectiva, además a través de la plataforma se realizan eventos de música, y colabora con Memo Alonso y Valentina. “Sólo me hace falta vender cochinita los domingos”, dice en la entrevista.

-Me gustaría que me platicaras un poco del balance del  proyecto durante los tres años que estuvieron activos, y por qué decidieron no continuar. 

-Creo que en retrospectiva fue un muy buen momento para concluir un ciclo, aunque no estoy tan seguro que sea el tiempo suficiente y creo que aquí me voy a detener. Me parece que hay proyectos -artísticos o culturales- en la ciudad que necesitan tener un impacto de mayor envergadura en tiempo para la experiencia de los colectivos y proyectos artísticos. Acá 3 años la neta ya parecía ser que teníamos algo de tiempo, porque ya ves como van y vienen los proyectos en 6 meses o un año, y creo que los proyectos de “jóvenes” al menos en nuestra latitud, carecen de profundidad temporal, lo cual no los hace menos ni más, pero creo que limitan las posibilidades de transferencia de conocimiento y compartir aprendizajes. Por todo esto, no me siento tan a gusto con haber concluido el proceso.

Pero la verdad es que emocional y físicamente sí fue una chinga (¡en los primeros 2 años tuvimos 100 eventos en 104 semanas!), hubo algunas desavenencias en el proyecto por el tiempo dedicado y la toma de decisiones. Valentina y yo queríamos seguir trabajando y pues por eso seguimos, pero con Carlos como que ya no conectábamos tan bien, y él ya andaba en sus propios proyectos, así que fue complejo. Además la situación de los libros es muy bonita pero somos personas diferentes y divergentes, por lo que luego de un rato ya sentíamos el cansancio de lo de los libros y lo de la lectura, talleres y tal. No nos dio tanta motivación, al menos no compartida, ni encontramos los nichos para desarrollarnos, por lo que mejor lo dejamos por la paz.

-¿De qué forma evolucionó el proyecto durante los años activos?

– Creo que el proyecto evolucionó de muchas formas, digo, ahora estoy gratamente sorprendido porque en el último mes me han preguntado al menos 6 o 7 personas diferentes sobre el proyecto, o han hablado de temas relacionados éste, y la verdad es que es impresionante que no solo sea con el dejo de nostalgia (“me gustaba cuando…” “…y que pasó con los libros?” “¿por que se dejaron de poner?”) sino con cuestionamientos concretos del proceder y el devenir de nuestro trabajo y sobre las otras formas de realizarlo. Creo que la onda de la promoción de la lectura nunca fue nuestro hit, sino entender a los libros como el espacio de convivencia donde convergemos para compartir, y es por eso que nos costó trabajo  involucrarnos del todo en esto de la lectura, para nosotres fue una plataforma para hacer otras cosas y conocer otras personas.

En mi caso evolucionó hacia la posibilidad de hacer talleres, cosa a la cual me dedico parcialmente ahora, y en general nos ayudó a ampliar nuestras capacidades organizativas a niveles que tal vez no habíamos imaginado. En lo que atañe al proyecto, además del Trocadero, hubo algo que movimos bastante (y hasta aparece ampliamente detallado en un capítulo de mi trabajo de titulación) y fue Redes Itinerantes, que hasta hoy ha sido un referente de espacio abierto de intercambio de conocimiento a través de talleres. Creo que estas dos, más la mesa itinerante, fueron las 3 dinámicas que hicimos sistemáticamente y donde tomamos experiencia, de hecho, tal vez la de menor cantidad de trabajo para nosotres fue el trocadero, aunque es la que ha tenido más permanencia en el tema de la visibilidad.

-¿Dónde están los vestigios de Traficante? ¿Quedan Trocaderos? 

– El Trocadero existe, hasta donde sabemos, en CREO y en el Tapanco. A ambos los dotamos de una cantidad de libros extra cuando decidimos que ya no íbamos a mover el proyecto.

-¿Qué sucedió con los libros que tenían?  ¿piensas en algún proyecto para ellos después?

Muchísimos de los libros fueron donados, no todos, aún tenemos guardados un tanto en la casa donde está la asociación de mis papás. Calculo que donamos algo así como el 80% de lo que teníamos, un 5% nos lo quedamos para futuros proyectos (en específico el área de libros para niñas y niños) y el resto aún está almacenado. Las donaciones fueron a parar a los trocaderos de CREO y de Tapanco, liberamos en algunos eventos,gran parte fue para la biblioteca “Casa de Libros José Gonzalez Beytia” y para la biblioteca del “Centro Cultural Lorca”, y otros tantos mas fueron regalados en el tercer aniversario de traficante de letras.

¡Ah! y como olvidarlo, al principio de Cambalache Cafebrería Móvil les donamos unos tantos libros, que supongo ya no tendrán porque su movida ha sido tremenda.

-¿Crees que el proyecto motivó un cambio de perspectiva de cómo se veían los libros al sacarlos a la calle y compartir?

-Pues definitivamente cambió nuestra perspectiva. Y ¿sabes?, a veces quiero pensar que sí cambió las perspectivas de algunas personas, hasta tuvimos a un ladrón de trocaderos (una tremenda anécdota que contaré alguna vez) y definitivamente creo que ayudamos a promover un poquititittititito el libre movimiento de los libros en la ciudad de Mérida. Nos tocó un momento en el que la articulación de proyectos era poca, el acceso a los libros limitado, y solo habían un par de proyectos más haciéndolo (Book Buffet en la bici ruta y alguuunas veces Marce, de Colectivo la Revancha, sacaba su mesa de venta a intercambio). Luego empezamos a conocer personas que se animaron a ponerlo en sus cafés, centros culturales, comercios y otros lugares, no es que descubriéramos una gran maravilla de proyecto que nadie hiciera, pero sí fuimos lo suficientemente constantes como para que causara impacto en algunas personas, y pudiésemos también impulsar algunos proyectos.

– ¿Cuál es el papel de los colectivos sociales y culturales hoy en día?

-Creo que es una necesidad imperante del ser humano organizarse de manera no institucional, porque en el siglo en el que vivimos nos ha tocado crecer dentro de tantas superestructuras que a veces no sabemos bien a bien qué o quiénes somos, más que sólo un engranaje de alguno de estos sistemas. Creo que los colectivos sociales/culturales son (somos) una respuesta natural a la curiosidad del ser humano: construir nuevas plataformas para respirar, aunque sea por un instante. Un olor que no sea el emanado por la dictadura de la cotidianidad urbana y nos permita vislumbrar, por un ínfimo segundo, otra parte de nuestro ser.

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