martes, octubre 26, 2021

Las personas según Goffman y Sartre

Goffman tiene una frase muy bonita que dice “probablemente no sea un mero accidente histórico que el significado original de la palabra persona sea máscara”. Considera que todos en realidad somos actores de la vida, y no esta mal, no se trata de ser mentirosos sino que, como dice Fausto Alzati, “Sólo gracias a que no existimos es posible el juego de las ilimitadas causas y condiciones que nos proyectan tal y como aparecemos”.

Este nacer como la nada nos da una oportunidad de construir desde cero una identidad, nuestro contexto marca los límites (en mi opinión frágiles de romper, pero eso lo dejamos para otra ocasión).

Sin embargo, hay ciertas “desventajas” de la vida social que ejercen un papel importante en esta empresa que quiere jactarse como independiente. Al mostrar una parte de nosotros a las personas, nos comprometemos a ser lo que ellos creen que somos sólo porque han visto un fragmento de nosotros. Goffman lo dice mejor: “cuando un individuo proyecta una definición de la situación y con ello hace una demanda de ser una persona de determinado tipo, también renuncia a toda demanda a ser lo que él no parece ser”.

Si lo ponemos en el plano más banal lo llamaríamos estereotipos. Yo creo que tú eres de ésta forma porque un día te vi haciendo aquello y evidentemente jamás harías esto otro. De alguna forma estamos comprometidos a no decepcionar la imagen que ya sea adrede o inconscientemente hemos proyectado de nosotros mismos.

Pero no todo está perdido, Sartre se sienta sobre la sala para interrumpir y dice: “el primer paso del existencialismo es poner a todo hombre en posesión de lo que es, y asentar sobre él la responsabilidad total de su existencia”. Sí, ya sé que identidad y existencia no es lo mismo, pero esto quiere decir que debemos ubicar al hombre por su acción y tener en cuenta que éste no existe más que en la medida que se realiza:

“¿Por qué atribuir a Racine la posibilidad de escribir una nueva tragedia, puesto que precisamente no la ha escrito?”, esta forma de definir al hombre y definirnos a nosotros mismos es un poco menos coercitiva para con los demás y con nuestra identidad. Ésta no se va formando sino poco a poco mediante una interacción estrecha con el mundo, puesto que es una necesidad de pertenencia.

En la tesis que comentaba en el primer párrafo decía “Todo ser humano es al mismo tiempo un ser social. La identidad como construcción es un factor de seguridad por pertenencia social”. Buceo en Youtube. Encuentro una canción increíble, la escucho tres veces seguidas, busco la letra, me convenzo a mi misma de que es hermosa. Entro a Facebook, la comparto junto con íconos de una cara de felicidad o un corazón. Cierro. Y me pregunto por qué hice eso ¿a quién rayos quiero que llegue? ¿quiero que llegue a alguien o simplemente me interesa que no sólo yo sepa que me gusta, sino todo el mundo?. Supongo, no lo sé, que se trata acaso de una forma de validar quién soy a través de los demás. Lo que está en mí no es una representación de mí misma hasta que es externado. Consolido mi gusto por esa canción hasta que digo: me gusta esta canción.

Para mí una de las cosas más importantes (por no decir peligrosas) es la idealización. Tan común y corriente y al mismo tiempo complejísima y un poco injusta. Tanto Sartre como Alzati hablan de ésta creencia absurda que me remite a un pasaje bíblico cuando Dios dijo luz y se hizo la luz, así es la mistificación de alguien cuando creemos que nació con tal don, o cual talento, etcétera, como si las habilidades nacieran de la generación espontánea. Cito a Fausto A.: “Tales dones, desprovistos de un largo proceso de entrenamiento, mistifican esos pequeños cuerpos con un algo que rebasa el entendimiento: una esencia divina”.

A lo mejor somos metafísicos por naturaleza y nos enamoramos de esas cosas que tienen un poder cuasiromántico de inherente destino. Esto además es un peso en los hombros de las personas de forma inconsciente: “no es lo que esperan de mí”, “voy a decepcionar a”, “no sé por qué lo hago, esto no va conmigo”.

Si los autores están en lo cierto y en realidad somos una máscara (Goffman), que se controla a sí misma mediante sus acciones (Sartre), y de esta forma podemos interaccionar con los demás y nuestro entorno (Alzati),  entonces todos somos perfectamente capaces de transformarnos todos los días y convivir con el entorno con un dinamismo propio al de nuestras mil almas.

No tenemos que ser del modo que esperan seamos sino aquello que es necesario para nosotros y para una situación determinada sin sentir que nos estamos “traicionando” o “traicionando a los demás”. Que cambiamos o fingimos, puesto que en realidad no somos nada más que aquello que hacemos.

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