martes, octubre 26, 2021

Para no morir de realidad: la cultura tras la pandemia

Necesitamos reactivar un mundo que había estado en pausa, y para ello, la cultura es capital

Por Giovana Jaspersen

Ilustración: Elo Draws 

La cultura como área “sustantiva” se ha convertido casi en un lugar común. Se afirma que ya no es un accesorio y que hemos atravesado —finalmente— la barrera de la alta cultura para hacer de ella un sitio más amable, accesible y diverso. Sin embargo, en nuestro país, vemos muy pocos casos de políticas culturales o proyectos creativos diseñados de manera estratégica y clara, basándose en datos para atender problemas o solucionar escenarios complejos. Como efecto, perdimos de vista su real capital simbólico, político, económico, social y radicalmente transformador.

Especialmente hoy, que intentamos salir de la crisis en la que la pandemia nos colocó, es fundamental regresar al origen. Recordar y replantear, porque ni la cultura ni la vida podrán volver a ser iguales, y es urgente, como en otros periodos históricos, un Renacimiento.

La cultura y las artes nos permiten hacer digestible la realidad, por convulsa, desgarradora o inenarrable que sea. Al ponerla en un escenario nos enfrenta y confronta. Es en el encuentro del humano con lo humano, persona a persona, cuando vemos “ser” a otro ser frente a nosotros; activando preguntas, sensaciones, juicios e incluso cuestionamientos en relación a todo aquello que también somos. Así, y frente a una obra, nos cuestionamos y construimos el mundo y el mundo nos construye a nosotros. 

Porque justamente los más profundos problemas “culturales” se deconstruyen desde ahí. Machismo, clasismo, separatismo, racismo o discriminación, —tan solo por mencionar algunos— son asequibles, acentuados y visibles desde las artes. Podemos sanar de a poco el mundo con sus enfermedades. Comprendemos que existe la diferencia y vemos nuestro mundo desde otras realidades, a través de las historias que nos son, supuestamente, ajenas.

Es a través de las artes que podemos saber qué tan distintos somos y con ello dimensionar nuestra fortuna y la diferencia.

Y esta riqueza simbólica es capital de inversión y derrama económica. Especialmente hoy que necesitamos reactivar un mundo que había estado en pausa, y para ello, la cultura es capital. Se invierte en cierto sitio a diferencia de otro por ello. Con la cultura y el patrimonio se abren puertas y se enlazan relaciones que dan frutos en otros sectores.

Invertir en cultura es también cosechar en turismo, economía, industria, comercio y diplomacia. Nuestra diferencia es un recurso activo que se invierte para generar determinada reputación, distinción, percepción e interés.

Desde ahí se activan muchos sectores, esta ecuación no es directa, pero sí fundamental. Pues además, da empleo a las personas en lo local y también el orgullo de habitar bajo el mismo cobijo, el de saberse parte fundamental de este “algo” que hemos llamado identidad.

Porque la cultura, en este sentido, también es techo y refugio, nuestra casa aún en la distancia, cuando en el aislamiento fue nuestro único sitio de encuentro. La cultura nos atraviesa, sin distinción, es democrática, y en ella están todos nuestros lenguajes de encuentro y protección.

Las artes, además, y en su potencial más profundo, a través de la experiencia estética y lo que sucede en nuestra mente con ello y la belleza, nos permite ir más allá del día a día y los convencionalismos, tan faltos de poesía. Tiene que ver con procesos neuronales y activaciones físicas. Por eso, podemos sentir la música como una descarga en la espina dorsal en medio de un concierto, o bien, una pintura puede estremecernos hasta el llanto.

Necesitamos, hoy más que nunca, la cultura y las artes, para no morir de realidad.

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