domingo, septiembre 26, 2021

Orquestas Infantiles: una expresión universal para las infancias

por Andrea Fajardo y Katia Rejón
Fotografías: Lilia Balam

 

Las orquestas infantiles en el mundo son un primer contacto con las artes, el lenguaje universal de la belleza. En este texto, Andrea Fajardo habla de su experiencia como parte del Sistema de Orquestas Infantiles en Venezuela, un proyecto que inició en este país latinoamericano y después fue replicado en otros países, incluido México. En este territorio, hablamos también de la comunidad indígena San Andrés Cohamiata que forma parte de uno de los núcleos de las orquestas infantiles de Jalisco y la importancia de dignificar todos los espacios artísticos para la niñez.


Un país llamado Venezuela
Andrea Fajardo

Dice mi mamá que cuando yo era niña la gente armaba círculos a mi alrededor en las fiestas o reuniones, para escucharme cantar “Las Juanas” de Carolina Sabino y canciones de Selena Quintanilla. Dice que desde entonces ella supo que yo tenía vocación artística y una fuerte conexión con la música.

 

Recuerdo que entre mis 6 y 8 años, mi hermano mayor me llevaba a ver sus clases de danza en una zona de Caracas que se llama Bellas Artes, donde se encontraban casi todas las escuelas de arte y los teatros de la ciudad. Un día pasamos por la puerta de una escuela de música que tenía por nombre: Orquesta Sinfónica Infantil “Núcleo San Agustín” y no sé si yo le pedí que me inscribiera o él y mi mamá ya lo habían decidido, pero lo cierto es que a los pocos días estaba sentada en un salón con otros niños estudiando técnica vocal y aprendiendo a cantar el “Aleluya” de Händel.

Durante los siguientes diez años tuve la oportunidad de formarme en canto, lenguaje musical, práctica coral y orquestal en esta escuela, que pertenece al Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, ahora conocido como El Sistema o la Fundación Musical Simón Bolívar.

Fundado en el año 1975 por el maestro y músico venezolano José Antonio Abreu, El Sistema comenzó con la reunión de once músicos jóvenes en un estacionamiento de la parroquia La Candelaria en Caracas. Abreu los convocó con el único objetivo de: “hacer realidad un sueño: formar una orquesta juvenil que permitiera a los estudiantes de música llevar a cabo prácticas en conjunto, transformar la educación musical en el país y crear un gran movimiento con identidad venezolana que se convirtiera en una fuente laboral digna y profesional”.

 

Con el paso de los años esta iniciativa logró fundar más de 400 escuelas de música en todo el país (conocidas como núcleos) que imparten clases gratuitas a miles de niñas y niños de todas las clases sociales, formando también una red nacional de orquestas y coros juveniles e infantiles en los que es posible ver a un niño de 9 años que vive en una favela, cantando el Carmina Burana o tocando la Marcha Eslava de Tchaikovsky junto a otro niño proveniente de alguna colonia privilegiada.

“Como músico, tuve la ambición de ver a un niño pobre interpretar a Mozart. ¿Por qué no? ¿Por qué concentrar en una clase el privilegio de interpretar a Mozart y a Beethoven? La alta cultura musical del mundo tiene que ser una cultura común, ser parte de la educación de todos”, afirmó el maestro Abreu en una entrevista para New York Times.

Yo comencé a tocar la viola a los 12 años en una de estas orquestas infantiles, siendo parte no solo de un proyecto artístico y social, sino también de una comunidad. Con esto me refiero a que la educación musical vista desde una perspectiva social como la que tiene El Sistema, ha logrado derribar muchas de las barreras socioeconómicas que demarcan el contexto latinonamericano, y desarrollar una conciencia colaborativa en las niñas y niños que reciben esta formación.

Recuerdo que todas y todos llegábamos a nuestros ensayos no solo para tocar y aprender la técnica de una pieza de música clásica, sino también para construir un lenguaje común, entrenar un ritmo colectivo, aprender a escucharnos y encontrar una musicalidad propia: la identidad de nuestra orquesta. Siempre se nos dijo que al tocar en una orquesta éramos parte de un gran cuerpo sonoro, cuyo funcionamiento y armonía dependía de todos. Me gusta pensar en esta premisa como una metáfora de las relaciones humanas y de la vida misma.

Claramente existen otras disciplinas artísticas que pueden fomentar estos valores en la infancia. Pero ¿qué tiene de particular la música como herramienta educativa para las infancias? ¿Por qué sería distinta a las demás artes, o por qué opera de manera especial en contextos de desigualdad social y económica?

En principio es importante recordar que la música es el lenguaje artístico más democrático y universal que tenemos, ya que es capaz de conectar con la sensibilidad humana desde la intuición, el ritmo corporal o incluso el contexto en el que crecemos, sin pasar por un proceso previo de racionalización.

Es probable que muchos no tengamos un libro o una película favorita, pero sí una canción. Desde esa sutileza la música es capaz de llegar a todas las personas (muchas veces unirlas), indiferentemente del estilo y la clase social.

 

Según la estructura y filosofía de El Sistema venezolano, existen tres esferas en las que se concentra el impacto de las orquestas infantiles. La esfera personal/social, en la que se manifiesta un desarrollo intelectual y afectivo de las niñas y niños; la esfera familiar, que hace partícipes de la cultura musical a sus seres más queridos y cercanos; y la esfera comunitaria, que implica la ruptura de las creencias sobre la música clásica como una cultura elitista y de lujo (Morales Petersen, 2015).

Esta última esfera también comprende un acercamiento a la identidad y los ritmos tradicionales del país, uniendo en un mismo espacio el sonido de los instrumentos propios de la región y los instrumentos clásicos de la cultura occidental.

Tengo muy claro el recuerdo de mi madre enseñándome a usar el metro para que pudiera irme sola a mis clases de música, llevando mi viola y el almuerzo a la escuela los días que tenía el tiempo ajustado entre clase y clase, o invitando a nuestros vecinos del barrio y el mercado popular a los conciertos en los que yo tocaría. Incluso algunas veces la sorprendí, cual testigo de Jehová, convenciendo a sus amigas y conocidas de inscribir a sus hijos en el sistema de orquestas; o conmovida por escuchar la Obertura 1812 de Tchaikovsky y el “Alma llanera” en un mismo concierto, interpretado por músicos que no llegaban a tocar el suelo con sus pies.

El éxito de El Sistema en Venezuela logró captar la atención internacional y ha sido la inspiración de proyectos similares en América Latina y el resto del mundo, con el apoyo de organismos como la Organización de Estados Americanos (OEA), la UNESCO, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), El Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

 

Actualmente existen orquestas infantiles y juveniles en más de setenta países, entre los que destacan Argentina, Colombia, Chile, Bolivia, México, Brasil, Perú, Puerto Rico, entre otros.

Las orquestas infantiles de Latinoamérica se han vuelto fundamentales en la educación artística de las niñas y niños, porque impulsan un proceso de transformación tanto en las infancias como en sus familias y contexto inmediato, hacia una participación más comprometida y genuina de las personas en la cultura.

En palabras del músico mexicano José Luis Hernández, quien fue alumno de Abreu: “el ejercicio colectivo de la música implica concertación y por ende empatía”. El enfoque central de estas orquestas no necesariamente se dirige a formar músicos profesionales (aunque muchos hayan tomado ese camino), sino ofrecer a los niños y jóvenes un espacio de encuentro consigo mismos y con los otros, en el que puedan desarrollarse como seres humanos sensibles, conscientes de su entorno y con sentido de pertenencia.

*****

Un país llamado México
Katia Rejón

José Carrillo López es músico tradicional wixárika desde hace más de 50 años. Lleva siempre un paliacate rojo en el cuello, morral tejido, traje blanco con bieses rojos y verdes en las orillas, huaraches, cinturón de tela y su vihuela al hombro. Lo enfunda una timidez contenida en la amabilidad distante y lo primero que hace al vernos llegar a la clase de música es pedir a los cuatro niños de 7 años que toquen una canción con sus instrumentos de madera.

Él canta, es una pieza tradicional wixárika que suena en la oscuridad de una casa sin luz eléctrica en un día ya de por sí gris. Aplaudimos y ellos, sentados en un banco de madera (el único mobiliario de la pieza), se miran unos a otros.

 

En México, las orquestas infantiles iniciaron en 1989 inspiradas en la experiencia venezolana. Se crearon orquestas y coros comunitarios gracias al entusiasmo del músico oaxaqueño Eduardo Mata, quien fue director invitado de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela en los años ochenta, así como otras agrupaciones infantiles y juveniles. Hasta antes de la pandemia, se organizaban encuentros nacionales y regionales y programas destinados para la identificación y desarrollo de talentos en algunas partes del país.

José vive en una de las rancherías cercanas a San Andrés Cohamiata, Mezquitic, Jalisco y tres veces por semana va con su nieto de 6 años a dar clase de música tradicional como parte del programa estatal de cultura “ECOS Música para la paz”. Éste se fundó en el 2014 con el objetivo de promover el aprendizaje musical como herramienta para el desarrollo. Está dirigido a niños, niñas y jóvenes de Jalisco entre 7 y 17 años de edad. 

 

Además de ser el maestro, José fabrica los instrumentos que tocan los pequeños. Su tío le enseñó a tocar cuando tenía la misma edad que sus alumnos. En total son 23 jóvenes: los más pequeños tocan música tradicional, y los adolescentes conforman el grupo de música regional, dirigidos por Hilario de la Cruz, maestro de la escuela primaria.

–Batallamos mucho los primeros años porque no teníamos instrumentos musicales, empezamos con coro. Hasta un año después, en 2015, nos dieron vihuelas, guitarras, nos donaron un tololoche y un piano, dice Hilario.

 

La réplica de El Sistema venezolano, de acuerdo con la visión de Mata era “cambiar el perfil sociológico” de un país como México u otros países latinoamericanos en desarrollo. Pero es muy difícil hacerlo cuando la administración de esas orquestas se acomoda al perfil sociológico de México y no al revés: las oportunidades en los contextos más inmediatos siguen siendo desiguales para las niñas y los niños y dependen de la administración y coordinación de los tres niveles en turno.

De acuerdo con el músico José Luis Hernández, quien ha publicado artículos sobre la historia de las orquestas del país, los programas pensados desde un planteamiento social y para las masas no deben ser programas pobres: “Aquellos que menos tienen merecen de los mejores maestros, instrumentos, salas de ensayo, y oportunidades que los hagan salir adelante. México tiene la capacidad de brindar a sus jóvenes lo mejor”.

La realidad es que los maestros más entusiastas tienen que trabajar con lo que tienen. Lo más difícil para Hilario y José ha sido encontrar un espacio para albergar a los 23 alumnos del núcleo ECOS en San Andrés. Primero les prestaron una casa comunal, pero los sacaron porque necesitaban usarla como bodega; después, una casa particular, un albergue, la Casa del Niño, etcétera. Desde hace dos años están en otra sede cerca del arroyo y el ayuntamiento de Mezquitic cubre la renta.

 

La mayoría de los estudiantes de bachillerato y primaria toman clases de tiempo completo y eso quita mucho tiempo para realizar otras actividades.

–Vienen los que son de aquí cerca y tienen tiempo. Los jóvenes que han estado en ECOS, salen y forman agrupaciones, se relacionan con otros músicos, algunos continúan sus proyectos. A algunos muchachos les gusta pero viven en las rancherías, no es fácil trasladarse diariamente para asistir a las clases.

Es evidente que el espacio no es suyo: hay vigas de metal en el piso y los estudiantes de Hilario tocan junto a sacos de cemento. Aunque el ayuntamiento de Mezquitic se comprometió a entregar insumos periódicos para el mantenimiento de ECOS, no lo hace. Cuando se rompe una cuerda o se echa a perder alguna pieza (algo frecuente, pues son niños quienes tocan los instrumentos), los maestros lo pagan de su bolsillo.

Sin embargo, hacen énfasis en que la música es muy importante para los jóvenes y el programa enseña mucho más que eso. Debe serlo para que en este día frío y lluvioso hayan llegado de rancherías y alrededores casi todos los estudiantes. Debe serlo para que Hilario y José hablen más de cómo la música genera compañerismo y les da habilidades a los muchachos, y no del abandono en el que se encuentran.

 

El autor José Luis Hernández apunta que es inquietante cómo ningún proyecto privado o gubernamental haya sido sometido a estudios de impacto. Y se pregunta: “¿Cómo podremos abogar por todos estos proyectos de “carácter social” si no nos hemos preocupado por probar su capacidad para provocar un auténtico cambio transformador?”.

Hay proyectos que son ejemplos de buenas prácticas, incluso dentro de “ECOS Música para la paz” hay núcleos fortalecidos con intercambios internacionales. Pero otros, dice, Hernández, “no continúan por la falta de recursos económicos o la redefinición de prioridades del Estado entre las transiciones de gobierno federal”, y estatal y municipal.

 

Antes de irnos, José se acerca para contarnos sus planes: además de enseñarles canto y música tradicional a los niños, quiere enseñarles a fabricar los instrumentos. Sus ojos cargan una preocupación que duele ver cuando pregunta a tropezones:

–¿Y ustedes qué han oído? ¿ECOS va a continuar o …?, y se abandona tiernamente en la otra posibilidad.

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