martes, octubre 26, 2021

La música se convirtió en mi lancha para navegar mi propia marea: Daniela Romero

Por Nery Chi

Daniela Romero nació en la ciudad de San Francisco de Campeche y se dedica a la docencia y creación de música. Su pasión y la forma de ver la música como herramienta emocional y política ha inspirado esta entrevista donde habla de su trabajo, el camino que ha llevado en la creación y el poder que ésta tiene para cambiar la realidad.

 

Desde hace años Daniela ha tratado de que su música y los tributos que hace sean dirigidos por y para mujeres, trata de consumir música hecha por mujeres y ha sido difícil defenderlo, pues mucha gente puede pensar que es porque odia a los hombres. Pero todo se trata de una declaración política por todos los años en los que las mujeres no tenían espacio en la música.

Ella menciona que es “un deber político y social, darle un lugar primordial a las morras”.

¿De dónde viene ese amor por la música?

La música ha estado presente en mi vida desde que tengo memoria. Gracias al bolero mexicano, muy particularmente a unos grupos mexicanos, empecé a tocar guitarra, a cantar y a componer.

Creo que la música empezó a significar algo muy importante para mí a partir de los 11 o 12 años. Me di cuenta de que podía cantar medio chido a los 10, me compraron una máquina de karaoke en mi casa, después encontré la guitarra de mi papá en el clóset y de ahí fue aprender de manera autodidacta todo. Aprendí a tocar todos los instrumentos que sé tocar: guitarra, ukelele, cajón peruano, piano, batería y algunas otras percusiones pues las he aprendido de manera autodidacta.

Fue a partir de los 13 años que empecé a obsesionarme un poco con practicar muchísimo y escuchar mucha música, y a partir de ese momento yo creo que no he parado de hacer música. O sea desde los 13 años en adelante ya fue hacer música todo el tiempo, escuchar música todo el tiempo, se convirtió en una obsesión sana, si pudiéramos llamarlo así.

¿En qué momento decidiste que querías compartirlo en público?

Pues yo creo que mi primera composición la hice a los 15, fue un blues, así como medio random, pero creo que nunca me había atrevido a compartir lo que componía porque no me sentía segura.

No consideraba que lo que escribiera fuera lo suficientemente bueno, y hasta después de mucho tiempo, pues ya de más grande entendí que es una mamada, que eso es una idea que te mete la academia y la sociedad de que para ser músico o música validado o profesional tienes que tener mucho conocimiento. Pero la verdad eso es una gran mentira.

Fue hasta los 18 años que vine a vivir aquí a Mérida que hice mis primeras canciones de protesta y se las compartí a una maestra de la facultad, que fue la primera adulta, mujer, académica, abiertamente feminista que conocí y también es aficionada de la música. Ella es cantautora también y se me ocurrió mostrarle una de mis canciones y que me dijera qué le parecía. Se emocionó mucho y me dijo que yo tenía que mostrarle mis canciones a la banda.

A partir de ese momento, ella como por debajo del agua se la mostró a otras amigas, sus otras amigas también se emocionaron un chingo escuchando las rolas y me sentí un poquito más segura de mostrar mi música. Y pues empecé a chambear, siempre haciendo covers y haciendo tributos.

La verdad, para mí, mostrar mi música ha sido un viaje un poco extraño porque representa mostrarme vulnerable ante el mundo, o sea representa abrir una parte de mí, de mi persona y mostrársela a la banda. Tengo ansiedad desde hace muchos años y eso me genera muchas inseguridades, así que la verdad, me la he llevado con mucha calma. También siento que no lo he hecho a veces por miedo, pero estoy en proceso de ir soltando un poco más mis canciones, aún me cuesta mucho trabajo, me da mucha pena, pero pues ahí voy.

¿Cómo es ese proceso de creación musical?

Componer música se convirtió en una necesidad emocional. A los 16 años fui diagnosticada con ovario poliquístico. Esto es un problema hormonal en los ovarios y el único tratamiento alopático que existe es el tratamiento hormonal.

Entonces, yo a partir de los 16 años empecé a medicarme todos los días con hormonas y pues lo que no te dicen es que las hormonas tomadas todos los días te generan cambios y problemas a nivel mental. Yo desarrollé ansiedad, depresión mayor. Componer se convirtió más que nada en una herramienta, un escape, una terapia, una forma de auto contener mis emociones.

Una de las consecuencias de las hormonas es que tu mundo emocional se vuelca en una marea extraña. Un día puedes estar muy templada y serena, pero al día siguiente sientes unas profundas ganas de morirte y de no existir. Tenía que encontrar la manera de treparme en mi marea y no naufragar en ella, porque si naufragaba me daba depresión y me desconectaba mucho de mi familia, del mundo, de las cosas que me gustaban.

La música se convirtió en mi lanchita para navegar mi propia marea. Es una herramienta de auto contención emocional y también una herramienta para destruir y reconstruir el mundo.

La música también se convirtió en mi herramienta política favorita porque creo que desde la música encontré formas de también externalizar lo que estaba viviendo y que comparto con otras morras, porque al final vivir en un país como México, implica resistir a las violencias machistas todos los días.

La música también representó para mí una herramienta para resistir ante esa violencia.


¿Cómo puede la música ser una herramienta para resistir?

Yo creo que la música es un dispositivo, un medio y también un mensaje. La música en general y el arte tienen esta cualidad profundísima de trascender la condición humana, o sea tanto las emociones como las ideas y los pensamientos, como todo lo que implica existir y reconocer el mundo.

El arte tiene el poder, esta fuerza que considero que no tienen otras disciplinas o que no alcanzan otras disciplinas. La música y el arte trastocan de manera directa o indirecta nuestras raíces y emociones más profundas. Nos llevan a generar movimiento, generar cambio, generar revoluciones internas que de alguna u otra forma te llevan a encuadrar de nuevo la realidad, tu propia realidad tanto interna como externa.

Creo que la música tiene esa fuerza transformadora de la realidad y también es un reflejo, un espejo que sirve para poder utilizar este reflejo en distintas dimensiones y distintas perspectivas. La música es eso, un dispositivo muy revolucionario.

¿Quiénes fueron esas personas cercanas a ti que ayudaron a formar este camino en la música?

Creo que la primera persona que dejó una herencia musical para mí y que yo no pude visualizar hasta después de su muerte, fue mi abuela materna. Mi abuela materna murió cuando tenía 4 años y me cuentan que yo era su consentida y que estuve muy pegada a ella desde que nací.

Esta mujer era una madre de 7 hijos que maternó mucho tiempo sola, porque mi abuelo era ferrocarrilero y se tenía que ir mucho tiempo. Para ella la música era este soundtrack de su vida, la música de fondo de su cotidianidad.

La música de mujeres estuvo muy presente en su proceso de vida. Te hablo de Chavela Vargas, Lola Beltrán, Lucha Villa, toda esa banda de la época dorada, y un poquito después de la música mexicana como ranchera y tradicional, pues la acompañó mucho. Dejó en su casa un acervo musical gigante. Te hablo de discos infinitos de música viejísima, vinilos, dvds, o sea ella se llenó de música, era parte de su escape y entretenimiento.

Cuando ella muere, mi familia en este proceso de duelo y de tenerla a ella presente, porque era una mujer muy importante para todos nosotros, trataron como de sacar a la luz todas esa música que ella escuchaba. Esa música fue como un anzuelo constante e inconsciente en mi vida y creo que mi abuela fue la primera mujer que me dejó una herencia musical infinita. Yo empecé a tocar guitarra gracias a muchas canciones que ella me dejó.

El segundo es mi papá que fue quien me enseñó a tocar la guitarra. Él es guitarrero, no se dedica a la música ni nada, pero le gusta mucho. Me enseñó a leer la tablaturas, los acordes, me enseñó a hacer mis primeros acordes. Hizo todo lo posible por comprarme una guitarra, un piano, micrófonos, cables, mi papá llenó todo mi espacio de estímulos para que yo pudiera por mi propia cuenta hacerme de ellos.

Después de mi papá, creo que la persona más importante en mi carrera musical y en mi vida personal ha sido mi hermanito. Tengo un hermano que es dos años menor que yo, y él empezó a escuchar y hacer música porque vio que yo estaba aprendiendo. Yo le enseñé a tocar guitarra, le enseñé a leer, pero después de un tiempo, él agarró lo que aprendió y lo revolucionó tres millones de veces más.

Empezó a componer desde muy morrito y tiene una poética musical muy hermosa. Él terminó convirtiéndose en mi maestro, o sea yo le enseñé lo primero, pero después de un tiempo él me enseñó a mí. Me enseñó música que yo no había conocido, me enseñó a producir ciertas cosas, a soltar un poco más mi miedo a componer, o sea creo que él es la persona más importante en mi vida y por algo lo tengo tatuado literal, porque si es como un referente en mi vida musical y personal, muy presente.

La última persona, fue la que me dio este empujón para mostrarle mis letras a la banda. Regina Carrillo, que es una maestra increíble, defensora de los derechos humanos, terapeuta, psicóloga, feminista, de la UADY y también trabaja en otras dependencias. Ella fue un parteaguas muy importante en mi vida musical porque gracias a ella me atreví a mostrar mis primeras canciones de protesta. Ella me dio mi primer trabajo en el Centro Cultural de la Niñez Yucateca (CECUNY).

¿Quiénes son tus influencias?

Ahí te va una lista de influencias muy cabrona. Creo que mi primera influencia profundísima, la cual permeó hasta mi forma de componer y de cantar, fue Natalia Lafourcade.

Yo empecé a tocar guitarra ya de manera chida, cuando salió un álbum de Natalia que se llamaba “Mujer divina”. Y ese álbum tiene muchos boleros viejos que ella reversionó de Agustín Lara. Gracias a ese disco, terminé de aventarme a la música mexicana, que uno de los pilares más grandes en mi vida musical y creo que Natalia Lafourcade es así una de las trincheras más viejas que tengo. Yo escucho a Natalia desde que tengo memoria, casi desde los 11 o 12 años.

 

Escucho todo tipo de música, pero considero que otra persona que me ha incitado a explorar la poesía como un medio ha sido Silvana Estrada. Me ha inspirado mucho porque es una morra universitaria, joven, acaba de cumplir 24 años y ya tiene toda una gama gigantesca de experiencias musicales que la ha llevado a mil lugares.

Desde que un amigo me mostró su música en 2017, que fue antes que se volviera súper famosa, me volví fan. Y ya cuando estalló el boom de Silvana yo era la más feliz porque por fin su música estaba en todas partes y podía compartir este amor por la música de Silvana con otros compas.

¿Hay alguna anécdota relacionada con crear o presentar tu música que jamás se te va a olvidar?

La primera vez que canté mi música de protesta en un lugar, fue en el 2018, en la marcha del 8M de ese año. Regina Carrillo fue quien me dijo “tienes que ir a cantar ahí” porque ya le había mostrado estas canciones. Compuse dos canciones en un mismo día en un momento de catarsis y de enojo.

Acababa de suceder lo del karateca que casi mata a su novia Andrea, y aunque no la conocía a ella, tenía muchas amigas en común y fue la primera vez que sentí la violencia a lado de mí. Fue un momento que me abrumó mucho porque yo no era consciente del grado de violencia al que estábamos expuestas, y pues compuse esas dos canciones. Compuse “Plegaria para una hermana” y “Luz del terror”.

Estas dos canciones se las mostré a Regina y me dijo que las tenía que cantar en el 8M sí o sí, y pues dije va. Me aventé a cantar estas dos canciones ahí y cuando cante “Luz del terror” el final de la rola dice “el patriarcado va a caer”. Había como unas 150 morras a mi alrededor cantando esa rola conmigo, una rola que jamás habían escuchado pero que tenía una frase que a todas nos resonaba.

Yo alcé la mirada y vi a las morras cantando conmigo y fue el momento en el que dije “Claro, la música es esto, la música representa esto, puede transformar todo esto”. Nos encontrábamos tantas morras que a muchas de ellas yo ni las topaba en mi vida, pero que todas compartimos un dolor y una esperanza en común que es ver al patriarcado caer y derrocar el poder machista de nuestra realidad.

Ese momento, creo que hasta está grabado, fue una de las experiencias más locas y mágicas que he podido tener en la vida.

¿Qué mensaje le darías a todas aquellas que quieren empezar a compartir su arte?

En algún momento me encantaría escribir alguna canción sobre esto, en formato de carta.
Lo primero es que no necesitas conocimientos profesionales para hacer música. Yo no estudié en ninguna escuela, o sea sí fui a clases de música un mes, pero mis clases eran horribles, casi me matan el amor a la música porque era horrible aprender de la forma en la que me enseñaron.

También es una cuestión de privilegios, tuve el privilegio económico de tener instrumentos, de tener acceso a internet, de tener acceso a música, dispositivos, etc. Pero, creo que cuando la música te llega y te llama, siempre hay que buscar formas de regresar a ella y yo lo primero que le diría a las morras es que no lo suelten.

Si sienten la necesidad de comunicar algo muy importante para ustedes, no lo suelten porque es una voz que muy probablemente necesite salir y hay que encontrar formas de tejer redes que nos permitan facilitar esos procesos.

Conozcan a otras morras, pidan ayuda a otras morras, colaboren con otras morras, hagan espacios con otras morras. Crear espacios chidos con morras te permite también ampliar tu seguridad y tu capacidad creativa.

Eso les diría en primer lugar: traten de no soltar esa voz, de no soltar ese deseo, no necesitas una escuela, no necesitas un método, no necesitas nada de eso, necesitas creatividad y voluntad para hacerlo y creer en lo que haces.

También les diría que no se dejen intimidar por lo vatos, porque la música es una industria que está plagada de hombres. La verdad es que estar en ambientes musicales con hombres puede ser la cosa más misógina y abrumadora del mundo. Yo les diría que en la medida de lo posible traten de construir esos espacios musicales con morras y se van a dar cuenta de que es una experiencia completamente distinta, pero si no pueden ahora, no se dejen intimidar por los hombres.

Y por último, les pediría que defiendan su territorio corporal y anímico, la música es entretenimiento, sí, pero también es una herramienta para una misma. La música va a estar ahí siempre para ti, en el momento en el que nadie más esté, en el momento en que la oscuridad te abruma, te lleva, te coma, la música siempre puede ser un escape. Siempre puede ser una luz, siempre puede ser una lancha para navegar las mareas más altas, más profundas.

La música es una fiel compañera y para las morras representa también una forma de resistir al mundo, de sobrellevar la realidad que vivimos. Porque aunque sí es cierto que hay situaciones o condiciones de privilegio muy distintas, e intercesiones muy distintas entre las mismas morras, creo que todas en algún momento hemos necesitado de una amiga, de apapacho, de amor y no siempre podemos tenerlo.

La música es ese recurso infalible, la música es una gran compañera y yo les diría que se dejen acompañar siempre por ella.

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