viernes, enero 28, 2022

El último round: lo que el box me enseñó del amor propio

por Giovana Jaspersen

Thomas Page McBee fue el primer hombre trans en pelear en el Madison Square Garden. Dejó escrito y descrito ese proceso en su libro “Un hombre de verdad. Lecciones de un boxeador que peleaba para abrazar mejor”. Pelear para abrazar mejor pareciera una contradicción, pero al box se llega por razones muy distintas y a quienes lo practicamos nos sirve para cosas también muy diferentes.

Inicialmente, yo decía que comencé a boxear para gobernar mejor: he trabajado en instituciones públicas de cultura desde los 18 años y en ese tiempo era Secretaria de Cultura en el segundo estado más grande del país. Y lejos de la idea de la catarsis y los golpes como terapia antiestrés, en mi caso, lo fundamental era resistir. Richard, además de entrenarme con paciencia y esmero a las seis de la mañana, me recordaba siempre: Gio, tu oponente no debe ver tu cansancio. Con él, descubrí que había rivales. Después de algún round le recomendé el Arte de la guerra y otras lecturas que tenían el fondo de sus formas.

Aprendimos ambos, nos reconocimos, como animales que salieron del barrio, sin importar si fue con guantes o letras como vehículo.

Entonces era mi periodo de mayor exposición pública, y me prometí no responder nunca mensajes de odio o violencias, no dejar que me convirtieran en esa persona que querían que yo fuera. No pelear, con nada ni nadie. Por complejos que fueran los días o profundos los daños, la única defensa era el box a las seis de la mañana y el trabajo hasta la siguiente madrugada.

 

A aquellos días se sumaba la confusión de las pantallas y cómo hacen que las personas griten e insulten en redes como quien lo hace frente al televisor en un partido de fútbol, ignorando siempre y olvidando incluso, que se trata también de personas del otro lado del cristal. Yo boxeaba y resistía, sin más estrategia de defensa que la claridad de saber dónde está el bien y dónde está el mal.

Me valí del box para tratar de explicarles a mi cuerpo y a mi mente que hay personas que quieren hacer daño, que atacan; y que es imperioso no poner el rostro, sino esquivar el golpe. Después del último round, tras presentar la renuncia más importante de mi vida y, con ello salvarla, me desplomé exhausta y en llanto en el piso de aquel estacionamiento. Richard fue el único que lo vio, me retiró guantes y vendas con el cariño cotidiano, sabíamos que la pelea había terminado.

 

A casi un año de distancia, leo entre los comentarios de una fotografía mía en redes las palabras de otra mujer “opinando” de mi cuerpo que, a su parecer, necesita de una cirugía estética para “retirar mi piel sobrante”. No es la primera vez: ya en otras publicaciones ha hablado de liposucciones y desestimado mi trabajo. Todo en redes.

Ese mismo espacio donde vi mi rostro convertido en meme en varias ocasiones. Con una nariz de cochino, dentadura prognata o mi cuerpo alterado en vestimenta y mensaje. Ahí, donde también me insultaron en más de una ocasión, me infantilizaron y redujeron a solo un cuerpo. Donde se me relacionó sexual o afectivamente con señores que no conozco y con otros que sí conozco y que secuestraron mi intimidad con sus propios mitos. Allá, donde se me redujo a eso; mientras yo callaba, boxeaba y resistía.

Siempre me han dicho que soy una mujer fuerte, yo creo soy una sobreviviente. Comencé a trabajar a los 12 años y desde entonces no he hecho más que eso: Trabajar. Lo hice para pagar dos licenciaturas y mi sustento después de salir de la casa familiar, con todas las violencias, y antes de la mayoría de edad.

Lo mismo hice por becas y aún más cuando algún premio me permitió ir un poco más allá. Entré a las instituciones públicas por mi trabajo, antes de los 20 años, y al poco tiempo dirigí a mi primer equipo. Así, seguí trabajando y trabajando, hasta ser Secretaria de estado a los 33, en el mismo sitio donde nací y crecí, que es también uno de los más violentos que he conocido. Me invitaron sin pago de cuotas o favores políticos, sin conocer a nadie. El costo siempre estuvo en otra parte y ya he terminado de pagarlo.

Imagen

A pesar de todo lo anterior, hay quien sigue atacando y siente la autoridad incluso para referirse a mi cuerpo sin notar que no es de mí de quien habla cuando lo hace.

Pero hoy la diferencia es enorme, y habita en el tiempo que dedico a dibujar la persona que quiero ser a diario y también mañana, qué amiga, pareja o mujer. En ese espacio tengo claro, por ejemplo, que no quiero tener que volver a ser una mujer que resista o calle; anhelo que ninguna tengamos que serlo. Algunas veces una no se da cuenta de que algo dolía, hasta que un día, para de doler.

Después de casi dos años practicando box de manera regular, mi técnica sigue siendo tan mala, como torpes mis movimientos o lentas mis reacciones, lo único que ha mejorado es la claridad que tengo de que fuera de ahí, no quiero estar cerca de personas de las que tenga que defenderme. No hay razón que justifique un ataque, y a veces, bloquear es también salvarse, no hay necesidad de ocultar el cansancio.

Esa, probablemente, ha sido mi mayor victoria y defensa. Al final, creo que yo aprendí a boxear para abrazarme mejor.

 

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