jueves, abril 15, 2021

El trauma por los muertos


Por Yobaín Vázquez Bailón

Ilustración: Sofía Rodríguez 


Consulte su cartelera: todo está lleno de eventos culturales con olor a muerto. No se salva nada, en música habrá un homenaje a Shostakovich, fallecido hace tantos años; o seguirán dando las mismas funciones de Mozart. En literatura, otra vez, cómo no, un coloquio sobre Juan Rulfo… Como si a Rulfo le faltaran coloquios. Y en cine, una retrospectiva de Truffaut, una retrospectiva de Hitchcok, una retrospectiva de Polanski (no está muerto, pero su carrera sí). Y en danza, zapateados y ballet. Uno cierra la cartelera como quien cierra la tapa de un féretro.

 

No está claro de dónde proviene esa obsesión por presentar a los mismos pintores ya encumbrados. En Mérida fue todo un suceso que trajeran algunos bocetos de Picasso. ¡Bocetos! ¿Por qué será que sigue jalando más gente las viejas y confiables obras de teatro y ópera decimonónica? Uno se pregunta ante esto: ¿no habrán evolucionado las artes en al menos doscientos años? ¿O por qué para que algo valga la pena debe pasar por un añejamiento? Sin duda, allá afuera las artes están prevaleciendo, con o sin becas, y desafían los cánones que en determinadas provincias como la nuestra aún triunfan.

Ya en los años ochenta, José Joaquín Blanco expuso que “la cultura oficial parece provenir, como el petróleo, de las profundidades de la tierra o del pasado, y no en la creación cotidiana de los mexicanos contemporáneos”. Es cierto que la oficialidad tiene a sus favoritos, todos ellos viejos y rancios, pero esto no escapa del terreno civil. He visto que centros culturales y gestores culturales sucumben ante la perpetuación de lo viejito. Sus visiones se estrechan a lo canónico, si por ellos fuera traerían a Vargas Llosa para que diera conferencias.

Y lo mismo nosotros, público infantilizado, acudimos en masa allá donde se presente lo que ya está visto y aprobado por el establishment. Difícilmente acudiremos a darle oportunidad a propuestas novedosas. Incluso como jóvenes parecemos desdeñar el producto joven. Organice un ciclo de cine del estudio Ghibli y verá la horda de gente que irá. Ahora, organice un festival de documentales de nuevos cineastas y la ausencia se notará en las salas.

Hace falta, entonces, un voto de confianza para el creador joven. Hay becas y fondos que propician la producción de su arte, pero no necesariamente lo ayudan a consolidarse. Se tiene la idea de que un literato nuevo solo escribe mafufadas o que un pintor novel solo hace abstracciones sin sentido, etc. Y no lo niego, hay mucha tontería disfrazada de “posmodernidad” y “estéticas disruptivas”, pero no siempre se da eso.

Hay propuestas que no le piden nada a los consagrados. Hay teatreros que, sorpresivamente, no montan obras de Chéjov, sino dramaturgia contemporánea. ¿Alguien ha revisado los libros que publica Tierra Adentro o todavía leen a García Márquez? Parece un reproche pero es algo vital, el arte que consumimos es lo que alimenta (casi digo: el alma) nuestra capacidad de ver y entender la realidad en la que vivimos. ¿Y qué capacidad vamos a tener si seguimos viendo, escuchando, leyendo, analizando obras artísticas que también vieron, escucharon, leyeron y analizaron nuestros abuelitos?

Advertencia: no estoy desvalorizando lo antiguo. Mi queja es que lo que consideramos clásico, icónico y eterno, impide muchas veces que se avance. Es absurdo que se presente La naranja mecánica en una cartelera de cine con presupuesto municipal con la justificación de que la quieren acercar a nuevos públicos.

El arte que ha probado ser fruto de la genialidad no necesita que le acerquen a nadie. Los públicos nuevos se acercan a ellos de cualquier forma. Y el descaro de la pereza es que no la pongan a dialogar con otras películas, la dejan allí nomás cual si fuera programación random de canal cinco. Y ya ni quiero hablar de que el rango de apreciación dancística va del ballet con tutú a la jarana. Si existe danza contemporánea es algo que a nadie, francamente, parece importarle.

¿Y qué vengo a pelear yo entonces? No puedo dirigir los gustos y las decisiones de la gente. No puedo ni siquiera recomendarles que apoyen el arte joven porque, ay vergüenza de mí, ni yo lo hago. Solo quiero dejar la inquiña, la duda para que se cuestionen si cuando consumen arte lo hacen escarbando en un cementerio, o mirando lo que está vivo.

Es famosa la frase del pequeño Dewey de Malcolm el de en medio: el futuro es hoy, viejo. Aplíquenlo cuando abran una cartelera o cuando sepan de un joven que está tratando de armar un proyecto artístico. Después de eso, claro, todos podemos volver a los clásicos sin remordimientos de consciencia. Nuestro trauma por los muertos se habrá atenuado.

 

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