martes, octubre 26, 2021

Agustín Monsreal: Para mí la literatura es un ejercicio verdaderamente gozoso

Por Katia Rejón

Llega al lobby del hotel y me saluda con un fuerte apretón de manos, de inmediato me habla de usted. Aún cuando el viaje a Mérida lo ha llenado de atenciones y pláticas que exigen de su energía y tiempo, me concede una entrevista y a cambio, le prometo que no le quitaré mucho.

-No, ya estamos aquí, usted dirá.

Agustín Monsreal es quizá el escritor yucateco más reconocido y prolijo de nuestro tiempo. Es poeta, cuentista y autor de un vasto número de microficciones. Además de los numerosos premios que se le atribuyen, incluyendo la Medalla Yucatán, existe un premio con su nombre. Fue alumno de Juan Rulfo, Augusto Monterroso y Juan José Arreola, entre otras destacadas figuras literarias.

¿Cómo era el panorama literario cuando comenzó a escribir, es muy diferente en la actualidad?

Cómo era el panorama…Usted quiere que haga un ejercicio de memoria extraordinario. Era mucho más riguroso, no había tanta banda ancha, no éramos meramente anecdotistas; procurábamos que la literatura, más que un oficio o profesión, fuera un destino. Actualmente se ve de otra manera, como un negocio donde uno trabaja para ganar dinero. En mi época éramos más soñadores, más idealistas, creíamos en los valores de la literatura. Y eso exigía mucho más trabajo. Buscábamos cosas que valieran la pena contar. Lo que marca una diferencia con estos días.

Escritores buenos siempre van a salir a flote y dentro de lo que están haciendo muestran su propio valor como tales. Cambian las épocas, y cambian las maneras de contar. Creo que los contenidos son los mismos desde hace siglos: las pasiones humanas. Y los buenos escritores -creo yo- son quienes las transmiten, no los que meramente cuentan una anécdota sino que están hurgando en la condición humana y la manera de tocar esa naturaleza humana, son los personajes. Algo a lo que se le ha dado importancia a lo largo de los tiempos por ser lo que nos queda de la literatura son precisamente los personajes. Las historias se trastocan o se sobredimensionan pero los personajes siguen vivos -o no- y eso es lo que, a mi punto de vista, marca la diferencia.

¿Cuáles fueron sus primeras lecturas y las más influyentes?

Todas. A veces pienso en los autores que creo que me han influído, pero después me doy cuenta de que mi obra no tiene nada que ver con la de ellos. Yo empecé por donde los jóvenes de todas las épocas detestan, los clásicos. Como soy autodidacta, leí por mi cuenta a Sófocles, a Esquilo, Eurípides y de ahí me seguí. Después aterricé y leí a los escritores que en mi época estaban marcando una huella: Juan Rulfo, Juan José Arreola, José Revueltas, Julio Cortázar, Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, fueron mis lecturas formativas. Dostoievski también fue un autor que leí por mucho tiempo.

“Suele suceder, con harta frecuencia, que por exigencias del trabajo asalariado, por andar a salto de cama a causa del amor, o simplemente por condescender a las tentaciones no del todo interpretables del sueño (…) uno empieza a convertir la vida en un saco roto de promesas y proyectos para después, cuando haya tiempo”, es el primer párrafo de Entre peros y sin embargos, donde el autor no sólo habla de las mañas del hombre (como otra condición humana), sino que remite a las exigencias que se nos escapan de las manos y los pretextos en los que uno se va acurrucando para poder sortearlas.

En su obra Entre peros y sin embargos habla del conflicto interno entre escribir y la rutina apremiante del trabajo y los compromisos, ¿cómo le hace para no “afiliarse a la moda en turno, no darse la espalda a sí mismo o dejarse llevar por los guiños de lo insustancial”?

No tomar el oficio de escribir como una camisa de fuerza, no caer en la seducción y tentación que da el medio. No publicar en una editorial o revista importante nada más porque son grandes y me dicen: “tienes tanto tiempo para publicar”, y tengo que correr o modificar. Cuando escribo algo lo llevo a cualquier editorial y no me le quitan una coma, no me le ponen una coma. Y hay editoriales que dicen: “ah, quítale veinte cuartillas, no pasa nada”. ¿Cómo que quítale veinte cuartillas? Esas páginas a mí me costaron muchísimo trabajo, y es parte de lo que quiero decir. No puedo estar quitándole o poniéndole. “Oye, sabes qué, como los pliegos no nos dan, aumenta treinta cuartillas”, ¿y de dónde las saco? No hago ese tipo de concesiones, ni en lo social ni en lo profesional. Yo no soy un escritor profesional. A mí que me pidan escribir por encargo no puedo hacerlo, ni quiero hacerlo porque para mí la literatura es un ejercicio verdaderamente gozoso, si no disfruto lo que hago, entonces para qué. Yo no escribo para ganar dinero. No escribo para ser famoso. No escribo para que nadie me admire. Yo sé que hay un lector esperando lo que escribo, eso es todo lo que sé, y ya.

A propósito de La selva de los suicidas, ¿cuál es el compromiso que debe cumplir un escritor ante su contexto social?

Mire, yo creo que todo escritor pertenece a su sociedad y a su tiempo. Tengo que hablar de las cosas que me escuecen el alma. Eso es lo que tengo que decir. Autodestruirme en el alcohol y las drogas es un espejismo, por ahí digo “con la navaja mellada de la drogadicción o el alcoholismo”. No es cierto que el escritor sea un ser profundamente atormentado, vicioso, oscuro. Yo creo en la luz, en la felicidad y esas cosas. Aunque esta falsa imagen sea muy de mi época yo lo veo y digo: “bueno, habrá quien sí pero yo no quiero entrarle a eso”. Prefiero hablar de otras partes de la naturaleza humana. A mí me interesaría en todo caso, y por ahí están muchos de mis personajes, hablar de los que sufren y se deterioran, de cómo llegan a esa degradación moral o espiritual. Pero no voy a decir: se inyectó tal droga, tomó tal cosa, etcétera. Creo que hasta los escritores que fueron adictos tuvieron que haber escrito sus obras en períodos de extrema lucidez, porque de otra forma no hubieran podido escribir algo que valga la pena, creo yo.

En 1939 Edmundo Valadés fundó la revistas El Cuento Revista de Imaginación, donde escribieron personajes como Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, y muchos más. Entre los miembros del consejo de redacción se encontraba Agustín Monsreal.

¿Qué revista considera usted que cumple el papel de difusor e impulsor de la literatura como en un momento lo hizo El Cuento?

Precisamente yo le iba a decir El cuento. La única condición de publicar en la revista era que los que estábamos en la redacción dijéramos: éste sí, y para esto había grandes y fuertes discusiones y ése era el único requisito, que tuviera calidad literaria y que no pasara lo que se ve en muchas revistas de que si no eres de este grupo, si no te llevas con fulanito, si eres contrario a esto… aquí no entras. Ahí aprendí que lo que vale la pena es la literatura, de eso estamos hablando.

¿Recuerda algunos nombres que comenzaron publicando en El Cuento y luego fueron más reconocidos?

Mónica Lavín, Raúl Brasca, Ana María Shua, y otros más que no se me vienen a la cabeza, pero creo que todos alcanzamos a publicar ahí porque era la revista que nos abría las puertas.

¿Cuál es el papel del humor y la crudeza en su obra?

Yo creo que el humor tiene muchas facetas y creo que una de ellas es la crudeza, otra es la ironía, el sarcasmo, la crueldad, yo más bien diría que por medio del humor, en sus diferentes facetas, intento hacer un espejo y mostrarlo al lector. Creo que por medio del humor tengo acceso más directo al lector que se ve sacudido por alguna broma, alguna sátira y que diga “¡Ah, caray! Esto soy, esto somos”.

¿Podría decirme tres obras propias que le den mayor satisfacción como escritor?

De cuento, podría decirte La última miseria que tiene que ver con un curso que estoy dando sobre el ingrato placer de la venganza, cuando toda tu vida se cifra en cumplir esa venganza y una vez hecha no sabes qué sigue, parecido a la situación de estar enamorado e insistir durante tanto tiempo que cuando te aceptan ya no sabes qué hacer. También me gusta Viraje sentimental, La Fuga; de poesía: Balada del café triste; de minificción pienso en Reencarnación y Cálculos renales.

No tengo una predilección por los textos que escribo porque todos corresponden a una época de mi vida. Lo que procuro es siempre escribir obras atemporales que se puedan leer hoy y dentro de veinte años. Me parece muy satisfactorio cuando alguien habla de un cuento que escribí hace cuarenta años, eso quiere decir que toqué alguna de las fibras emocionales a las que pretendo llegar. Cuando los jóvenes se identifican, eso es lo que realmente me importa.

¿Qué opina del premio que lleva su nombre, ha leído a alguno de los ganadores?

Sí, a Chavezmaya, por ejemplo. Siento que algunos han seguido a buen paso y otros no. Alguna vez ganó un argentino cuando el premio era hispanoamericano y bueno, no paso nada con ese libro. Creo que en la cuestión de los premios hay que tener en cuenta que son tres personas que van a dictaminar y su juicio depende de muchas cosas, de su estado de ánimo, sus preocupaciones, a lo mejor están enamorados, o bien, puede ser que logren esa visión certera para poder dictaminar. Un premio ayuda a dar a conocer un autor, una obra, hasta ahí, habría que ver qué sigue. Me da gusto que esté abierto, abre la posibilidad de que se manifieste una voz literaria.

¿Está trabajando en algún proyecto actualmente?

Están en puerta un libro de minificciones que saldrá en Puebla, se llama Mínimas Minificciones Mínimas de trescientos ochenta y tantos textos que yo llamo novelas, novelas recortadas; también Los pigmeos vuelven a casa la segunda parte de Los hermanos vendedores de pigmeos otra buena tanda de minificciones; una antología de cuentos Deslealtades del destino; el libro Mamá duerme sola esta noche, que está formado de dos cuentos, mi cuento más breve, de cuatro palabras y mi cuento más largo de más de ciento cincuenta cuartillas. Eso es lo que ya está.

Mientras estoy trabajando seis libros de haikus, también estoy haciendo aforismos, más minificciones y otros dos cuentotes.

¿Y ésos cuándo saldrán?

Son libros religiosos, saldrán cuando Dios quiera. No sé cuál acabar primero, dependerá de cómo esté en los próximos días o semanas. Ya están muy cerca de terminarse, tengo uno al que le falta nada más cuatro textos pero no puedo disfrutarlo entonces mejor no lo hago. Es un libro de biografías, toca personajes famosos como Freud, Schopenhauer, Nietzsche, hago mi versión de estos señores, además de otras biografías inventadas, pero algo me pasa que estoy atorado.

Necesito sentir el placer de hacerlo.

Por Katia Rejón

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