Por Andrea Fajardo

Fotos: Cortesía

La madrugada del 15 de abril del año 1912, una mujer de origen irlandés viajaba en el transatlántico RMS Carpathia rumbo a la ciudad de Nueva York, como una de los 700 sobrevivientes del hundimiento del Titanic. Tras su llegada a los Estados Unidos, desembarcó junto a las demás personas rescatadas, en medio de la mayor expectación periodística. Esta mujer, que vivió una de las catástrofes marítimas más grandes de la historia en tiempos de paz, comenzó una nueva vida como refugiada en la ciudad de Nueva Orleans, Luisiana. Años después en dicha ciudad nació Wilma, su hija.

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Criada bajo el estricto catolicismo irlandés, la pequeña Wilma creció y se convirtió en una mujer severa, de un carácter y pensamiento inflexible, pero sobre todo: clasista. Por azares del destino, se casó con un hombre mexicano y tuvo un hijo. Ella tenía la gran expectativa de que su niño, cuando fuera todo un hombre, se casara con una mujer blanca, católica, de buena familia y de origen europeo o americano. El único aspecto donde no funcionó la fórmula de Wilma, es que finalmente la esposa de su hijo fue una mujer yucateca.

Después de mudarse a la ciudad de Mérida, de este matrimonio nació la primera y única nieta de Wilma: Itzhel Razo. Una niña profundamente conectada con la cultura de la península, cuyo sueño siempre fue aprender a hablar maya, pero que nació con el mismo fenotipo de su abuela: blanca y pelirroja, por lo que estuvo condicionada durante toda su infancia a las imposiciones educativas de Wilma, pues ella no permitiría que su única nieta fuese criada bajo las costumbres ni el lenguaje de Yucatán.

Hoy Itzhel es actriz, bailarina y dramaturga, Licenciada en Literatura Dramática y Teatro por la UNAM y egresada del Centro Nacional de Danza Contemporánea. Vive en la Ciudad de México, aprendió a hablar maya y el pasado jueves 12 de septiembre presentó el espectáculo unipersonal “Wilma”, en el marco del IX Festival de Teatro de La Rendija en Mérida, Yucatán. Un biodrama escrito, dirigido e interpretado por ella misma, basado en la historia de su abuela y de cómo ella marcó su identidad desde el momento de su nacimiento, bajo una lógica racista.

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Al entrar al foro del Teatro de La Rendija, se aprecia una tarima negra de dos niveles que ocupa todo el espacio escénico. En proscenio, una pecera con fotografías de una niña vestida con un hipil. Encima de la tarima, dos cubos blancos y una lámpara con base de tripié. Al fondo, un tejido de henequén que se extiende conectando tres columnas y formando una especie de valla.

Durante la entrada del público se escucha una grabación de palabras en maya con una rítmica particular. La actriz se encuentra sentada en una esquina del proscenio, frente a un ventilador que hace levantar su cabello. En el brazo izquierdo tiene escrito su nombre: Itzhel. En el derecho tiene escrito las palabras: “It’s hell”. De repente se apaga el ventilador y comienza la obra.

Con elementos de biodrama, teatro documental, danza contemporánea, proyección de imágenes y video, Itzhel nos comparte algunos fragmentos de su infancia en Mérida, realizando una analogía entre la educación recibida por su abuela y el huracán Wilma, que azotó el Atlántico y parte de la península yucateca en el año 2005. Esta analogía funciona en la obra como una forma de traducir, a partir del daño que puede causar un desastre natural sobre una población, el impacto que puede ejercer una persona sobre la vida y la identidad de otra.

“Los ciclones reciben siempre nombres de personas. Los nombres de los ciclones más destructivos se retiran de los registros históricos, de la misma manera que nosotros borramos de nuestra memoria los nombres de personas que nos causaron un daño irreparable”, dicta un texto de la obra.

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El recurso de ficción que atraviesa la puesta en escena, es la historia de una niña que crece como una extranjera en su propia tierra y que al no entender el lenguaje que se habla en su comunidad, no logra identificar la alerta de ciclón que se anuncia en la radio local cuando llega el huracán, y en el momento en que abre la puerta de su casa se la lleva el viento.

Esta historia parece contarse varias veces en la obra, desde distintos ángulos que involucran la ficción, la historia personal y la danza. Sobre la misma estructura se agregan testimonios de la actriz y secuencias de movimiento que ayudan a fundamentar el discurso de desplazamiento y racismo que persigue el montaje. Desde una evocación de recuerdos sobre las prohibiciones de su abuela para aprender maya, hablar con acento yucateco o usar un hipil, hasta la historia de su bisabuela en el Titanic como historia de catástrofe o las definiciones y tipos de ciclones.

—Es mitad realidad, mitad ficción. Hay una parte de verdad y otra parte que construí para hablar de otras cosas, del huracán, de la vida en las comunidades, etc., comenta la actriz en entrevista.

Uno de los momentos más potentes de la obra es cuando utiliza como recurso escénico el famoso video “Te suben y te bajan como la ardilla”, que se hizo viral en Internet en el año 2015. En realidad ese video se trata de una noticia de televisión donde los vecinos de una comunidad denuncian el abandono que sufren de parte de las autoridades, el gobierno y las instituciones de salud.

Primero vemos a la actriz representando con acento yucateco el contenido del video con exactitud. Después vemos la versión remix, con una secuencia de movimientos a partir de las expresiones físicas originales de las personas en el video. Todo muy divertido hasta ahora. Por último, vemos de nuevo el video inicial mientras la actriz repite las declaraciones que contiene, pero ahora con acento neutro. Poco a poco se acaban las risas, nos damos cuenta de la gravedad de lo que exponen estas personas y la importancia de sus reclamos, que solo caen cuando se dicen con “seriedad”. Si a eso le sumamos que se haya hecho viral y tenga mil versiones editadas para generar risa, se vuelve una forma más de racismo y desplazamiento social, porque no es un problema realmente atendido.

Con esta y otras reflexiones, Itzhel Razo desarrolla una puesta en escena extrañamente corta, que si bien no tiene una estructura lineal y anecdótica como tal, tiene un discurso y una serie de preguntas que buscan respuesta en acciones, movimientos o analogías. Acerca de la identidad y de las formas cotidianas en las que se puede manifestar el racismo, y que pueden dejar una herida de muchos años.

La iluminación no es realmente compleja y parece no estar integrada a las historias que se cuentan o imágenes que se evocan. A excepción de la escena en la que se representan las alertas de ciclón en maya, y la actriz utiliza la lámpara con base de tripié para dictar: alerta azul, verde, amarillo, naranja y roja. Aquí la luz corresponde en color y tiempo a la escena. En el resto de la obra la luz suele verse un poco aislada de lo que está sucediendo y se vuelve un elemento resolutivo, más que creativo.

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La imagen del huracán en particular es representada con una danza que realiza la actriz, llena de potencia física y emotiva, desplazándose desde proscenio hasta el tejido de henequén que se encuentra al fondo de la escena. El movimiento está acompañado por sonidos guturales, que representan el momento en el que el cuerpo es arrastrado por el viento y lucha contra el mismo.

—Utilizo el cuerpo, la respiración como una forma de huir de Wilma. Es una persona la que te agrede, la que te cambia, la que te modifica o te violenta.

Como lo puede hacer un huracán.

—Para mí es muy fuerte porque pues obviamente yo quiero mucho a Mérida, la cultura yucateca, me siento parte de… Pero hay otra parte de mí que está completamente separada de eso, que tiene este choque de doble realidad. Mi nombre es Itzel pero tiene una H en medio. A mi mamá le gustaba mucho ese nombre. Wilma casi se muere cuando se enteró de que me iban a poner así. Entonces decidió ponerle una H entre la Z y la E para que no parezca un nombre indígena. Desde mi propio nombre ya hay una marca. Ella marcó mi destino, marcó mi personalidad.

Hablar de racismo siempre ha sido complejo. Es un tema con muchas variables y, como casi todo, no se puede abordar sin mirar hacia un contexto específico. Personalmente pienso que la obra “Wilma” no logra profundizar a gran escala el tema del racismo en todas sus dimensiones (al menos en Yucatán). Sin embargo sí en el de la identidad de una persona y los efectos contraproducentes de ciertas prácticas racistas o clasistas en el núcleo familiar. Es una gran historia, con gran potencial para volverse aún más compleja y quizá abarcar más realidades. Un cuerpo que a partir de sí mismo se ve reflejado en otros.

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