Edna Rodríguez, Ednushka, es la mujer con quien Fernando pasó los últimos cinco años de su vida y tuvo una hija. Actualmente ella tiene dos niños, un esposo y un montón de recuerdos para compartir. Quería que ella contara lo que vivió con Fernando, sin embargo, me encontré con que yo tenía el ticket número equis y cacho, que ya antes le habían pedido lo mismo, y ella ya había comenzando a tejer su historia.

MN: Me comentabas que estás escribiendo un libro acerca de lo que vivieron juntos, ¿cuándo decidiste escribir esto y por qué?

E: No estoy segura, pero yo diría que hace poco porque llegó mi momento. Cuando Fernando murió escribí muchísimo, pero para nada pensando en escribir un libro, más bien necesitaba contarle a mis amigos cómo me sentía, quería expiar mi culpa, contar detalles que me ayudaran a entender mejor lo que pasó y lo que pasaba conmigo. Estaba ensimismada en mi dolor, hasta que al fin un amigo me puso en mi lugar: “Creo que muchos queremos conocer a Fernando Paredes, el que tú conociste y nosotros no”. Tenía razón, así que me di cuenta que no estaba preparada para hacerlo y dejé de escribir. Con tantos cambios en mi vida y mudanzas, fue bien difícil darme tiempo para leer, mucho menos para retomar la escritura. Sin embargo, la necesidad de hacerlo no se murió nunca, sólo estuvo en pausa. Hace poco vi una convocatoria para un concurso de literatura, justo después de haber leído varias novelas que me pasaron este año. Fue en junio cuando terminé de leer el libro autobiográfico de Vargas Llosa, y al cerrarlo pensé “yo también quiero contar mi historia”, lo que para mi suerte coincidió con los tiempos de aquella convocatoria.

Ahora estoy más tranquila, nos hemos establecido temporalmente en una ciudad, mis hijos y mi esposo son muy cariñosos conmigo, mi mente está más clara. Algo bien importante aún, es que ahora vivo sin remordimientos, lo que me brinda una perspectiva más amplia. No es lo mismo escribir con dolor y culpa que hacerlo estando en paz con mi pasado. Me permite recordarlo con más objetividad y creatividad. Ahora quiero escribir este libro para mis amigos, y con esto incluyo también, tanto a los que quizás jamás conoceré pero que recibirán con agrado mis textos, como a los que se hicieron amigos de Fernando al leerlo, aunque no lo hayan conocido, amigos que quisieran conocerlo ahora a través de mí.

MN: ¿Cómo conociste a Fernando?

E: Por Internet. Él escribía cuentos en una comunidad virtual en la que ambos participábamos, una vez comentó un escrito mío y a partir de ahí supe de él, me gustaron tanto sus cuentos que le comentaba todo lo que publicaba. Después nos hicimos amigos por chat, y unos meses más adelante nos pusimos de acuerdo, tenía muchas ganas de conocer al tipo detrás de “Aristidemo” (su seudónimo). Viajé de Puebla a Aguascalientes sin conocer la ciudad, sin saber nada bien de él. El plan era regresarme a los siete días, pero cuando ya me iba, me pidió que me quedara, y yo, por supuesto, acepté. Viví con él los últimos cinco años de su vida.

MN: ¿Él se consideraba a sí mismo un escritor?

E: Sí, así tuvo que ser. Él sabía que escribir lo transformaba. En su momento, incluso, tocó varias puertas para que le publicaran; muy joven viajó a Xalapa en busca de oportunidades, él quería vivir de la escritura. Lo paradójico del caso es que eso no pasó. Ni siquiera cuando ganó el concurso del ICA (Instituto Cultural de Aguascalientes). Nos reíamos porque ironizaba al respecto: “Éste es el único concurso en el que se me ocurre participar, para que gane y no haya dinero de por medio: Grandioso”.

MN: ¿Qué amaba Fernando y qué cosas le parecían insoportables?

Lo diré con sus propias palabras: ¿Qué amaba? “Comer, cagar y conversar. En ese orden”. ¿Y qué odiaba? “Mi secreto es que odio a todos”.

MN: Tú que lo conociste en la cotidianidad, ¿cómo era? ¿sus personajes, su narrativa son un reflejo de su vida personal? ¿qué tan apegadas son sus historias con su forma de ver la vida?

E: Una vez le comenté algo cuando todavía no lo conocía en persona: “Pienso que tus personajes son muchos, pero a la vez son uno mismo, se me antoja pensar que eres tú, solitario y versátil”. Le pareció atinado. Ahora podría corroborar la premisa de que su narrativa fue un producto de su experiencia y su imaginación, y los conocimientos que él poseía, ampliaban estos dos campos. Él, desde luego, no estaba casado con la realidad, sino con contar algo que lo satisficiera.

¿Cómo era él en la cotidianidad? Se me ocurre que la respuesta depende del ángulo en que se le mira. Estoy convencida de que él mismo respondería algo distinto a lo que yo pudiera decir, y no sería la misma respuesta si hiciéramos esta pregunta hace unos años atrás, hoy, o en los próximos años. Aún así, de eso versará mi libro.

MN: ¿Quiénes eran sus escritores favoritos?

E: Fernando Pessoa, Salvador Elizondo, Elena Garro, Nietzsche, Jorge Ibargüengoitia, Rubém Fonseca, Charles Bukowski, Günter Grass, Heinrich Böll, Kafka. Estos me vienen a la mente primero, pero debieron ser más.

MN: ¿Cuál era el cuento que más le gustaba leer y compartir?

E: El primer cuento que me leyó fue el de Pessoa: Tabaquería. Y si él debía contar algo suyo en auditorios casi siempre pretenciosos, procuraba que no fuera muy largo y que fuera efectivo para que los escuchas rieran. Por ejemplo: Matamoscas, La mundialmente desconocida poetisa Candela Farías, De cómo preparar virulea-
nos y textos por el estilo.

MN: ¿Qué es lo que más recuerdas de Fernando?

E: Basta con asociar cualquier pensamiento aleatorio, para tener un recuerdo claro de él. Tomaré uno: Lo recuerdo solo, cada quien ocupado en algún cuarto de la casa, a sabiendas de que estábamos ahí, uno cerca del otro. Yo estaba en la computadora, él con un libro. Por supuesto, tenía que haber música. Él siempre la elegía. Eso me agradaba mucho porque era un melómano, y por lo tanto tenía un gusto muy fino y amplio que adaptaba al horario, al humor, al clima, a todo en su conjunto. Me complacía escucharlo reír desde mi cuarto, porque se podía uno dar cuenta que lo disfrutaba muchísimo, y no era una, sino dos o más veces. Se le oía pararse del sofá y caminar ida y vuelta leyendo en voz alta hasta que hallaba la cadencia, el ritmo, ¿su revelación? Aquel lo era, según yo, un indicio de su felicidad.

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