Por: Jess Ayala

Ilustración de Carol Santana

Cuando era una chiquita me encantaba ver los concursos de belleza. A mis seis años, sin saber en lo que me convertiría tiempo después, tuve la audacia de sentirme identificada con aquellas mujeres hermosas, delgadas y de piernas largas. “Voy a estar preparada para cualquier pregunta y seré la más cool”, me decía a mí misma. Estaba convencida que necesitaba ser “una niña bien”, o sea, cumplir con el estereotipo de belleza que veía en las revistas y en la televisión. Me instalé ese chip en la cabeza y hasta me prohibí pertenecer al grupo de la “gente fea” (yas, así de intensa). 

 

El problema para alcanzar lo que más deseaba inició en la secundaria, cuando sufrí de bullying solo porque un grupo de personas decidieron que yo no encajaba. Fue un duro golpe a mi autoestima y seguridad, porque cumplía con todos los “requisitos”: flaca, alta, con cara bonita; además en cada bimestre estaba en el cuadro de honor. Entonces, ¿cuál era el problema?

Llegué a la preparatoria con el terror de seguir siendo víctima de burlas y señalamientos únicamente por el hecho de no agradarle a la gente, but guess what, tuve la fortuna de encontrar buenos amigos y personas amables, al fin pude ser yo misma sin tener que fingir. El miedo desapareció poco a poco y me concentré en no reprobar ninguna asignatura. Entre las  matemáticas y mi nueva vida social, ya no tenía tiempo de pensar en qué Miss podía llegar a ser, así que mi nuevo sueño se convirtió en escribir para alguna importante revista de moda (thank you, The Devil Wears Prada). Mi forma de pensar no había cambiado mucho: vivía con demasiados prejuicios, me guiaba por role models inalcanzables y aún quería ser bella y agradable ante todos porque creía que era lo correcto

Como si fuera la parte del clímax en la novela de mi vida, un día todo cambió de camino a la preparatoria. Me bajé del camión muy alterada porque sentí la erección de un sujeto. Estábamos atrapados entre mucha gente, pero supe que fue intencional porque recuerdo su respiración agitada en mi nuca. Para ese entonces estaba acostumbra a las miradas lascivas, piropos y griteríos de hombres cuando me encontraba caminando sola por la calle, incluso acompañada de mi mamá y mis amigas, pero hasta ese momento nunca me habían tocado

Después de encerrarme a llorar en el baño como si no hubiera mañana, logré calmarme; pero dentro de mí se encendió una pequeña llama que, enseguida noté, se trataba de una profunda frustración. Ese sentimiento en particular fue creciendo hasta convertirse en ira cada vez que un desconocido se atrevía a hacerme saber de alguna manera que yo era atractiva. Estaba harta del acoso callejero. Para empezar, dicho término ni siquiera existía en el 2007, por lo tanto, no podía nombrar lo que vivía diariamente camino a la escuela y de regreso a casa

En el 2011 inicié la universidad, también empecé a desear ser invisible al darme cuenta de lo que representaba mi cuerpo para los hombres. Ya no tenía ganas de ser bonita ni agradable para las personas, solo quería respuestas. Y entonces, el feminismo llegó a mi vida para hacerme entender cómo funciona el mundo para nosotras. 

Supe que hemos vivido en total desventaja, que somos vistas como objetos de consumo y que nuestro principal enemigo es el sistema patriarcal y no los hombres, como muchas personas creen cuando te escuchan decir “soy feminista”. Gracias a la escritora Chimamanda Ngozi que aseguró que “despojar a la palabra de connotaciones negativas y reinventar su significado es el primer paso para resolver el problema de la desigualdad de género”, dejé de agobiarme por introducir la palabra feminismo en mi agenda diaria, donde usualmente cuestionaba todo lo que supuestamente debía ser y hacer. 

Fue un verdadero alivio perder el miedo a decirla en voz alta porque carga con tantos estigmas que, en  pleno 2019, sigue siendo vergonzoso para algunas mujeres admitirse como parte del movimiento. Al mismo tiempo entendí que no merezco ser acosada por nadie, que no tengo por qué cargar con un gas pimienta para sentirme segura y que por nada en este mundo tengo que cumplir con las expectativas de una sociedad machista, así es, me refiero a verme como una diosa inalcanzable, casarme y tener bebés (solo por mencionar algunas cosas ridículas que nos piden).

Poco a poco comencé a verme en cada mujer que lucha contra todo para mantenerse fiel a sí misma, que responde muy vivaz ante cuestionamientos machistas, que está orgullosa de su cuerpo y decide alzar la voz para reclamar justicia, incomodando a la sociedad y a nuestro Gobierno

Ellas me contagiaron de su enorme valor para seguir en esta lucha contra un Sistema que no nos da tregua y parece no tener fin, al menos no pronto. Ellas me aceptaron tal como soy. Ellas me guiaron durante mi complejo proceso de deconstrucción. Ellas también fueron las primeras en brindarme su apoyo y creerme cuando al fin me atreví a decir “a mí también”. 

Ellas sí me representan

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