Por: Yobaín Vázquez Bailón

Ilustración de Luis Cruces Gómez

No nos hagamos mensos: leer no es un acto inocente. Pese a lo que muchos creen, la lectura va más allá de saber interpretar letras y dejarnos seducir por historias o poemas. Es un acto político: tanto puede generar movimientos sociales como mantener el estatus quo y los privilegios. Por desgracia, la lectura en este siglo no sirve para gran cosa, no tiene carácter para renovar el pensamiento. Usando la metáfora de Kafka, los libros de ahora no son un hacha que rompe el mar helado, sino apenas un alfilercito.

Pero no me hagan mucho caso.

Esta visión sombría surge, precisamente, porque no hemos sabido leer correctamente. O mejor dicho, no hemos sabido leer a las personas correctas. Las mujeres poseen la capacidad de  transformar este maremoto de libros irrelevantes, de lecturas que siguen una tradición anquilosada. ¿Por qué? Porque cuando una mujer escribe, lo está haciendo contra todo un sistema de creencias, de representaciones, de prejuicios y de impedimentos económicos e incluso sentimentales. Lo que surge de ello es una cosa rara, algo que se nos ha olvidado y que uno puede leer entre líneas: honestidad.

No voy a caer en el ridículo de aseverar que existe una sensibilidad o una mente femenina, que hay una identidad particular en ellas que las hace únicas y diferentes. No, lo que hace diferente a una escritura de mujer es que transgrede el canon con el solo hecho de hablar de sí, de tomar las riendas de sus propias historias y voces.

Ah, pero no me vayan a salir con que siempre han existido escritoras de renombre. Nadie lo niega, ¿pero cuál es su relevancia frente a escritores consagrados? A lo mucho se les toma por extravagantes. ¿Por qué el boom latinoamericano es primordialmente masculino? Porque a las escritoras se les condenó a lavar platos. ¿Por qué en el siglo de oro español predominaron los hombres? Porque a las escritoras se les condenó al silencio. ¿Por qué la narrativa norteamericana adora a los machitos como Faulkner, Hemingway y Bukowski? Porque las escritoras fueron condenadas a ser su sombra.

Lo espantoso de esto es que por siglos, no, por milenios, nuestra mente ha sido modelada por lecturas con voz de varón, con opiniones y puntos de vista de patriarcas. Incluso las dos novelas más importantes donde los personajes principales son mujeres, fueron escritas por hombres: Flaubert y Tolstoi, y para colmo, les dieron finales trágicos. Por eso mismo, hasta el día de hoy, cuando alguien empieza a escribir no lo hace desde cero, carga consigo un montón de clichés y lugares comunes heredados por una tradición masculina.

Esto hace que las posibilidades narrativas se estanquen. Todos los hombres, en todo el mundo, tenemos los mismos privilegios. De ahí que un escritor del Congo y uno de Argentina tengan la misma óptica, pues escriben desde y a partir de ese privilegio. Por ejemplo, ¿qué otra cosa puede decir un escritor hombre heterosexual sobre el amor? Todos escriben lo mismo y reproducen lo mismo: celos, inseguridades, objetivación de la mujer. No se les ocurre que hay otras maneras de relacionarse, que existe una diversidad sexual por explorar, que incluso redundando en sus experiencias amorosas, puede haber un mundo íntimo que ni siquiera se atreven a mirar, porque ya se sabe, lo intimista es de mujeres. Esta ceguera es lo que Chimamanda Ngozi Adichie llama el peligro de la historia única.

Leer a mujeres, entonces, es algo revolucionario porque nos invita a redescubrir el mundo. Las perspectivas que ofrecen son totalmente distintas y refrescantes de la virilidad que abunda en la literatura. Se fijan en detalles que a los hombres se les escapan o que no les interesa retratar. Pone de cabeza lo que creemos de temas en donde los varones son “expertos”. Nos obligan a pensar diferente, a ser más empáticos, en algunos casos, incluso nos enseñan a callar. Tener una opción preferencial por escritoras no es solo una moda; es una obligación moral y, perdón si desvarío, una obligación espiritual

Orita se los explico.

Antes tengo que confesar con vergüenza: de los aproximadamente 500 libros de mi biblioteca, solo 74 de ellos son escritos por mujeres. No es algo inusual en bibliotecas más especializadas, públicas o de cualquier otra persona. ¿A qué se debe esto? Primero, la desigualdad con que las editoriales publican a hombres y mujeres. Segundo, la poca accesibilidad de las mujeres para escribir y ser publicadas. Tercero, la pobre importancia que se les da a los libros escritos por mujeres. Es más probable que alguien se atreva a leer el libro de un autor desconocido que el de una autora medianamente popular. Al día de hoy, algunas escritoras todavía usan las iniciales de su nombre para hacerse pasar por hombres.

Tenemos una obligación moral de resarcir esa falta de interés por lo que las mujeres escriben. Hay gente que argumenta que escoger un libro por el género del autor no garantiza una buena lectura. No, pero de entrada nos hace más perceptibles a que existe una injusticia y que no se trata de cubrir cuotas, sino de aventurarnos, darnos un chance de sorprendernos. Tenemos una obligación espiritual de permitirnos sentir experiencias que no son masculinas, sea lo que eso signifique, y replantearnos toda una educación que rechaza lo femenino o simplemente lo que está hecho por mujeres.

También debo confesar con orgullo que de esos 74 libros escritos por mujeres, me han llenado mucho más que otros, y los recuerdo con cariño porque me pusieron en jaque. A veces me sorprendo con qué facilidad puedo decir hacia qué rumbo lleva un hombre sus historias, pero cuando leí a Doris Lessing topé contra pared. Tiene un cuento sobre un grupo de trabajadores que ven a una mujer bronceándose en el techo de su casa. Todos la miran con morbo, menos uno; y hace lo posible por conversar con ella. Pensé que ahí se iba a desarrollar una historia de amor. Pero Lessing se encarga de des-idealizar el evidente acoso y recalcar que a las mujeres a veces solo les interesa broncearse

Son esos pequeños giros los que hacen diferencias enormes. Y ahí tenemos también a Nellie Campobello. Mientras los novelistas de la revolución se encargaron de retratar heroicas escenas de guerra y hombres bragados, ella optó por algo más sencillo. Cartucho es un libro experimental, diría yo. Son cuentos o prosa, sin hilo aparente pero sujetos a una misma voz narrativa: la de una niña. Nadie se imaginó contar la revolución desde esa perspectiva, y Campobello lo hace con gracia y belleza. Le importan más las víctimas, la gente de carne y hueso, y no los personajes históricos de bronce.

Apenas pude leer a Svetlana Alexievich y ha sido una revelación. Cuántas novelas, testimonios, crónicas y demás textos hay sobre la II Guerra Mundial. Es curioso que de todo eso nadie hubiera contado acerca de las mujeres que estuvieron allí, no como enfermeras, sino como combatientes. Alexievich se dio a la tarea de rescatar sus historias en el libro La guerra no tiene rostro de mujer. Es ahí donde me pude dar cuenta que hay narrativas que están ocultas y es importante sacarlas a la luz. Las mujeres contaban la guerra no desde un discurso nacionalista y honorable, sino desde el dolor, lo visceral y poco noble que es matar a otro ser humano. ¿Notan la cachetada y lo subversivo que es contradecir una historia que se cuenta de la misma forma por las mismas personas?

Leer a mujeres te hace revolucionario, pero leídas bien, porque con ellas empezamos a cambiar nuestras estructuras mentales, muy dadas al patriarcado. Leer a mujeres te hacer revolucionario porque, leídas bien, te quita lo misógino, lo ciego, lo prejuicioso. Y si una escritora nos hace revolucionar el mundo con el hecho de leer otras ideas, de experimentar sensaciones distintas, de maravillarnos con metáforas nuevas o plantearnos deducciones con herramientas menos toscas, la realidad dejará de ser menos culera de lo que ahora es por influjo de lecturas varoniles, masculinas, de machitos.

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