Por: Andrea Fajardo

Fotografías de Victoria Panti

Por Nadia, por Mara, por Rubén, por los 43, por todos y todas las que faltan.

Nacida en la ciudad de Comitán, Chiapas, Nadia Dominique Vera Pérez fue una niña inteligente y voluntariosa que siempre creyó en la posibilidad de construir un mundo diferente, justo y digno para todas las personas. Ávida lectora, de una curiosidad implacable, era de las niñas que trataba de resolver cualquier injusticia que se presentara en su escuela, o que iba por el mundo queriendo proteger y rescatar a todos los animales que estuvieran en peligro.

Al crecer se convirtió en antropóloga social, productora artística y activista por los derechos humanos y la libertad de expresión. Fue integrante de la Asamblea Estudiantil de Xalapa, Veracruz (lugar donde estudió) y del movimiento #YoSoy132. Entre 2012 y 2014 participó en movilizaciones estudiantiles que se pronunciaban contra los gobiernos de Javier Duarte y Enrique Peña Nieto. En varias de estas manifestaciones fue detenida, secuestrada, golpeada y amenazada de muerte. A principios del año 2015 decidió buscar refugio en la Ciudad de México y el 31 de julio del mismo año, en un departamento de la colonia Narvarte, fue asesinada.

Ante el dolor de la pérdida y el abandono de las instituciones de justicia, su madre, la escritora chiapaneca Mirtha Luz Pérez Robledo, tradujo el duelo en poemas y le dedicó a Nadia un libro titulado La muerte no es todavía una fiesta.

Editado por Segunda Vuelta en el año 2018, este poemario es un canto a la memoria y la resistencia de lo que significa la muerte en México. Una confesión dolorosa del vacío que deja la muerte de un ser querido a manos de la violencia, pero también una celebración de su vida y los recuerdos compartidos. Como lo nombra la autora, son “cantos de resurrección” que traen a nuestros ojos la presencia de Nadia en la voz de su madre, y un intento de Mirtha por reconstruirla en palabras para no olvidarla.

“En una analogía, le he llamado archivo a lo que pensamos y repensamos durante el proceso de duelo que cierta estoy no termina sino hasta que quien lo padece muere también, no sólo no termina sino que se recicla cada vez que el pensamiento se vuelve repetitivo y aumenta esta angustia cuando a la violencia sufrida por el ser querido se une la violencia institucional y la indiferencia de las mismas instituciones para con el ciudadano que queda doblemente violentado y abandonado” (Mirtha Luz Pérez, 2018).

Pasta dura, textura corrugada de color lila y en la portada un corazón cuyas venas son flores. Al abrir: Nadia, en palabras y en imagen. “Iluminas esta oscuridad” es la frase que acompaña a su rostro en la tercera página. Todo inicia con el recuerdo del día que Nadia llegó al mundo como una suerte de resurrección, y la premisa de la muerte como algo que suspende el tiempo y nos coloca en un intersticio donde es difícil asumir que alguien ya no está, por lo que termina estando aquí y allá al mismo tiempo.

A través de cantos que arrullan y conjuros que invocan, la autora nos hace parte de su duelo como un proceso en el que escribir es su forma de sembrar el recuerdo de Nadia, como el de todas las mujeres y los jóvenes que se han ido a manos de la violencia en México. Escribe como navegando en el mar abierto donde quedan los familiares de las víctimas cuando el sistema de justicia los coloca en una lista de espera. Expone el anhelo por volver a compartir un momento con su hija, al mismo tiempo que señala la responsabilidad del Estado para dar respuestas y soluciones efectivas no solo a los casos individuales, sino a la estructura que propicia este nivel de violencia:

Dicen que cuando dicten sentencia una calle para tu nombre reparará el daño

pero yo quisiera una calle

donde tú y yo camináramos juntas

[…]

Una calle para tu nombre no repararía el daño en este país de sombras

tendría que ser una calle donde una mujer pudiera

caminar segura

tendría que ser una calle donde cualquier persona

pudiera caminar de noche sin sentir miedo

Con un lenguaje tierno y nostálgico, como un abrazo para el ser querido que se pierde, este libro ofrece una perspectiva sobre lo que, para Mirtha, está más allá de la muerte: el amor. Desde su mirada, la pérdida no sólo remueve las emociones y el dolor, sino también la imaginación. Abriendo un espacio para crear algo, con la posibilidad de tejer vínculos entre las tantas historias de pérdida, muerte y desaparición que se narran en México.

En el caso de Nadia, también conocido como “Caso Narvarte”, donde además de ella murieron otras tres mujeres y el fotoperiodista Rubén Espinosa, hasta el día de hoy no se han logrado esclarecer los hechos de manera tal que se conozcan los motivos reales del multihomicidio. Según la Plataforma para la Memoria del Caso Narvarte de Article 19 “No se tomó en su momento como principal línea de investigación la labor periodística de Rubén ni la defensa de derechos humanos de Nadia. No se tomaron en cuenta el contexto macrocriminal de Veracruz, tampoco las amenazas y persecuciones que sufrió el fotoperiodista” y Nadia. Al contrario, el crimen fue relacionado con un contexto de robo, sexo servicio y narcomenudeo, a partir de la filtración de información personal y criminalización de las víctimas.

En México hoy es el Día de Muertos. A mi parecer, la tradición más bella y entrañable que he conocido. Sería extraño pensar por qué Mirtha llamó a su libro: “La muerte no es todavía una fiesta”, siendo el Día de Muertos una de las celebraciones más importantes y significativas para la cultura mexicana y una época para, precisamente, honrar a los seres queridos que ya no están. Pero en un país donde el sistema de justicia opera desde la indiferencia y el olvido ante las muertes violentas, con cifras que superan los 20 mil homicidios por año, 9 mujeres asesinadas al día,  40 mil desaparecidos y más de 37 mil muertos sin identificar, hasta resulta ingenuo sostener una idea romántica del Día de Muertos. Y no dudo que para muchas familias mexicanas esa muerte, cruda e incierta, sea todo menos un motivo de celebración.

Para nosotros el reto es no bajar la guardia en el acto de denuncia y visibilización. Aprovechar estas y otras fechas para recordar esas muertes con más fuerza, tomar los espacios que tenemos, poner altares que las honren como acto político si es preciso. No dejar de nombrarlas, escribirlas, leerlas, cantarlas… Como lo ha hecho Mirtha en su poemario. Celebrar su vida y su valentía, pero también dejarle claro a la estructura patriarcal y genocida en la que vivimos que no hay perdón ni olvido

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