Por: 0147AB3

Ilustración de Luis Cruces Gómez

 “Ya eres un niño grande”, dice el amigo que hiciste en un grupo de empoderamiento. Se refiere a ese punto en el que uno puede ir a la clínica y recibir medicinas sin necesidad de pasar a consulta. Te ves en un momento de relativa madurez porque a partir del diagnóstico iniciaste un proceso de trámites y papeleos que duró meses. Por fortuna no fuiste diagnosticado en un laboratorio particular donde quizás no habrías tenido la orientación y el acompañamiento que sólo una persona que ha pasado por lo mismo sabría brindar, algo que sí tuviste en una asociación civil especializada.

“Ya soy un niño grande” te recuerdas mientras llegas a la clínica un martes a las 8 de la mañana. Sólo vienes a recoger medicamento, aunque no sabes cuánto vas a tardar porque hay mucha gente. Lo usual es venir los fines de semana y ver la sala de espera vacía. Hoy está lleno. Tampoco es que el CAPASITS junto al Hospital O’Horán sea tan grande, pero no te había tocado verlo tan saturado como si se tratara de cualquier otro servicio de salud público. La diferencia aquí es que sabes que en esta clínica todos están por el mismo motivo. ¿Qué hacer ante tanta gente? ¿Cómo reaccionarías si te encontraras una cara conocida? ¿Qué van a pensar de ti?

Los Centros Ambulatorios para la Prevención y Atención en SIDA e Infecciones de Transmisión Sexual, o CAPASITS, son clínicas donde brindan atención especializada (médica, psicológica y dental) a las personas que viven con VIH/SIDA y otras infecciones de transmisión sexual. Estos centros se crearon en el 2003, mismo año en el que se reformó la Ley General de Salud y se logró el acceso universal y gratuito a las pruebas de carga viral y al medicamento antirretroviral, incluso para las personas sin seguridad social. En Yucatán existe un centro en Ticul y otro en Valladolid, además del que hay en Mérida.

A pesar de que hay mucha gente, debes quedarte y aprovechar que hoy sí pudiste hacer tiempo para venir. El tema es complicado, en el trabajo no saben de tu estado y el hecho de que desde hace unos meses empezaras a pedir permisos con tanta frecuencia te genera temor de levantar sospechas. A fin de cuentas, por más «mente abierta» que sea una empresa, siempre pueden ver como inconveniente a un empleado que viva con VIH. Sin embargo, salirte de ese trabajo no es una opción. Necesitas ese ingreso, quizás ahora más que nunca por el riesgo de desabasto.

Hace poco se puso un anuncio que decía: “la vigencia para el surtimiento de sus antirretrovirales será de 5 días después de la fecha de expedición”, lo cual quiere decir que si no te es posible ir por el medicamento en los primeros 5 días que indica la receta, tal vez no recibas el medicamento. Hoy sí pudiste llegar, a diferencia del otro día cuando se te hizo tarde y pensaste en cómo y dónde podrías conseguir tus pastillas. La opción de comprarlas no es sencilla: un mes cuesta entre 3,000 y 5,000.

Te llama la atención que el anuncio de los 5 días de vigencia haya aparecido ahora que se escuchan muchos rumores del posible desabasto. Por ejemplo, antes daban 6 recetas para asegurar el medicamento para los siguientes 6 meses, pero ahora sólo te dan para dos meses porque no se sabe si habrá en existencia. Te asusta la incertidumbre de que tal vez no contarás con el medicamento para el siguiente mes.

Piensas en opciones por si nada se resuelve. Si alguien tiene el mismo esquema que tú, puede prestarte pastillas; si no, hay que comprar. Sabes que sólo dos farmacias tienen antirretrovirales. Sin embargo, no hay garantía de que tengan tu esquema –existen alrededor de 30 pastillas diferentes y la cifra aumenta si tomamos en cuenta sus combinaciones. Una pastilla, el nucleósido, controla la reproducción del virus y la otra, el inhibidor de proteasa, regula la cantidad del primer medicamento en la sangre. De nada serviría tomar sólo una y es poco probable que alguien te preste las suficientes como para cubrir un mes. Tampoco es opción pasar mucho tiempo sin medicarse porque el virus tiene memoria: si, por ejemplo, te saltas tu medicamento los fines de semana para guardar esas pastillas, el virus aprende que debe reproducirse con mayor intensidad en ese periodo. Le llaman resistencia cruzada.

Toda esta incertidumbre tiene relación con el cambio de gobierno. Las nuevas transformaciones implican la revisión y reestructuración de absolutamente todo lo que tenga que ver con VIH/SIDA en cuestiones de salud pública: qué dependencia debe regular los procesos de compra y distribución de medicamentos, a qué farmacéutica se le comprarán las patentes de antirretrovirales o, en todo caso, si se optará por comprar medicamentos genéricos cuya calidad no siempre está comprobada. 

Tal vez sea correcto dejar de comprarle a una farmacéutica que gana millones lucrando con una licitación obtenida de forma dudosa durante el gobierno anterior (porque claro que el capitalismo tenía que hacer negocio con la salud de quienes vivimos con VIH), pero antes habría que asegurar a otro proveedor para garantizar el abasto de medicina. Antes de ejecutar la transformación hay que contemplar los daños colaterales y ofrecer una solución a estos.

Sigues esperando, pero aunque tienes la receta en la mano, no logras sentirte seguro. Has escuchado que si la farmacia ya no tiene tu esquema, te pasan con el médico para que te asigne otro, uno que sí puedan surtir. Esto lo hacen sin justificar que tu esquema original ya no te funciona, como si fuera tan fácil adaptarse a los efectos secundarios de otros medicamentos. Todo esto hace evidente que tu salud y la de muchos otros no es prioridad para un gobierno que no pensó en qué pasaría si la estrategia contra la corrupción terminara dejando sin medicamentos a tantas personas.

Ya casi llega tu turno. Antes de ti pasa un chico que recoge el mismo esquema que el tuyo. Esperas que no te digan que él se llevó lo último que quedaba. Te llama la atención que, aunque ambos toman el mismo medicamento, él tiene los ojos amarillos. Por eso te chingas dos litros de agua diarios, para no tener los ojos así. Hay quien no puede revertir esto con sólo tomar agua y tiene que tomar una tercera pastilla para fortalecer el hígado. ¿Qué pasará si a una de esas personas le modifican el tratamiento? ¿Cómo reaccionará su cuerpo? Te haces más y más preguntas para las cuales no tienes respuesta, por ahora no importan: ya te surtieron. Te tranquilizas y pides un uber para llegar en chinga al trabajo y no levantar sospechas.

Si te gustó, comparte: Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on Tumblr