Por Yobaín Vázquez Bailón

Ilustración: Luis Cruces Gómez

Aunque originalmente el Día Universal de Niños y Niñas se celebra el 20 de noviembre, en México se conmemora cada 30 de abril. Es un sector de la población, que como todos, se encuentra en diversas condiciones. De acuerdo con la Unicef, de los casi 40 millones de niños, niñas y adolescentes, más de la mitad se encuentran en situación de pobreza. Romantizar esta edad no nos ha servido de mucho para el avance del respeto a sus derechos. Yobaín Vázquez Bailón propone una trilogía de Niños en el Metro, que son tres estampas de niños, niñas y un adolescente en el metro de la Ciudad de México. Acá la tercera:

Lee la primera aquí y la segunda acá. 

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Hay suposiciones que pueden ofender, pero si aquellos niños tienen camisas del Tigres, es porque lamentablemente le van al Tigres de Monterrey. Es lamentable porque este día juegan contra el América. No hay nada peor que subir al Metro con una declaración beligerante. Es el Metro. Ahí deben abundar americanistas y, otra vez con las suposiciones ofensivas, los aficionados del Águilas no suelen comportarse civilmente con los contrincantes. Es más, no suelen comportarse y punto.

El América es el equipo local, pero curiosamente no se ve ninguna bandera o playera que los apoye. Será la prudencia o el miedo, es imposible radiografiarlo en el Metro. Me parece raro que el padre de los niños lleve una camisa negra, ¿no alcanzó a lavar su playera del Tigres a tiempo o el miedo no anda en burro? A lo mejor piensa que los niños son respetados o simplemente los usa como escudo humano.

México tiene una relación tóxica con el América. Una encuesta de Consulta Mitofsky reveló que este equipo se posiciona como el segundo favorito en el país con un 20.9% de aprobación, pero también ocupa el primer puesto en ser el más odiado con un 37.4% de desaprobación. Esto nos habla que si bien tiene una gran afición, también tiene detractores que no los tragan hasta el punto que un lema no oficial del América es: ódiame más.

Pero de eso no saben los niños. Uno de ellos es reservado, güerito y con lentes. Parece molestarle compartir un espacio reducido y poco iluminado, amén de los olores extraños de las otras personas. Al otro no parece importarle, es moreno, gordito y no para de hablar. No se le despega al papá y le pregunta a qué hora empieza el juego y hacia qué dirección van.

Es indudable que se dirigen al estadio Azteca, esa construcción sesentera que aún es la ilusión de muchos. Esos niños provincianos van a ver por primera vez (otra suposición ofensiva) las masas con camisas amarillo chillón del América. Escucharán un escándalo de tambores, trompetas y chinguesumadres; olerán la cerveza y el sudor y el pasto recortado. No es que ellos nunca hayan experimentado eso, pero el estadio Azteca les potenciará esa sensación por mucho.

El Metro los entrena para las aglomeraciones, la hediondez y el ponerse abusados. El niño gordito me gana un asiento libre y desde allí conversa con su papá con acento norteño. Debería guardar silencio como los demás o disimular el acento. Tiene todo para que le den un zape y el papá lo sabe, le da el avión o responde con monosílabos. Él sabe que se ha equivocado, los regios pamboleros no deberían viajar en Metro. Corrección: ningún pambolero debería ir en Metro con los colores de su equipo y la bocota de su hijo. Los ánimos pueden caldearse en cualquier momento.

El futbol mexicano se ha tornado violento. Daniela Muñoz reportó para la Silla Rota que: “en el arranque del Apertura 2018, hasta la jornada cinco, alrededor de 75 personas fueron detenidas por incidentes violentos adentro o fuera del estadio”. Llevar niños a ciertos estadios es un riesgo que muchos padres de familia toman en cuenta. Sobre todo si los equipos cuentan con barras bravas, los choques pueden ser brutales. El América tiene el apoyo de la barra La Monumental y el Tigres de los Libres y Lokos. El peligro está latente.

El otro niño es el que da el ejemplo. También se sabe vulnerable por su color de piel, todos saben que a los güeritos se les pendejea fácilmente. Más si tiene cara de nerd. Más si el Tigres es su equipo heredado. El papá lo protege con esmero, no aparta de él su mirada y muchas veces le toca la espalda para cerciorarse que nadie lo ha robado. Debe ser un viaje larguísimo para ellos, seguramente se lo pensarán dos veces la próxima vez. Son de Monterrey y la suposición ofensiva nos dice que les dio codera pagar un Uber.

El niño gordito hace lo impensado, se levanta del asiento y pregunta en voz alta si alguien quiere sentarse. Como es común en las personas del Metro, nadie le hace caso y yo me aprovecho para tomarle la palabra. Es hasta ahora el único acto de buenos modales con el que me he topado. Y para no desentonar con el ánimo común ni le doy las gracias. El niño gordito ahora se junta con el güerito y le cuenta cosas que el otro solo escucha. Muy a duras penas cabecea para afirmar o negar. No puedo creer que sean hermanos y ni siquiera que en verdad le vayan al Tigres.

Debido a la violencia desatada en los juegos de futbol, algunos equipos como el América y el Tigres cuentan con Programas de Responsabilidad Social dirigidas a los niños. Generalmente se trata de visitas de jugadores a las escuelas o visitas de niños a los estadios, nada profundo pero la intención es lo que cuenta. La página de internet del Tigres describe el objetivo de estos programas: “busca sembrar semillas de esperanza al llevar un mensaje sobre valores ligados al futbol […] y que además promueve este deporte por ser un vehículo para desarrollar el espíritu de lucha, impulsar la integración familiar y mantenerse lejos de la posibilidad de iniciar en conductas indeseables y/o nocivas”.

Visto así, llevar a los niños a ver un juego de futbol bien vale hundirse en el Metro.

El papá les dice que bajan en la próxima estación. Pero debe estar en un error. La siguiente estación es Ciudad Azteca, ni de chiste está cerca del estadio. Pero ni cómo advertirles, solo el padre sabe por qué se bajan allí. A lo mejor nunca fue su destino ir al estadio Azteca. Quizá iban a ver el partido a casa de un amigo. Es mejor que se vayan y nadie pregunte si llegaron bien o se perdieron —suposición ofensiva— en una ciudad repleta de americanistas desalmados.

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