Por Daniel Enrique Vera

A mi temprana, pero suficiente, edad de veintitrés años nunca me consideré un tipo machista.

En mi casa, mi padre puede hacer mucho mayor y mejor limpieza que mi madre al grado que ella siempre dice que si mi padre hubiera sido mujer, sería una gran ama de casa. Primer síntoma machista, sic. A lo largo de su vida, mi papá fue haciendo consciencia y rompiendo el andamiaje familiar de un mundo desigual, monopolizado culturalmente por los hombres. Me contó que en sus tiempos entrar a la cocina y ayudar en la limpieza era tan mal visto que la gente podía considerarlo como la pérdida de la hombría. Nunca olvidó cómo a su madre se le llenaban las manos de callos en la cocina y sentir la impotencia de no poder ayudar a su madre por miedo a ser señalado como “puto” y ser castigado por semejante desviación.

Ser hombre implica la rigurosidad de adoptar de una serie de conductas, valores, creencias que definen el orgullo de ser nombrado como todo un “hombre”. Yo nunca me identifiqué como un machista ya que nunca había sentido deseos de golpear a una mujer al enojarme y nunca le había prohibido el vestirse de determinada forma a mi hermana, a mi madre o mi novia. Pobre ingenuo.

Culturalmente la sociedad mexicana, bastante machista, me moldeaba a través de ciertos valores que eran interiorizados de tal manera que pasaban inadvertidos a mi consciencia. Sí, en efecto, nunca había golpeado a una mujer, pero al hablar adoptaba expresiones machistas como “mi vieja”; mi ego se disminuía ante ciertas conductas femeninas que cuestionaban mi hombría ante mis amigos; ciertas conductas femeninas eran reprobables según mi estúpido sesgo, ignorancia y pedantería a la hora de generalizar.

No quería un ser un hombre disminuido y vivía cegado por mi absoluta autocomplacencia. No era sólo temor, también incluía una dosis de idiotez. Todo esto me generaba conflictos incluso a la hora de que llegaba la cuenta en un restaurante, o se presentaba la disyuntiva de ceder el lugar a la señora de treinta y tantos que subía al camión y no encontraba lugar. Se suponía que por caballerosidad había que cederle el lugar a aquella señora, pero en el fondo era la asimilación que la mujer no era capaz de ir parada durante el trayecto. Ella era el sexo débil incapaz de valerse por sí misma. Qué soberbia.

Al empezar a cuestionar mi sistema de valores me di cuenta de mi enfermedad. Citando Krishnamurti: “No es un indicio sano estar bien adaptado a una sociedad enferma”. El ideal -socialmente predominante- de ser hombre implica negar cualquier atisbo femenino; implica negar el hecho biológico irrefutable de que nuestro cuerpo produce hormonas femeninas. Todavía esto le suena ilógico a algunos hombres de cierta edad. Pueden estarlo leyendo y leyendo, una y otra vez, en el más célebre de los libros de biología y aún así negarlo.

¡Hombres tranquilos! Amigo que estás leyendo esto, relájate. No te vas a “volver puto” después de leer esto. Respira profundo. Calma. Eso sí, estoy seguro que al término de la lectura de este escrito, muchos de mis más retrogradas cavernícolas conocidos, a los cuales la evolución no les hizo el favor, empezarán a llamarme “puto” o cuestionar mis preferencias sexuales. No, aceptar mi feminidad no me hace menos hombre, me hace menos ignorante. Empecemos a reconocer nuestra feminidad como signo de un hecho natural. No se nos va a caer absolutamente nada. El mundo necesita liberarse de aquellas ideas patriarcales.

Las mujeres también forman parte de este engranaje cultural vicioso. Necesitamos como sociedad eliminar estos síntomas de mala salud que no están logrando otra cosa más que el aumento de feminicidios cada vez en mayor cantidad en México y en el mundo ante la impunidad y la negligencia legislativa. Una carpeta rosa es una carpeta rosa, unos lentes de leopardo son unos lentes de leopardo, una “lonchera” de las princesas de Disney es sólo una “lonchera” de las princesas de Disney.

Reconozcámoslo: somos el sexo débil. ¿Por qué el sexo débil? Porque nunca podremos concebir en nuestros cuerpos la posibilidad de dar vida. Aceptémoslo no como una tragedia sino como un dato objetivo que nos ofrece el ser que nos la otorga. Nuestra debilidad reconocida nos hará más hombres y más libres. Como dijera la tía de Sal en On the road: “Mi tía dijo en una ocasión que en el mundo nunca habría paz hasta que los hombres se arrodillaran ante las mujeres y les pidieran perdón”.

Mujeres, pido una disculpa. Una disculpa a mi madre, a mi hermana, al amor de mi vida; a mis tías, a mis maestras, a la señora que me sirvió un americano amablemente en la mañana. Emma Molina Canto, mujeres, pido una disculpa.

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