Por Yobaín Vázquez Bailón

El asesinato recurrente de mujeres en diversas regiones del país nunca había resaltado tanto en las noticias. Creo que esa es una razón para que gente sin sensibilidad duden del feminicidio. Piensan que tiene algo de “moda” o de pasajero, como decir que la mataviejitas fue “gerontomicida” y que, Dios no lo quiera, a la muerte violenta de homosexuales se le pueda llamar en un futuro “homomicidio”. Me parece que muy tarde se han dado cuento los medios de una realidad indiscutible: a las mujeres se les mata por ser mujeres.

Verónica Quense lanzó en 2010 un documental llamado Santas Putas, en el que se da testimonio de un caso muy sonado en Chile sobre niñas desaparecidas y muertas. El argumento principal de esta película es que existe mucho camino para entender que el problema de una mujer asesinada no es la mujer, sino la cultura machista que no ha podido ser erradicada. Los sucesos que expone el documental ocurrieron de 1998 a 2001 en Alto Hospicio (Iquique), una población harto marginada y desértica.

Fueron más de seis chicas desaparecidas de entre 16 y 17 años de edad. ¿Cómo se perdió el rastro de tantas niñas en una población pequeña? Cuando se quiere, la mujer no es más visible que el aire. Se pudo fácilmente nulificarlas, pero esas niñas tenían una familia que las esperaba en casa, que no las iban a dejar desaparecer como si nada. Otra pregunta conveniente, ¿cómo es que en un periodo de cuatro años la policía no pudo armar una investigación que esclareciera el asunto? Aquí es cuando resalta la poca importancia hacia las mujeres: a la policía no le interesaba gastar su tiempo con niñas probablemente fugadas con algún novio y cuando no les quedó más remedio que investigar, lo hicieron con torpeza y mala saña.

Todo estaba en contra de aquellas desaparecidas. Los investigadores del caso dieron por un hecho que las jovencitas salieron de Alto Hospicio para prostituirse en otras ciudades porque querían ganarse dinero fácil. También dijeron que eran drogadictas y que tenían problemas familiares. Estas “razones”, cabe precisar, nunca se comprobaron porque no tenían más fundamento que estereotipos adjudicados a mujeres que viven en zonas marginales. Bien lo dijo una familiar de las desaparecidas: “se les trató de putas porque eran pobres”.

Como suele suceder, la versión oficial tuvo repercusión en los medios; o más bien los medios siempre fueron usados para darle solidez a las peores canalladas. ¿Quién iba a creer que esas chicas desaparecidas eran inocentes? ¿Acaso no las señoritas decentes se quedan en casa? Tristemente, a las jovencitas se les hizo responsables de su propia desaparición. Mientras esa sarta de mentiras se repetía incluso por el presidente de Chile, las niñas se pudrían en una zona cercana en Alto Hospicio. Cómo será de arraigado el machismo que tiempo después, también el abogado defensor de las víctimas llegó a comentar en una clase de derecho que las chicas así (marginadas, pobres) les pasaban un billete y se subían al carro.

El machismo se vino a unir con el clasismo. No es lo mismo que maten a una hija de empresario o político que a una hija de vecino. El reclamo más desgarrador de este caso lo emitió una madre que cuestionó la capacidad de impartir justicia a los que de común son invisibles: “¿por qué nosotros no tenemos derecho? ¿Qué acaso nuestras hijas son animales?”. Tuvo que sobrevivir una chica y correr lastimada cientos de kilómetros para que se diera con el asesino, un simple y común taxista.

En Alto Hospicio se corrían rumores que las desaparecidas estaban involucradas en trata de blancas, tráfico de órganos, prostitución y pornografía. ¿Se nota cuán variado es el menú para hacer de una mujer lo que se venga en gana? No contaron con que había un hombre que veía a las mujeres menos que humanos, disponibles para satisfacerlo a él y después simplemente desecharlas. Eso es lo que en Chile, México, toda Latinoamérica y el mundo entero no se comprende: que si creemos posible tanta manera de destrozar a una mujer es porque el machismo lo hace posible. Puede ser que el asesino estuviera loco, pero ¿y los policías que difamaron a las jovencitas?, ¿los medios que las lincharon?, ¿los pobladores que las juzgaron?
Estamos todos locos, pues, locos de misoginia.

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