Por Fabrizio Moguel Alcocer

Ilustración: Luis Cruces Gómez

La Universidad de Cambridge tiene un proyecto llamado El Anti-Racismo Latinoamericano en Tiempos “Post-Raciales” dentro del cual se analizan prácticas y políticas públicas orientadas a combatir el racismo en Brasil, Colombia, Ecuador y México. En el resumen de la investigación señalan que “la ideología del mestizaje […] crea problemas específicos para el antirracismo, vinculados con la minimización del racismo y el cuestionamiento de la credibilidad de los que lo denuncian”. Destaca que profundicen en esto último al considerar como relevante y preocupante el hecho de que se cuestione “la credibilidad moral y psicológica de quienes denuncian […], acusándoles de acomplejados, resentidos e híper-sensibles”.

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En este tono, cabe aclarar que el texto se dirige a nosotros, meridanos jóvenes clasemedieros de apellido en español, que estamos más familiarizados con el inglés que con el maya. Se dirige a quienes nos hemos asumido mestizos sin cuestionarlo, a quienes quizás hemos pensado a otros como acomplejados, resentidos e híper-sensibles. Tampoco se pretende hablar por las personas discriminadas por ser indígenas o afrodescendientes. Para ellos, aquí no se dice nada nuevo.

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El 5 de enero de 2011 se izó en el Parque de las Américas la “Bandera de la Paz” durante una ceremonia que cumplió el propósito de celebrar un aniversario más de la capital, así como el nombramiento de ésta como “Ciudad de la Paz”. La distinción otorgada por la UNESCO no fue la única presentada esa noche, pues, a manera de protesta, ciudadanas y ciudadanos nombraron a Mérida “capital del racismo, de la discriminación y del olvido”. Esta denuncia es ejemplo de una disputa por el sentido, aunque quien lee podría preguntarse: ¿de qué racismo, de qué discriminación y de qué olvido hablan? ¿Qué tiene de malo abanderar la paz?

Para unos, el aniversario de la ciudad es motivo de orgullo en tanto que abre la oportunidad de mirar al pasado y “valorar nuestras raíces” al mismo tiempo que permite reconocernos trascendentales: celebramos desde Mérida, la urbe que promueve la paz, desde la capital de la cultura. Sin embargo, hay hombres y mujeres que no pueden soplar las velas de cumpleaños a un proceso de colonización que produjo tanta muerte y desigualdad.

Hay que señalar que la protesta en Parque de las Américas no surgió de la nada; reclamaba a la entonces alcaldesa la remoción de la estatua a los Montejo colocada al final de la gestión anterior. Sobre esta otra ceremonia, se condenó al monumento por ocultar “la barbarie al homenajear a los responsables de un doloroso proceso de exterminio y posterior sometimiento de un pueblo cuyas impresionantes manifestaciones culturales, religiosas artísticas y científicas fueron brutalmente atacadas y en gran parte destruidas”. Sin embargo, también hubo quien lo elogió al resaltar que la estatua rompía con el tabú “de erigir un monumento a quienes vinieron a conquistarnos […] un tabú que las naciones cultas y maduras del mundo rompieron desde tiempo inmemorial”.

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A finales del año pasado se inauguró en el centro de Mérida “La Casta Divina”, un restaurante cuyo nombre generó tanto indignación como cierta displicencia dirigida hacia esa indignación (recordemos el asunto de la híper-sensibilidad). El término es aplicado para describir a la oligarquía henequenera, aunque vale la pena recordar que, como resaltan Dulce María Sauri y José Luis Sierra en su reciente publicación titulada La Casta Divina por dentro y por fuera, “[f]ueron los estudiosos que abonaban las razones de los indígenas para sublevarse los que agregaron el calificativo ‘divina’ al grupo de ‘blancos’ que asumían ante el conflicto un sentimiento de superioridad racial, diferencia en el color de la piel que iba acompañada por el origen hispánico y la catolicidad”.

Sobre la polémica generada tras la develación del nombre, se ha señalado que “[e]n Sudáfrica sería impensable poner un restaurante llamado Apartheid [y] en Argentina a nadie se le ocurriría nombrar a una cafetería La Junta Militar”, pues existe una conciencia colectiva sobre el daño histórico causado por esas instituciones. Sin embargo, esto no parece suceder en Mérida. Según el dueño, el nombre no pretende homenajear a esa oligarquía, aunque tampoco pretende increparla (como hicieron los intelectuales que propusieron el mote). La inconformidad incluso llevó al restaurante a anunciar en redes que en el establecimiento no discriminan por casta, ideología o preferencia sexual. Habría que pasar por alto el uso ignorante de términos como “casta” o “preferencia” y enfocarse más en cómo el dueño, quien reconoció saber que el nombre sería controvertido, ha sabido capitalizar la polémica.

Hay que poner atención en esa capitalización. Más allá del señalamiento según el cual debatir sobre el nombre del restaurante sólo logra brindarle publicidad gratuita, habría que analizar qué hay detrás del uso de “Casta Divina”. ¿Se está lucrando con la nostalgia de un pasado, independientemente de lo que éste signifique para otros? Pareciera que “Casta Divina” es un significante vaciado e instrumentalizado de una forma similar a la apropiación cultural donde “la cultura dominante actúa en contra de los que ejercen la cultura oprimida, al mismo tiempo toma de ésta elementos concretos para exotizarlos, extraerlos para su disfrute o, en el peor de los casos, sacar provecho económico”. El asunto aquí es que el término no le pertenece a nadie, sino que se construye y resignifica en colectivo. Y ahí está la responsabilidad: quien lo emplea es responsable de las consecuencias de su resignificación o recodificación. Las palabras no son inocuas e inofensivas y desentendernos de las implicaciones de nuestros actos y discursos sólo evidencia que ignoramos otras realidades.

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El filósofo Paul Ricouer reflexionó sobre el vínculo entre historia, memoria y justicia, pensando en que incluso se suele abusar de la memoria a través de su manipulación, sobre todo al momento de interpretar el pasado con un sentido de procuración de justicia. Dice en La memoria, la historia, el olvido que “[e]s la justicia la que, al extraer de los recuerdos traumatizantes su valor ejemplar, transforma la memoria en proyecto; y es este mismo proyecto de justicia el que da al deber de memoria la forma de futuro y del imperativo.”

Entonces, ¿a quiénes se les debe memoria? Para unos, lo importante es ver el lado bueno; reconocer los aportes de la colonización, celebrar “nuestra hispanidad” y, de paso, quitarnos de una vez la idea de los españoles que sólo vinieron a matar. Esto último es lo que se desprende del mestizaje como proyecto, como proceso que erosiona las diferencias en favor de aquellos que históricamente han podido decidir qué rememorar. Si la educación y el espacio público es de ellos, entonces ellos dictan qué trauma es válido, qué debe recordarse y qué debe olvidarse. Sólo así es posible que se diga que “ya nadie se acuerda de la ferocidad de aquellas conquistas”, que se declare en foros internacionales algo como “España nunca fue colonizadora, fue evangelizadora y civilizadora”,  

Entonces importa. Mientras persistan en el cotidiano los estragos de la conquista, importa cómo se nombra a un establecimiento que será visitado por extranjeros ajenos a nuestra historia. Importa qué se reivindica y qué no, pues en esa reivindicación se hace justicia y se rememora. O bien, se reproduce la injusticia y se mantiene el olvido. Pasar por alto las implicaciones de nuestras decisiones de memoria sólo confirma que en estos actos erigir una estatua a los Montejo, nombrar un restaurante subyace nuestro racismo, nuestra discriminación aprendida y nuestra nula capacidad de escuchar los reclamos hacia estos monumentos.

Hay, entonces, una ignorancia de los dolores ajenos, de los reclamos que han estado ahí, enunciados pero olvidados por quienes no nos vemos atravesados por las realidades desde donde surgen. Por lo mismo, más que pensar en una postura conciliadora que integre a ambas partes de la disputa, tendríamos que reflexionar sobre nuestra ignorancia y procurar reconocer aquello que desconocemos u olvidamos.

El rechazo al mestizaje no debe asustarnos. No se trata de desaparecernos o desdibujarnos. Escribir en español o degustar un queso relleno no es igual a condonar la violencia colonizadora; decir que la desigualdad es cosa del pasado o que los reclamos hacia los monumentos son asunto menor, sí lo es. En vez de perdernos en preguntas como a quiénes le debe respeto aquel que se apellide Peón, Molina o Cantón, tendríamos que pensar en cómo somos parte de la erosión sistemática del otro en favor de una versión explotable de éste, en cómo reproducimos la desigualdad. Tendríamos que cuestionar nuestra historia: lo que sabemos y cómo lo sabemos y, si nos atrevemos, prestarle atención a la otra historia. Y, sobre todo, interpelarnos a través de nuestros espacios y nuestros lenguajes. Porque, si no es a través de la apelación a la autoridad académica europea, a través de la casi gratuita mención del filósofo francés, entonces, ¿cómo nos daremos cuenta de nuestra ignorancia?

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