Por Andrea Fajardo

Ilustraciones: Luis Cruces Gómez

La noche del pasado 17 de diciembre de 2018 se llevó a cabo en Bangkok, Tailandia la 67° edición del certamen Miss Universo, el concurso de belleza más popular y seguido del mundo y uno de mis peores “guilty pleasures”. Recuerdo haber estado en mi habitación esa noche, viendo alguna publicación en Facebook y encontrarme con la noticia de que se estaba transmitiendo en ese momento. Me levanté presurosa y busqué enseguida en mi computadora algún sitio web donde pudiera verlo en vivo, lo encontré y con algunos inconvenientes de conexión logré ver la mitad del concurso y la selección final.

Resulta extraño para mí confesar que el Miss Universo es uno de los espectáculos que más he criticado y rechazado en mi vida, y al mismo tiempo es uno de mis gustos más ocultos (ahora ya no tanto). Si bien no soy fanática ni fiel seguidora del concurso, pues me lo he perdido durante varios años, admito que desde muy pequeña aprendí a verlo y a disfrutarlo como esas cosas que se disfrutan porque sí, y que no hay que explicar demasiado.

Sin embargo, conozco la raíz de esta contradicción, y es que nací y crecí en un país donde los concursos de belleza son casi una tradición y orgullo nacional: Venezuela. Un lugar donde nacer mujer es estar prácticamente destinada a convertirte en miss y vivir toda tu vida ocupada en el cuidado de tu imagen. “El país de las lindas y los lindos”, como escuché decir a una de mis maestras de teatro alguna vez…

Crecí en un contexto cultural condicionado por la imagen y las prácticas de la belleza, donde por ejemplo: en el metro de Caracas es habitual toparte con mujeres que usan tacones de 14 centímetros en un día normal de trabajo, que de una estación a otra se están retocando el maquillaje, con el cabello perfectamente alaciado, uñas postizas y ropa cuidadosamente combinada y elegida. Donde incluso ahora, en el momento de mayor crisis económica a nivel nacional, muchas mujeres pueden tener poco dinero para comer, pero tienen ahorros apartados para la manicura y el retoque de tinte en el cabello.

Para muchos venezolanos y venezolanas las noches del “Miss Venezuela” y el “Miss Universo” son prácticamente fechas patrias. El “Miss Venezuela” es la afirmación anual de la identidad femenina que se ha construido e impuesto sobre la mujer venezolana, y uno de los eventos que más ha posicionado al país a nivel mundial; pues Venezuela es el segundo país con más ganadoras del Miss Universo (siete en total) después de Estados Unidos.

Recuerdo que cuando era niña, mi madre y yo veíamos el concurso con una emoción inmensa que me cuesta describir, celebrábamos cada triunfo de las venezolanas que ganaban la corona universal entre lágrimas de alegría, gritos de emoción y orgullo. En algún momento ambas soñamos con la idea de que yo me convirtiera en “Miss Venezuela”, y sola en mi casa yo jugaba al concurso.

Cuando di el “estirón” de mi vida a los 13 años de edad llegué a medir 1 metro 67 centímetros, mi cuerpo se volvió más delgado y estilizado y los comentarios sobre mis “posibilidades” para entrar al Miss Venezuela se hacían cada vez más presentes. Para mucha gente a mi alrededor era más importante la aparente oportunidad que tenía de entrar a un concurso de belleza que de ser una gran violista, por ejemplo, ya que llevaba estudiando música clásica desde los 7 años.

Fue allí cuando comenzó mi batalla interna contra “la belleza” y contra mi cuerpo en un afán de ocultarlo, pues prefería que se me reconociera por otras cualidades que no tuvieran que ver con mi imagen. Batalla que hasta el día de hoy no termino de librar, aunque cada vez la carga se hace más ligera.

Por eso escribo estas palabras, después de haber visto el pasado lunes 17 una parte del Miss Universo y reflexionar sobre lo que para mí, y para muchas otras mujeres, significa hoy en día ese concurso: un Gran Performance de la Feminidad que ya no nos determina ni nos identifica. Esto si pensamos en la idea de la feminidad como una construcción social que implica una serie de comportamientos, prácticas corporales, gestos y roles asignados a la mujer, y en el caso de Miss Universo una feminidad muy específica y canonizada desde una mirada y expectativa masculina, que no es real ni concreta y que en mi opinión, por su misma cualidad de ficción, cualquiera podría interpretar/actuar.

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“La sociedad nos ha impuesto la masculinidad y la feminidad sin preguntarnos ni darnos la posibilidad de elegir personaje […]. Algunas somos muy malas actrices y nomás no nos hallamos en el papel [de la feminidad]. De niñas rechazábamos los vestidos y los holanes, y cuando nos obligaban a usarlos nos sentíamos disfrazadas y fuera de lugar; definitivamente alguien hizo un muy mal casting con nosotras” (Laura Lecuona, 2018).

Me parece pertinente la idea de la interpretación/actuación de la feminidad, como uno de los factores que componen en gran medida al Miss Universo y similares. Pensándolo como un espectáculo casi teatral donde alrededor de 95 mujeres de distintas nacionalidades juegan a ser las “más bellas del mundo”, son caracterizadas y producidas para representar ante un público una idea o una construcción de identidad femenina: belleza, seguridad, diplomacia, elegancia… y sus vestuarios traspasan el límite de los trajes de baño y los vestidos de gala. Sus vestuarios son también sus propios cuerpos, que han sido intervenidos a través de cirugía plástica, maquillaje, dietas, rutinas de ejercicio y demás procedimientos que al final construyen un mismo modelo, un mismo patrón con tan solo unas cuantas variantes.

Estas mujeres juegan a ser reinas y soberanas de la belleza y la “tradición” de sus países dentro de un sistema que, sabemos, se mantiene firme por una serie de intereses económicos y políticos que van mucho más allá de las dos horas que dura el espectáculo. Ante esta perspectiva, pienso que la polémica participación de Angela Ponce, representante de España y primera mujer transgénero que concursa en Miss Universo, ha significado un acto de ruptura y deconstrucción importante en la historia de este juego-concurso, no tanto para la organización del mismo, sino para sus fieles seguidores y defensores.

Si bien, Angela manifestó con palabras conmovedoras en el homenaje que le hicieron la noche del concurso, que el hecho de estar en Miss Universo era suficiente para ella en su propósito de promover la educación en la diversidad, que sus intenciones siempre han ido más allá de solo ganar la corona universal, sino de posicionarse como una defensora y representante de la comunidad trans y de su visibilización en este medio.

“La realidad de muchas personas va a cambiar, y si yo puedo darle eso al mundo, yo no necesito ganar Miss Universo, yo sólo necesito estar aquí” (Angela Ponce, 2018).

Sin embargo, creo que la presencia de Angela en el Miss Universo, además de ser efectivamente un ejercicio de visibilización importante de una comunidad que por mucho tiempo ha sido marginada, es también la ruptura de una fórmula que dicho concurso nos ha enseñado a naturalizar y a asumir como “realidad”: Feminidad=Belleza= Rol de la mujer que nace con vagina.

Creo que de cierta manera este suceso es positivo también para las mujeres feministas, a pesar de las críticas que muchas han expuesto sobre el tema. Es positivo no precisamente porque contribuya a sus causas o luchas; el feminismo ha peleado durante mucho tiempo por destruir todos los estereotipos que estructuras como el Miss Universo promueven y Angela Ponce no queda exenta de esa tendencia, pues si hablamos solo de su imagen, podemos ver que es el prototipo de mujer blanca, rubia, alta, está operada de los senos, etc.

Aun así, su participación podría ser una reafirmación para las mujeres feministas (y para todas las que siguen el concurso) de que lo que construye Miss Universo sobre el cuerpo de la mujer es lo menos cercano a la idea de ser mujer, como nos lo han enseñado; pues ya es un hecho: una mujer trans pudo construir en su propio cuerpo esa idea de feminidad e interpretarla durante el concurso. Por lo tanto, ahora más que nunca deja de ser una condición designada a las mujeres biológicas de nacimiento y por “naturaleza”. Se confirma más bien como un papel que todo aquel o aquella que lo desee es libre de actuar, de apropiarse del mismo; a un costo muy alto en el caso del certamen Miss Universo, por supuesto, pero ese es otro tema.

Con este pensamiento no me interesa poner en duda la razón de ser de las mujeres trans en general, mucho menos deducir que solo se buscan posicionar en el mundo desde la imagen y los estereotipos de lo femenino; pues confío en que tienen necesidades más profundas por las cuales reconocerse como mujeres, que no son precisamente los cosméticos y tacones.

Lo que quiero decir es que, si el Miss Universo es un performance, una representación de una feminidad atribuida sólo a las mujeres biológicas en el transcurso de la historia, atribución de la que muchas estamos hartas, no veo problema en que aparezca en ese escenario el cuerpo de una mujer transgénero, pues ya vimos que no existe gran diferencia de su imagen con la imagen de las otras concursantes. Finalmente es un cuerpo que existe, más allá de la vaga discusión sobre si es “verdadero” o no, y que irrumpió en esa realidad construida y bien cuidada para desorganizarla, incomodarla y transformarla. La incomodidad nos hace movernos, nos hace cambiar de lugar.

Angela Ponce, tal vez sin verlo de esta forma, llevó a cabo un acto perfomático y político que transgredió una de las tradiciones más machistas y patriarcales que existen en el mundo, al fin y al cabo desequilibró la conciencia de miles de personas que todavía creen en el Miss Universo y lo defienden a capa y espada como un espacio solo para “mujeres de verdad”, como un santuario intocable de la “belleza femenina”.

Por otro lado, la Organización Miss Universo sabe perfectamente que al tomar una postura “inclusiva” obtiene más ganancias que pérdidas: mayor audiencia y mayor popularidad, pues es de lo que todo el mundo hablará bien o mal, y lo que menos le interesa es la real necesidad de promover los discursos de inclusión en los tiempos que vivimos. Pero dejando a un lado esta realidad, creo que vale la pena poner en tela de juicio el para qué o para quiénes están hechos los concursos de belleza, al menos en las redes sociales y las pláticas cotidianas. Agitar la estructura y que caigan las verdades absolutas.

Feminidad es forma, al igual que la masculinidad, y tanto mujeres como hombres son libres de jugar con las mismas en su construcción de identidad, y más cuando se trata de la imagen. Ser mujer no es automáticamente sinónimo de maquillaje, tacones, peluquería ni vestidos. Las misses no son la imagen de una mujer de verdad, son una construcción, una ficción. Poco a poco podemos destruir esa idea de feminidad que nos relaciona directamente con la apariencia física, que se vuelve un rol a cumplir y que determina nuestro valor bajo esa mirada, justamente dejando de creer que es real y que tiene ese nivel de importancia.

Hoy veo el Miss Universo como lo que pudo ser para mí durante mi infancia: un juego.

Creo que si somos conscientes de esto y de que aquello que proyectan estos concursos no es la realidad de lo que nos conforma y nos construye; si cada día hacemos el ejercicio de afirmar que somos nosotras quienes tenemos la única autoridad de construirnos y representarnos como queramos, y que en esa representación existe un margen de diversidad inmenso, pronto nos dará igual si la mitad de las concursantes del Miss Universo 2030 son mujeres transgénero, nos dará igual el Miss Universo en sí mismo y su existencia. Dejaremos de sentir frustración y dolor por la forma de nuestros cuerpos ante las imágenes de estos personajes/misses, dejaremos de compararnos y de agredirnos, dejaremos de creer que únicamente a través del espejo de “la belleza” podemos y debemos aprender a mirarnos.

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