Del libro Al diablo adentro (Disculpe las molestias Ediciones, 2009)

 Fernando Paredes Milonás

Sólo quiero que escuches la historia de mi tío Humberto. Era alérgico al polen y siempre tenía la nariz colorada y los ojos vidriosos. En realidad era alérgico al aire: todo lo que viajaba en él lo lastimaba. Tenía cuatro muelas de oro y podía recitar el abecedario en un solo eructo.

Buena gente, mi tío Humberto. Se casó con una bruja de magia blanca, nada peligroso. Todos sus hijos murieron a los cuatro años. Tuvo doce. Le gustaba jugar fútbol todos los domingos y después beberse un cartón de cervezas él solito. Era portero.

Se fue a jugar, pues, y en el momento en que viajaba por los aires para detener un tiro chanfleado al ángulo derecho, lo picó una abeja en un cachete. La pelota entró y mi tío cayó aterrorizado al suelo. Los contrincantes celebraron el gol y los compañeros se culparon unos a otros. Mi tío se levantó de un salto y comenzó a correr con rumbo a los vestidores en busca de su medicina. No llegó; las piernas y los brazos se hincharon en segundos y era imposible definir dónde comenzaba la cabeza y dónde acababa el cuello. El cuerpo de mi tío era un tumor creciendo justo en la media cancha y nadie supo qué hacer. Una bola de carne restirada y manchada de moretones oblicuos se revolcaba en sus narices, emitiendo guturales alaridos y destrozando los shorts y la camisa, como un Hulk a punto de nacer.

Mi tío Humberto reventó ahí mismo. Su carne se rompió y dejó escapar litros y litros de un líquido rosado y fragante. Todos vieron anonadados cómo la materia corporal se disolvía sobre el pasto, en un proceso orgánico a la velocidad de la luz, dejando solamente aquel adorable e indefinible aroma en el aire.

Cuando nos llamaron para comunicarnos lo ocurrido y fuimos presurosos al lugar del accidente, nos encontramos con un montón de futbolistas aficionados hincados y tomados de las manos, en una especie de comunión mística, alrededor de un macizo de girasoles muy grandes plantados en el medio campo. Dejaron de rezar y nos contaron que ahí mismo era donde mi tío había caído, que los girasoles nacieron y crecieron espontáneamente, que ellos estaban maravillados y que las cuatro muelas de oro, única prueba de que aquello era mi tío, estaban todavía en el lugar en que quedaron.

Mi tía Laurita, su esposa, entró en la floresta y encontró las muelas. Apenas estuvo nuevamente fuera, ella gritó: “¡Abejas!”

La cancha cerró durante quince días. La cantidad de abejas llegó a números apocalípticos y los residentes de los alrededores estaban literalmente paralizados dentro de sus casas.

Curiosa labor para el H. Cuerpo de Bomberos: incendiar un campo, apagarlo, fumigarlo, desyerbarlo y dejarlo ahí, hecho trizas.

Todos los bomberos fueron picados.
Ninguno desertó.

Mi tía Laurita se encerró en su recámara y se tragó una a una las muelas de su marido. Desnuda, se paró frente al espejo. Tomó unas tijeras y cortó a tajos su largo cabello negro. Después se acostó en la cama y esperó. Su vientre comenzó a calentarse y suaves ondas le ablandaron los huesos. Con un dolor sólo comparable al del parto, comenzó a orinar un chorro de oro fundido que acabó por deshacerle las entrañas.

– ¿Por qué me cuentas todo esto?

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