Por: Jesús Cámara

Ilustración: Luis Cruces Gómez

Cuando estaba en la secundaria, justo antes de una excursión a la feria Xmatkuil, un amigo me aseguró que la existencia de aquella mitad reptil, era cien por ciento real. La gente, según él, no debía dudar en visitar el oloroso tráiler de los fenómenos que recorre las verbenas del país. Incluso, me afirmó que había visto a la mujer lagarto real en un evento que se realizó en Veracruz, pero el problema estaba en que la alta demanda por conocerla provocaba que a Yucatán siempre llegara una doble, una réplica.Pero que si no perdía las esperanzas, en alguna ocasión podría observar a la verdadera.

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La primera vez que visité a Marbella en su oscura guarida rodante, tenía aproximadamente 10 años y aún iba a la feria acompañado de mis padres. Recorríamos el fondo del área de juegos y pasamos cerca de un tráiler donde había mucha gente formada, entonces me fijé en las pinturas y me dio un chingo de ganas de ver a aquella chica desnuda del torso para arriba, con larga cabellera negra, pero con cuerpo y cola de cocodrilo, escamosa, luchando valientemente contra un grupo de cazadores, tal como la mostraba el letrero. Yo iba con el poco dinero que me dejaban mis padres, por lo que debía usarlo sabiamente, pero los altavoces que la anunciaban junto al niño de dos cabezas lanzaron la promoción: dos espectáculos por el precio de uno, toda una ganga. Obviamente no me perdería la oportunidad de conocer a dos sujetos desgraciados por la naturaleza. Pagué mis 15 pesos y me formé detrás del último en la fila, mi padre me aseguró que no me arrepentiría.

El primer espectáculo fue el niño de dos cabezas, en ese entonces estaba de moda, pero sinceramente no se había robado mi atención. Un grupo de 12 personas entramos a la caja del primer tráiler, las luces blancas eran tan fuertes que deslumbraban y detrás de un escaparate se observaba la cortina roja que se abrió como un telón. Por buena (o mala) suerte, al ser el más pequeño me tocó estar delante de todos observando aquella imagen bizarra, pero lo intenso se puso cuando abrieron una pequeña puerta y me pidieron que le diera la mano a aquel sujeto que me observaba desde dos ángulos distintos, fue bastante incómodo porque nunca supe a qué ojos mirar.

Después de aquel bochornoso encuentro en donde literalmente me sentí tocado por un fenómeno, las ansias me provocaban dudas antes de entrar a la jaula de Marbella, ¿será agresiva? ¿estará durmiendo como los animales del Centenario? ¿de verdad está desnuda? El mismo grupo de curiosos observadores de lo anormal entramos al segundo remolque. Éste era mucho más oscuro que el anterior y entre la penumbra sólo se alcanzaba a observar una malla ciclónica que resguardaba lo que parecía ser un tronco, un maniquí, o una estatuilla de caimán, ya no supe, el tiempo no fue suficiente para adaptar mi visión y vislumbrar a la chica reptil.

Al salir todo me pareció una farsa, al parecer estratégicamente te cegaban con los reflectores para que al entrar a la jaula de Marbella no pudieras ver nada. Mi padre me comentó que ese tipo de presentaciones suelen ser “ilusiones ópticas” que sólo sirven para sacarle dinero a la gente, sin embargo, era algo que ese día tenía que aprender.

Pasaron un par de años y Marbella regresó a otra edición de la feria de Yucatán, esta vez acompañada de animales fenómenos entre los que destacaban el borrego cimarrón de seis patas, coleccionado en Gómez Palacio, Durango; el gallo diablo que nació con cuernos; el pato de tres patas y el gato mitad conejo de Monterrey, Nuevo León.

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Hay que admitir que el costo por ver este tipo malformaciones es muy bajo, entonces después de pensarlo un poco volví a hacer la fila en la taquilla para ver a los animales raros. Marbella había quedado en segundo plano. Algunos de los animales parecían ser auténticos fenómenos, un chivo de cuatro cuernos se veía muy real, el gato conejo tenía las patas traseras extrañamente más grandes que las delanteras, pero el gallo diablo parecía sólo tener inflamada la cresta.

Cuando entré nuevamente a ver a la mujer lagarto mis expectativas eran bajas, me había llevado una terrible decepción con anterioridad, aunque esta vez no me dirigía al remolque con la ceguera. Otra vez estuve frente a la malla ciclónica y pude comprobar que era un muñeco lo que posaba detrás de ella, no se alcanzaba a ver su rostro, pero sí su peluca despeinada, la cola nunca se movió, las patas nunca llevaron su cuerpo al agua y en realidad no tiene busto de chica como se muestra en la pintura, decepción dos de dos.

Al siguiente año el espectáculo de los animales fenómenos volvió con Marbella, ahora incluían en su catálogo al gallo pingüino, la gallina de peluche y un buey con dos jorobas. Esa vez acudí con la escuela en una excursión de tercero de secundaria, en el trayecto mi amigo me aconsejó que entrara con Marbella cuando menos una vez cada año, ya que es difícil saber en qué lugar de la república está la verdadera, así que, junto a él, nuevamente hice aquel recorrido con olor a madriguera de conejos.

Desafortunadamente ni con la presencia de quien me afirmó conocer a la verdadera Marbella, como amuleto de buena suerte, pude ver a aquel espécimen único en el planeta. De nuevo me tocó ver a su doble, esta vez con más detalle ya que la alumbramos con la linterna de mi Nokia 1100. El cuerpo de cocodrilo parecía ser de yeso y sobre el mismo se encontraba una cabeza de maniquí, como las que usan las estilistas para aprender a realizar peinados, la verdad es que si lo que buscan es un sustituto de la Marbella real, ese está realmente chafa.

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La mujer lagarto ha visitado Mérida por varias ocasiones más después de ese último encuentro. Tras mi tercera decepción, desistí en buscarla, pero este año por alguna razón recordé el comentario sobre la feria de Veracruz y me entró la incertidumbre sobre si me estaría perdiendo el espectáculo del siglo por andar jugando al escéptico. Me decidí y volví a aquel rincón de la feria donde se esconden los animales anormales, esta vez sólo pagué 10 pesos por el boleto y la oferta del altavoz también incluía a Casandra, la mujer tarántula.

Sorprendentemente vi a los mismos animales que hace varios años atrás, algunos incluso ya están muertos y los exhiben dentro de frascos con alguna especie de líquido que los conserva y crea una imagen tétrica. El remolque sigue oliendo a orina y el letrero hecho con cartulina que te advierte sobre el riesgo de meter tus dedos a las jaulas parece no haber sufrido ninguna alteración durante todo este tiempo. La fila de espera para entrar a verlos sigue siendo larga.

Con toda esperanza y una buena corazonada entré al camión donde resguardan a Marbella pero nuevamente no estaba. Por cuarta ocasión pagué por ver a su inerte sustituto y las quejas entre los espectadores no se hicieron esperar, reclamaban que se veía poco, que no había luz, que no era real e incluso algunos (yo entre ellos), aprovecharon para sacarle una fotografía a la “indomable” bestia que resguarda la malla de metal. Durante el recorrido tampoco vi a Casandra, seguramente por ser mitad tarántula, haya pasado a su lado sin siquiera mirarla, o que ella se haya ocultado de los visitantes.

A lo mejor 2018 no fue el año, puede que hoy Marbella esté durmiendo en un tráiler estacionado en Catemaco, Los Mochis o Guadalajara, incluso puede que sea falsa y en realidad nunca existieron los cazadores que la capturaron ni el evento donde supuestamente mi amigo la vio remojarse en un improvisado pantano, es algo que con total seguridad sólo comprobaré en la feria del 2019.

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