Por Alfredo Bojórquez

Ilustraciones: Luis Cruces

El color blanco ha servido como adjetivo para una de las múltiples interpretaciones que se le han dado a Mérida. Una de ellas es la Villautopía de Eugenia (1919) de Eduardo Urzaiz, que cumple 100 años de publicación. Es una novela de ciencia ficción que no se podría definir como utópica: se trata de un triángulo amoroso entre Ernesto y Celiana que se obstaculiza con la aparición de Eugenia, una científica. El embarazo de la última desplaza a Celiana, quien, como los soldados en la novela de la Revolución Mexicana, se refugia en la mariguana para disminuir el dolor. La novela es el antecedente imaginario de la ciudad que hoy sueñan empresarios y jubilados que invierten en la pulquerización del centro histórico, subiendo el precio de los inmuebles o desplazando a los habitantes tradicionales, como le pasó a la emblemática Casa de Todos o el mercado Santa Ana, convirtiéndose en dos de sus imparables bares y placitas.

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El futuro que el autor imaginó, como la realidad actual de Yucatán, no contempla a los mayas más que de una manera superficial. Por eso lo único indígena que aparece en el texto es una reinterpretación arquitéctonica, el estilo neomaya, que se desarrollará en la Península hasta mediados del siglo XX. Tal como hoy, los únicos mayas que pueden entrar en el Norte de la Ciudad suelen estar subordinados a los blancos. La arquitectura neomaya del relato centenario se materializa hoy en Siglo XXI o el Gran Museo del Mundo Maya y sus políticas bienestaristas que, condescendientes con los subalternos, caricaturizan la potencia de su idioma y cultura metiéndolo en vitrinas y estudios inútiles.

La ausencia de lo maya en la literatura local se remonta a mediados del siglo XIX y al primer gran empresario de lo que hoy llamaríamos revistas culturales: Justo Sierra O’Reilly. Sus novelas, pero sobre todo sus ensayos históricos y diarios de viaje, tienen una dimensión profundamente racista que sensibiliza y arma de argumentos a los yucatecos en la Guerra de Castas. Algo parecido pasó, en ese contexto, con la poesía de Wenceslao Alpuche Gorocica y Mariano Trujillo, pues sus versos motivaron a las tropas yucatecas al etnocidio maya. Algunos socialistas que escribieron literatura, como Antonio Mediz Bolio, Eduardo Urzaiz o Ermilo Abreu Gómez, heredaron algo de esta visión romántica en los personajes de sus relatos: el mito del buen salvaje.

Los yucatecos ocultan las relaciones de trabajo en sus imágenes turísticas de la playa, los cenotes o la catedral, porque han tenido que maquillarse para satisfacer ojos ajenos. Tanto el sector privado como el gubernamental seleccionan lo que puede enamorar al turista, al que le ocultan que la única razón de su descanso se sustenta en explotar a trabajadores ofreciéndoles 100 o menos pesos diarios por trabajos donde pasan ocho o más horas de pie. Los accidentes de trabajo y la falta de prestaciones son un infierno cotidiano que casi no se nombra en el periodismo ni la literatura actual. El Capital y el Estado velan por sus propios intereses al promover el tren que multiplicará la miseria. El único foco de resistencia frente a eso siguen siendo los zapatistas. Así como la novela centenaria borró lo maya de su proyección, hoy las plumas locales y el turismo tienden a evadir la injusticia laboral.

La fantasía del Norte de Mérida, como la de Urzaiz, no es otra que una cultura desindianizada, como recuerda Francesca Gargallo: la Mérida Blanca. Eugenia, y el Yucatán con aire acondicionado, es Mayami, lo que en la novela Urzaiz nombró Villautopía. A más de 150 años de que Justo Sierra fundara esta tradición, el mismo espacio imaginado se sigue retratando en la literatura de hoy. Por ejemplo, en Blanco Trópico (Alfaguara, 2014) de Adrian Curiel: “siempre nos ha gustado más el norte de la ciudad, con sus amplias residencias de cuidados jardines que reciben el viento suave del mar” (44). Este es el tipo de imágenes que, como Eugenia, visibilizan el lujo estético y ocultan el trabajo o los trabajadores que lo sostienen: un fenómeno de arte tan antiguo como el paisajismo.

Decenas de novelas futuristas de la época de Urzaiz comparten la desaparición del Estado para darle paso a una única federación, el darwinismo social, el racismo y la veneración al eterno femenino. Eugenia se publica durante el gobierno de Carlos Castro Morales quien, como el autor, militó en el Partido Socialista del Sureste. Dos décadas después de su publicación, el Estado que proyecta la novela es concretado por los socialistas yucatecos en la vida real con el Gran Ejido Henequenero, una institución que crearon para administrar y talquear la esclavitud maya. En la novela, el dinero que los villas ahorran en la guerra está destinado al Progreso.

Además, el Estado de Villautopía esteriliza a los deformes, o quienes representan alguna incapacidad, mientras que a los mejores dotados genéticamente se les obliga a fecundar a mujeres seleccionadas. La desaparición de la maternidad suplanta a la familia por el grupo, consolidado por afinidad; otro sueño que de algún modo se concretó en las Ligas de Resistencia, agrupaciones que permiten una interpretación en clave libertaria del quehacer de Carrillo Puerto e invitan a imaginar formas de resistencia que resulta difícil de concebir en medio del despojo permanente de tierras ejidales.

Hace casi 10 años se instaló el monumento a Montejo en el Paseo que también lleva su nombre. La resistencia frente a tal escultura fue mínima, así como pocos resintieron la desaparición de la última Liga de Resistencia, la Casa de Todos. Corta, también, fue la discusión en torno al impacto simbólico de un restaurante que hoy en día se llama Casta Divina y que tenía que estar al norte de la Plaza Grande. En sentido contrario, al sur de la misma plaza, se encuentran negocios y colonias que hoy se llaman Cecilio Chi o Chilam Balam.

Así, el centro histórico, su espacialidad, coordina diversos símbolos e interpretaciones que luchan por darle un sentido. Diferentes novelas y nombres de establecimientos conviven en una misma ciudad, Mérida. Por eso, en pocos años, el centro histórico pasó de ser un lugar de mala muerte a una zona de bares cada día más costosa. Pero también por eso hubo resistencia cuando otro socialista le cambió el nombre de Montejo al Paseo Nachi Cocom en 1939. Ahí también hubo una Casta Divina que insistió en que seamos sumisos, en seguir alabando a quien nos humilló históricamente y volver al patronímico colonial. Así, la literatura y la historia participan de la discusión por el sentido de la ciudad y sus avenidas. Es un estira y empuje que, por suerte, no ha culminado.

Las élites de la Ciudad Blanca de Eugenia Iturriaga es parte de esta discusión. Pues generó un debate tan rudo como los anteriores aunque ese no fuera su objetivo como tesis doctoral. Por eso, una infografía de Suburbios de Mérida cita a Iturriaga para insistir, como Urzaiz, en que Mérida es blanqueadora. La cita de esa página de Facebook demuestra que la socióloga es una autoridad que arroja argumentos para tensar el racismo local. El uso que se le ha dado a su investigación, aunque desacelerado, es el de un manifiesto que nombra un fenómeno generacionalmente silenciado por familias y escuelas que leerían con gusto Eugenia.

La Península de Yucatán, con los millones que derraman el turismo de Quintana Roo, el petróleo de Campeche y la participación triangular de las clases acomodadas locales, ha hecho de Mérida una ciudad de descanso en la que, como pasó antes, los únicos que descansan son los blancos o los ricos. La ciencia ficción yucateca, pionera del género en México y América Latina, también se ha querido situar en un lugar privilegiado: en Sizigias y cuadraturas lunares (1775), el Ateneo Lunar se divierte calculando las coordenadas de Yucatán en el planeta y Urzaiz hace de Villautopía parte de Centroamérica y no de México, como soñaron otros independentistas antimayas como Justo Sierra O’Reilly.

A estas geografías imaginarias se suma el prejuicio, otra ficción, que de esta ciudad hacen muchos mexicanos y extranjeros que ven en la hamaca un lugar para una vida sin trabajo; en el centro, la fiesta interminable; y en la tierra ejidal, una mina de oro.

Para revertir la colonización actual necesitamos recuperar los saberes amenazados como lo hacen Yazmin Novelo, Radio Yuuyuum, Fidencio Briceño, Pedro Bracamontey darles un sentido a esos conocimientos en nuestro presente, más allá de lo que el Capital y el Estado recorten de ellos para adornar sus museos o Noches Blancas. Ese revés es precisamente el que logra la traducción del Popol Wuj (2008) de Sam Colop, quien descoloniza un texto al recuperar su dimensión oral y poética. La lectura en voz alta de los versos cuidados por Colop le devuelven la dimensión ritual a un texto milenario y potente que sacude nuestra región al recitarlo.

Como los socialistas peninsulares del pasado, pero con un sentido crítico de caladura más honda, creo que podemos seguir luchando por una interpretación distinta del sureste y podemos hacerlo en términos materiales: preocuparnos más por los sueldos de los trabajadores, menos por los oídos de los extranjeros o los intereses de los empresarios.

El problema de la gentrificación no se resuelve con ninguno de los últimos dos bandos, sino al hacerle frente con creatividad a la tradición literaria del racismo local. La construcción de los personajes literarios ayuda a situarnos en una realidad imaginada y compartida, la ciudad que nos rodea; las novelas y la poesía moldean preguntas sobre dónde y cómo estamos parados en ella o hacia dónde queremos llevarla.

Considero que, en contraste con Eugenia, podemos reconciliarnos con el maya interno, una posibilidad que va más allá del color de piel o la cantidad de hipiles y guayaberas en nuestro armario. Esa reconciliación rescata la capacidad de organizarnos, imaginar y actuar, como se ve en Homún, el P’uj o el EZLN. Posicionarnos frente a este tipo de cuestiones incomoda al que ve en la nuestra una tierra utópica donde no necesita trabajar con sus propias manos. Sólo así podremos bloquear los despojos y la explotación que el tren acelerará en Mayami y empezaremos a hacer novelas capaces de imaginar mejores futuros que Villautopía.

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