Por Andrea Fajardo, a partir de las reflexiones e inquietudes de

colectivas feministas y mujeres organizadas en Yucatán

Ilustración de Magui Osés

Quisiera tener las palabras correctas y bien escritas para manifestar mi furia y no ofender a nadie. Quisiera escribir un discurso que traduzca el fuego que incendia mi estómago y mi carne, que lo vuelva algo concreto, que sea un pronunciamiento bien hecho, con la política necesaria. Me gustaría, de verdad, cumplir los requisitos que me piden para decir bien lo que quiero decir, para exigir lo que necesito de la mejor manera, para dialogar y hacerme entender.

Me gustaría saber pronunciar la rabia, ponerle palabras a la ira. Pero estoy cansada y ya no quiero esperar. Ya no puedo ni quiero hacer lo correcto, hablar en el momento preciso, dejar que me quiten la palabra y que me expliquen lo que soy o lo que necesito. Tengo una pulsión urgente de salir a caminar, de hacer ruido, de agitar las calles y que se escuche mi canto al otro lado del mundo.

Porque si tocan a una nos duele a todas, y en lo que va de año nos han asesinado 269 veces en todo el país. En este momento, trece entidades en México se encuentran en estado de emergencia feminicida. La ley tiene el atrevimiento de imponerse sobre nuestros cuerpos y voluntad, criminalizando nuestro derecho a decidir sobre la maternidad. Pero si morimos en la clandestinidad, se lavan las manos y cierran sus puertas. Las autoridades cuestionan con descaro nuestras denuncias, nos acusan y responsabilizan de la violencia machista que vivimos. Ponen en riesgo nuestra seguridad cuando somos violentadas, y amenazan irresponsablemente con dejar de garantizar la protección y acompañamiento necesarios. Ante este panorama, no permitiremos que nos exijan silencio, que nos exijan calma e invisibilidad.

Si bien nos precede una serie de luchas y manifestaciones de mujeres que lograron asegurar muchos de los derechos que hoy tenemos, sabemos que nuestra revolución aún no termina, por todo lo anterior y más. Estamos conscientes de que el patriarcado sobrevive incluso en nuestra mayor intimidad. Y nuestra resistencia es colectiva, pero también individual. Es política y personal. Nos hemos propuesto desmontar todas las estructuras de pensamiento, socioculturales, políticas y económicas que nos roban la plenitud, la libertad, la seguridad, el poder de decisión y el amor propio.

Hoy, 8 de marzo de 2019, en Mérida Yucatán: ciudad que dio lugar al Primer Congreso Feminista de México, nosotras tomamos la calle, seguimos el ejemplo de nuestras antecesoras, escribimos nuestra historia y le decimos al mundo: ¡estamos vivas y seguiremos vivas!

Somos las que trabajamos en empresas, las freelanceras y las amas de casa. Somos las estudiantes, las artistas, las científicas, las ingenieras, las periodistas, las trabajadoras domésticas. Somos las negras, las indias, las blancas y morenas. Somos las lesbianas, las bisexuales, las hetero, las trans, las inter y queer. Somos las muertas y desaparecidas. Tenemos todas las edades y habitamos todos los tiempos. Estamos más vivas que nunca.

Desde la península, nosotras demandamos a la sociedad y las autoridades:

1.- Mecanismos de denuncia empáticos, receptivos y expeditos. Procesos de justicia transparentes, eficientes y centrados en las víctimas. Evaluación de la eficacia y escrutinio de los recursos para las Alertas de Género.

2.- Garantía de la seguridad al interior de los hogares y en los espacios públicos para mujeres y niñas.

3.- Estrategias y acciones concretas para mejorar la seguridad en el transporte público y los centros de transferencia modal. Espacios libres de acoso y violencia.

4.- Educación pública, laica y feminista; que promueva la diversidad y el respeto a las mujeres desde la infancia.

5.- Educación sexual integral, acceso a métodos anticonceptivos, aborto legal, seguro y gratuito.

6.- Igualdad de condiciones laborales para las mujeres trabajadoras.

7.- Leyes que protejan y garanticen la estabilidad económica de madres trabajadoras, madres solteras y a sus hijas e hijos durante el puerperio y el periodo de lactancia materna exclusiva.

8.- Espacios laborales, culturales y sociales libres de discriminación por nuestras orientaciones e identidades sexuales, acceso a derechos civiles como el matrimonio igualitario, así como visibilidad y representación de las lesbianas en las campañas de los servicios públicos dirigidos a mujeres.

9.- Personal sensibilizado y capacitado para prestar servicios públicos de salud, seguridad, educación, etc.; a mujeres, lesbianas, trans, y a sus hijas e hijos.

10.- Respeto a la defensa de nuestros territorios como mujeres mayas, ante megaproyectos empresariales e institucionales. Descentralización de los servicios públicos y accesibilidad para mujeres y niñas de comunidades indígenas.

Nosotras nos comprometemos a visibilizar cualquier tipo de violencia machista desde nuestros respectivos campos de acción, nos disponemos a no bajar la guardia, a impulsar la denuncia y acompañar nuestras luchas. Rechazamos todo acto de humillación, marginación y exclusión contra y entre nosotras. Nos rehusamos a dejarnos solas, a ignorarnos y omitirnos.

No estamos dispuestas a seguir dando vida a relaciones unilaterales con nuestros padres, hermanos, tíos, primos, parejas sentimentales, o cualquiera que no esté dispuesto a sostener los vínculos que enlazan nuestros afectos. Renunciamos a las cargas, a las culpas y al silencio para construir relaciones recíprocas y horizontales.

La responsabilidad de mantener nuestras vinculaciones será compartida, o no será. Las relaciones afectivas y sexuales serán consensuadas, o no serán. La construcción de nuestra imagen e identidad será libre y consciente, o no será. La maternidad será deseada, o no será.

Hacemos el recordatorio de que no descansaremos hasta que todas tengamos acceso a la educación y la seguridad, hasta que el aborto sea legal, hasta que los sueldos sean justos y equitativos, hasta que se respeten y se normalicen nuestros procesos vitales, hasta que se valore nuestra intelectualidad, nuestros saberes y labores, hasta que dejen de intentar explicarnos lo que somos o no somos.

Hoy existimos, resistimos y abogamos por nuestra dignidad, para siempre. Llamamos a la rebeldía y decidimos caminar juntas, como durante toda la historia lo hemos hecho. Porque la calle también es nuestra, día y noche. Nos pronunciamos en la defensa de nuestras distintas causas, en la valoración de nuestras diversas inquietudes y necesidades.

No queremos venganza, queremos justicia. No queremos que ninguna mujer o niña sienta que su única salida de la violencia machista, es la muerte. Somos las protagonistas de nuestras vidas y nos queremos vivas, libres, fuertes y valientes.

Hoy nuestros cuerpos atraviesan el fuego con el que intentaron quemarnos hace 100 años, como brujas que resisten a la hoguera, pues el fuego no nos quema ni destroza, más bien nos revitaliza. Hemos vuelto de la muerte, de todas las muertes que nos han causado. Revivimos, y la tierra tiembla al oír nuestros pasos.

Nunca más volverán a tener la comodidad de nuestro silencio.

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