Por Rodrigo Quijano

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Como egresado de una licenciatura en letras, debo confesar que estudiar literatura ha sido para mí una decisión egoísta; o más bien hedonista. En una sociedad donde el índice de lectura es casi nulo, pensar que a través de una formación literaria es posible crear un negocio rentable es un sueño guajiro; no una idea ingenua, pero sencillamente remota para aquellos que no somos dueños de medios de producción.

Algo similar pasa con el pensamiento de que la literatura puede salvar el mundo. En caso de querer generar un impacto, resulta mejor hacer una carrera en docencia para expandir la alfabetización, pues por más que una frase pueda detonar un mayor estado de conciencia, no es posible recomendar la literatura como un fármaco para la ignorancia, cuando sus efectos varían de lector a lector.

Lo que sí se tiene en mente a la hora de elegir una licenciatura en letras son los momentos de maravilla que nosotros, y solo nosotros tenemos con los libros. A los dieciocho, uno sabe a la perfección el cuento del padre que no deja estudiar a su hijo lo que quiere, y éste teme que seguir consejos equivalga a estar frustrado de por vida. Repite como mantra el ideal milenial “que me paguen por hacer lo que me gusta”, y por lo general, no averigua si la gente está dispuesta a ello.

Cuando egresa, este literato advierte que un altísimo porcentaje de la demanda de servicios literarios corresponde al sector público. ¿Quién sino la secretaría de cultura y las escuelas se preocupan por la lectura? La respuesta, por lo general, es “gente con inclinaciones artísticas”, pero aparte de este pequeño sector que respira arte todos los días, no es fácil señalar una población.

Por lo regular, la literatura interpela a la gente sólo porque un tercero lo solicita, me refiero a una institución. El sector público apuesta por la sensibilización de personas desconocidas, y al no existir una relación comercial directa entre el proveedor de los servicios literarios y los usuarios de los mismos, puede esperarse todo tipo de reacciones de parte de los últimos. Quizá el caso más representativo de este fenómeno sea el aula, donde el carácter punitivo del sistema educativo, puede generar un consumo desinteresado de la literatura, es decir, ausencia de demanda legítima.

Para la mayoría de egresados, esta pequeña demanda puede ser suficiente, pero el perfil de los prestadores de servicios del sector público, puede no ser satisfactorio para algunos. Después de todo, lo sano para cualquier campo profesional sería diversificar perfiles como consecuencia de la innovación y la ampliación del segmento de mercado. Y es que en no pocas licenciaturas en letras, el perfil docente no es sinónimo de profesional literario, aunque en la práctica lo sea.

Con esta afirmación no niego que existan otras salidas laborales para los egresados en literatura, como la corrección de estilo; pero siendo sinceros, este tipo de trabajos solicitan competencias que un comunicólogo o lingüista podría demostrar despreocupadamente. En su mayoría, los estudiantes de letras esperan trabajar con textos de acentuada composición estética, y en ese sentido, las posibilidades son algo limitadas.

Por supuesto que estas condiciones no son del todo culpa de la demanda. Del otro lado de la moneda es posible ver una oferta no muy variada. Los egresados de literatura, como cualquier obrero, buscan entre los nichos de trabajo preexistentes un sitio para prestar sus servicios en vez de impulsar nuevos negocios, no obstante a que existen necesidades literarias que ni siquiera son explotadas en términos económicos.

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Una de estas necesidades es la presentación de libros, que en muchas ocasiones, se lleva a cabo sin la presencia de un profesional literario. Un creador, que no necesariamente es un académico, invita a un amigo a comentar una obra sin remuneración alguna, a pesar de que por lo general existe un trabajo de creación ensayística alrededor del texto literario, y ocasionalmente, una participación del comentarista en la gestión del evento.

Como emprendedor, me he dado cuenta que existen infinitas formas de convertir las presentaciones de libro en producto. Armando paquetes con distintas variables como el catering o el performance literario, he logrado ofrecer un servicio de presentación de libro adaptado a los gustos y posibilidades económicas de los escritores, pero al mismo tiempo, he visto como la costumbre de explotar amistades, ha restado clientes al negocio. ¿Para qué pagar un presentador si mi compadre puede hacer un discurso?

Evidentemente existen más ventajas en confiar la gestión de un evento a alguien que tomará la logística como un trabajo, que en darle la chamba a alguien que busca foros culturales en su tiempo libre. Pero en mi localidad es un rasgo cultural no dar un justo valor a algunos trabajos relacionados con el arte. La gente está acostumbrada a ver un baile de jarana sin pagar ni un solo peso, pero no llena un teatro si una compañía de danza vende boletos en taquilla.

Algunos partidarios del materialismo podrían decir que los ingresos de la gente no permiten el consumo de bienes secundarios como el arte, pero cuando se exponen obras cinematográficas o musicales, los espacios destinados a estas expresiones, a menudo venden todas sus localidades.

Lejos de encontrar una caída en la recepción de los productos culturales, la sociología advierte una voracidad en el consumo de contenidos artísticos a raíz del uso de internet, apoyando la idea maslowiana de que los bienes intangibles son una verdadera necesidad humana. Pero entonces, si la búsqueda del arte es una constante en la vida del hombre, ¿por qué el interés literario parece decrecer?

Quizá la respuesta a esta pregunta radique en el concepto que tengamos de la literatura. No hace mucho, la academia sueca entregó el Premio Nobel de este ramo a Bob Dylan, un cantautor norteamericano, y este hecho desató una polémica. De manera implícita, el comité que por años había marcado el canon literario occidental, reconocía un material que en Youtube alcanza a diario miles de vistas, una obra eminentemente audiovisual.

Y es que en efecto, como autor de un libro de poesía y analista de formación, puedo decir que Dylan maneja una estética definida. Pensemos por ejemplo en la cancion knocking on heavens door, en la que el uso de la brevedad, el discurso indirecto y la ambientación nada envidia a las composiciones oficialmente reconocidas como poemas. Desde mi punto de vista, la hiperconsumida obra de Bob nos muestra una cara muy distinta de la recepción literaria, un panorama en el que la poesía no ha perdido su vigencia.

A la luz de este hecho, la crisis de la literatura parece menos un asunto de consumidores que de formatos. Es normal que en una era tecnológica se genere una literatura que prescinda de la escritura, como en su momento fue natural pasar del componente auditivo de la narración oral al discurso gráfico de las letras. Recordemos que sin importar la falta de un soporte físico durable, el cuento popular sigue considerándose literatura.

Si bien es cierto que en el siglo XXI se han incorporado formatos como el Twitter a la creación literaria, no hay que perder de vista que nuestro concepto de lo literario sigue siendo prácticamente el mismo que en el siglo XIX: el arte de la escritura. Llamamos escritor por default al hombre que ejercita la literatura, pero esto no concuerda con la realidad de muchos narradores.

Dicha situación nos lleva a repensar los esfuerzos de los egresados de literatura por vender una experiencia textual. ¿A caso nos resistimos a los nuevos formatos? ¿o la literatura escrita ofrece beneficios que no tiene literatura audiovisual? Particularmente yo recuerdo haber tenido la misma experiencia de asombro después de interpretar una sentencia de la película Corazón de Caballero, y tras leer el poema “Masa” de Vallejo.

No obstante, hay algo que la narrativa y la lírica del nuevo milenio no pueden ofrecer: una mirada casi arqueológica de la humanidad. La literatura, en el sentido más tradicional, otorga la plusvalía de abrir una ventana fidedigna a la vida de civilizaciones milenarias, y si deseamos vender un servicio basado en el arte de la escritura, es necesario incluir este dato en la propuesta de valor de nuestro negocio.

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Para nada es necesario caer en la estrategia de vender necesidades literarias, porque como hemos señalado, estas siempre han existido. Más bien falta ampliar el concepto de lo literario para aprovechar la demanda existente de la narrativa audiovisual. Aunque dividir el canto, el cine y la escritura en artes distintos seguramente es una visión de mundo propia de nuestra cultura, conviene unificar los tres conceptos con el fin de revitalizar el oficio del literato.

Finalmente, es deseable que este proceso de adaptación profesional al siglo XXI esté acompañado por investigación. Es preciso que la reflexión literaria salga un poco de los límites de la filología, e invierta las herramientas sociológicas de la academia en las urgencias del presente, pues sólo el intercambio de ideas constante podrá concretar los beneficios conjuntos de la economía y la literatura.

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