Por Montserrat Vázquez Caamal

 
Los que bailan son considerados locos por los que no pueden escuchar la música.

George Carlin.

¿Qué hace la diferencia entre vivir de forma mecánica y vivir plenamente? Hay algo que quiero llamar “El espíritu del bailarín”. Para explicarlo necesito enumerar lo que a mi parecer son las etapas más importantes en la vida de toda persona.

La primera y más importante etapa es cuando nos ponemos de pie por primera vez después de gatear. La segunda es el primer día de escuela, en que dejamos la seguridad de nuestros padres para quedarnos con desconocidos. La tercera es el enamoramiento en el que surgen ilusiones y parte de tu personalidad que desconocías. La cuarta es definir un proyecto de vida. La quinta etapa es bailar.

Cualquiera puede vivir esta etapa, pero pocos se atreven. Y con bailar no me refiero a entrar a clases de ballet o hip hop, sino de conectarse con aquella danza interior. Recuerdo leer en algún artículo sobre la arqueología del cuerpo que la danza es la madre de todas las artes. El ser humano bailaba para conectarse con su parte divina y espiritual, para comunicarle a la naturaleza sus necesidades y pedir por aquellos deseos.

La música y la danza son como hermanas que, aunque diferentes en personalidad, no pueden concebirse a una sin la otra. De igual forma no es posible descubrir a ese bailarín interior sin antes escuchar la música que habita en cada uno.

Los cinco años de piano que anteceden a mi vida como bailarina me ayudaron un poco. Sin embargo, el día que vi con mis propios ojos a la música moverse, es decir tomar forma de giros, saltos y extensiones, pasé del DO, RE, MI, a las variaciones de ballet clásico, la fluidez del contemporáneo o la energía de la salsa y el jazz.

Independientemente de la presentación con que la danza aparezca, no se trataba de escuchar únicamente, sino de responder a esa música y ver a los diferentes bailarines expertos o no, moverse al compás del ritmo. Me hizo notar que, sin importar el ambiente, respondía a la música como si tuviera un interruptor que hace saltar de pronto al movimiento y olvidar absolutamente todo.

Entonces, si es natural esa esencia expresiva y creativa que el cuerpo demanda, ¿por qué resulta difícil vivir esa etapa y conectarse con la Danza interior? Es muy difícil apuntar a una razón, pero una de ellas es la dificultad de bailar. Cuando digo difícil no me refiero a la técnica, la elasticidad o los pasos bien ejecutados, sino a vivir todo ese proceso y desarrollo personal que implica la decisión de bailar.

En mis seis años dedicándome a la danza de forma intensiva, me he percatado que después de tomar la decisión de querer ser bailarina he vuelto a pasar por las mismas cuatro etapas anteriormente mencionadas, pero en esta ocasión eran todas tan personales, que solían pasar inadvertidamente a los ojos de los demás.Cuando conocí la danza tenía poco más de cinco años. En ese entonces no lograba entenderla y me alejé de ella con admiración y temor al mismo tiempo. Al entrar al bachillerato tuvimos que aprender a convivir para aprobar la materia de Deportes, desde entonces la escogí y comencé ese proceso hacía la quinta etapa de mi vida.

Hasta mis 18 años comencé mi primera etapa en la Danza, comencé a moverme y a buscar dónde tomar clases a mi edad. Mi sorpresa fue cuando los mismos bailarines fueron quienes comenzaron a ponerme obstáculos diciendo que era demasiado tarde para mí. Con la bendición de mi maestra de danza en deportes, Norka, continúe a pesar de cada puerta cerrada.

Susana fue la primera persona que me dijo que la danza no tiene edad y me dio una oportunidad. ‘Sus’, como le digo con cariño, me dio un lugar en la que hoy es mi familia ‘Talentos by Sus’. Después de unos meses comencé a dar mis primeros pasos, a ganar confianza para seguir ese caminar. Con esos primeros pasos vinieron las primeras caídas, y a diferencia de cuando tenía un año, supe lo que significa fallar, caerse o desanimarse.

La fortaleza y motivación para continuar avanzando a pesar de las primeras caídas, radica en seguirse levantando y confiar en que esos pasos son la base de correr y saltar a grandes cosas. Durante la segunda etapa en la danza, salí de mi zona de confort para entrar a lo desconocido: estilos nuevos para bailar, utilizar puntas, entrar al equipo de alto rendimiento, competencias, presentaciones fuera de la ciudad, bailar como solista o en grupales.

Era bastante exigencia, como en mi primer día de clases. Recuerdo haber llorado porque me frustraba fallar y no estaba acostumbrada a un equipo ni ese ritmo de vida con sacrificios y cansancio. Aquello se multiplicaban al tripe por la universidad y ser foránea, sin que hubiera alguien vigilando y cuidando mis pasos. Cada vez que reconoces que es momento de soltar y dejar la comodidad de lo seguro para entrar a nuevos retos, haces consciencia del valor que requiere el espíritu del bailarín.

La tercera etapa ha sido una ilusión y desilusión al mismo tiempo, darme cuenta que la danza no es perfecta, que también tiene un lado difícil de comprender. Muchas veces he querido renunciar a la danza por el costo, tiempo, cansancio, edad, peso, técnica; pero cuando estoy decidida, también encuentro motivos para continuar: los logros, las oportunidades, las nuevas ideas, los retos, la fortaleza y la libertad. Cuando llegas a este punto, existe un torbellino de emociones, pero gracias a ello comienzas a conectarte con ese bailarín interno.

Danzar no es solo verse bien en el escenario. Es aprender a improvisar, recibir críticas negativas, frustrarte por no lograr un objetivo, dar grandes esfuerzos y a veces obtener pocas recompensas, pero aún así, seguir danzando para sentirte libre. Como todo enamoramiento el proceso es lento y difícil, pero comenzamos a confiar en él para descubrir algo más que la superficialidad de la danza.

Durante esta etapa recuerdo a la maestra Regina y a una compañera, Marisol. Ellas me transmitieron la diferencia entre bailar un estilo de danza y bailar un propio estilo. Pero más que eso, me han traído lecciones importantes para redescubrirme. Las palabras de Regina resuenan en mi cabeza: “¿Qué puedes hacer Montse?” Y las de Marisol: “eres bailarina, te hace falta creértelo”.

Ambas frases me hicieron comprender que la Danza no es algo ajeno a mí, sino algo que eres. Se dice que en el amor “se deja de ser dos para volverse uno solo”, de igual forma ocurre aquí, dejas de ser tú para comenzar a ser danza.

La cuarta etapa surge después de que la haces parte de tu esencia, cuando buscas espacios para expresar y transmitir en cualquier oportunidad, colaborar en alguna presentación, buscar dónde transmitir lo aprendido, crear proyectos, estilos, pasos nuevos, dejar la comodidad de una vida ordinaria para hacer cosas extraordinarias. La cuarta etapa es no concebir tu vida sin la oportunidad de bailar.

En palabras de mi entrenadora Susana, “esta carrera es de 2 minutos” y yo comencé tarde y sin tiempo qué perder. Puedo estudiar una maestría cuando mi cuerpo envejezca o sentarme a trabajar en una oficina, pero ahora tengo la libertad de moverme hacía donde mi cuerpo me lleve. Es por todo esto que, al referirme ahora a la quinta etapa de la vida, no me refiero a entrar y tomar clase en alguna academia o centro artístico. La danza es sólo una metáfora de la vida misma.

En esta quinta etapa uno se conecta con su artista interior para llenarlo de sentido, de significado y trascendencia; es decir, llevarlo más allá de lo ordinario, bailando (viviendo) a su propio ritmo. Cuando sientas esa fuerza interna de moverte, de comenzar a sentir la música que llevas dentro, responde, levántate y baila, exprésate desde tu autenticidad. Y si aún no tienes algo por qué bailar, sólo busca una razón y baila. Agnes de Mille decía, “las expresiones más auténticas de la gente están en su baile y en su música, el cuerpo nunca miente”.

No estamos locos, sólo estamos bailando.

Si te gustó, comparte: Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on Tumblr