Por Katia Rejón

Ilustración: Luis Cruces

El vídeo Side to Side de Ariana Grande y Nicki Minaj se ha visto casi 748 millones de veces desde el sitio oficial en Youtube. Comienza con un grupo de mujeres, entre ellas la joven cantante pop, montadas en bicicletas de spinning. La cámara enfoca sus nalgas de forma intermitente mientras todas alzan el pecho y lo pegan al manubrio y Ariana canta: I know you got a bad reputation. Doesn’t matter, because you give me temptation (Sé que tienes una mala reputación. No importa, porque me has dado tentación) Una cosa muy poética. Después, aparece Nicki Minaj, the rap queen como dice en la misma canción, sobre unas gradas vestida con ropa interior roja. Su lírica es todavía más directa: Ride dick bicycle (…) if you want a menage, i got a tricycle. “Dick bicycle” significa según el Urban Dictionary: cuando montas un pene como una bicicleta durante mucho tiempo y después no puedes caminar bien. “Menage” es un juego de palabras con (Nicki) Minaj y ménage à trois que significa trío sexual en francés. Por lo que podríamos traducir la estrofa como: si quieres un trío, yo tengo un triciclo.

¿Podríamos clasificar esto como pornografía?

Vayamos por partes: Según Naief Yehya “el porno es la representación visual o descripción explícita de los órganos y prácticas sexuales enfocadas a estimular los deseos eróticos del público” (Pornografía. Obsesión sexual y tecnológica, 2012) sin embargo, también añade que este género es por naturaleza contestataria, pues únicamente tiene sentido al ser censurado. Cuando una situación deja de ser inaceptable o prohibida, no hay ninguna razón para definirla como porno. La televisión abierta mexicana —y de prácticamente todo el mundo occidental— censura por ley lo que considera “pornográfico” pero transmite programas —incluso en horario familiar— donde las mujeres aparecen en bikini, haciendo ejercicio en tacones y minifalda mientras el camarógrafo no se pierde un segundo su trasero, saltando sin razón alguna cuando tienen escote, y los conductores u otras personalidades masculinas se permiten alburearlas o incluso tocarlas. Éste tema se ha criticado desde la perspectiva feminista que acusa a la misoginia de alentar este tipo de imagen femenina, y aunque estoy de acuerdo en que la industria televisiva ha explotado el atractivo “sexual” de la mujer irresponsablemente, también creo que en gran medida se debe a una pornificación de la cultura. Como ejemplo, se me ocurre la conductora Tania Reza del programa regiomontano ATM que acusó a su compañero de tocarle un seno en vivo y salió del set muy molesta. Después de hacer una campaña a su favor en redes, se divulgó la noticia de que había aceptado posar para Playboy, es decir, para ella el hecho de que alguien la tocara sin su consentimiento estaba en una dimensión diferente a su libertad de posar desnuda.

El género pornográfico está constantemente redefiniéndose desde la esfera legal, moral, política e incluso intelectual. Pues es hasta hace poco, con autores como el mismo Yehya, cuando se comienza a abordar el tema desde una perspectiva teórica o sociológica. Lo que en 1655 significó L’école des filles -primera novela pornográfica- para París no es ni de cerca lo que proponían los stags* de 1896 también en Francia, pues lo segundo que superaba con creces la explicitud de lo primero donde todavía se hablaba de decencia y honestidad, fue más tolerado. Y aunque la condescendencia con las imágenes y descripciones sexuales es cada vez más grande, todavía genera efectos inquietantes en sociedades como la nuestra, donde el sexo está en el cine, la música, la literatura e incluso en la política, pues es el tópico favorito de la prensa sensacionalista.

Aquí mismo, en Mérida, existen organizaciones religiosas como Semillitas de mostaza cuyo discurso panfletario se centra en culpabilizar al espectador de los crímenes sexuales del mundo. “Cada vez que ves pornografía contribuyes a la trata de personas, al secuestro y a la desaparición de mujeres y niños”, sentencia su publicidad. En el libro Pornocultura, de Naief Yehya el autor explica que los críticos de la pornografía piensan que “el problema no es la guerra, ni el racismo, ni la deshumanización de los ocupadores, sino la pornografía y su mágico poder de la corrupción”. Es precisamente la naturaleza humana la que pone en riesgo cualquier tipo de expresión cultural o social. Es cierto que la pornografía se ha utilizado por milenios como una herramienta de sometimiento, humillación y tortura, pero también ayudó a erradicar tabúes, liberar el placer, a guiar al lector por el territorio de la sexualidad. Incluso para la mujer es un símbolo de rebeldía pues se muestran como seres que desean el placer y disfrutan el sexo. En la misma industria pornográfica hay directores como Amarna Miller quien reivindica el consumo de porno ético, y se preocupa por humanizar a los trabajadores sexuales, para hacer contenidos que no reproduzcan estereotipos de género, fomentar las prácticas responsables y cuidar los derechos humanos de todos los actores. “El cuerpo no se puede comercializar porque es tuyo, va a ser tuyo toda tu vida, lo que se comercializa es tiempo, el tiempo que pasas trabajando con una productora o alguien realizando x servicios sexuales” mencionó en una entrevista en el marco del Valencia Sex Festival 2016.

Por supuesto, esto no significa que no existan empresarios del porno como Ignacio Allende (Torbe), quien fue encarcelado recientemente por abusos sexuales y trata de seres humanos. Y que existen cosas inaceptables como la pedofilia y el snuff, y más recientemente el revange porn, fotografías y vídeos sexuales colgados a la red sin el consentimiento de las personas que aparecen en las imágenes, que casi siempre son subidos por una ex pareja resentida. Pero, otra vez: “El problema no es la pornografía sino la naturaleza humana. Purgar el mundo de la pornografía no es el camino de la igualdad entre los géneros, por el contrario, sería motivo de mayor ansiedad sexual y del fortalecimiento de un comercio subterráneo de imágenes pornográficas”, dice Yehya.

La pornografía siempre se ha tratado de aquello que podemos y queremos ver, no se puede pensar el porno sin estos dos conceptos: el placer y la censura. Por algo hay imágenes de pulpos penetrando a colegialas asiáticas o zapatos siendo acariciados, alguien las debe querer ver ¿o no? Hoy más que en cualquier otro tiempo tenemos la libertad de elegir lo que queremos ver. Y la proliferación de imágenes sexuales tienen un fuerte efecto en la sociedad. El porno ha estado desde el primer día de la creación en la imprenta, la fotografía, el cine, el vídeo, Internet y muy posiblemente se encuentre en cualquier otro invento que se cree en los tiempos por venir.

*Primeros filmes pornográficos que aparecieron probablemente en Francia durante la última década del siglo XIX.

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