Por Luis Ángel Fuente

Ilustraciones de Miss Kanto

Después de romperme la cabeza durante varias horas y de mucho pensar y repensar cómo debería iniciar este artículo, decidí que la mejor forma de hacerlo era admitiendo que como hombre he violentado a mujeres. Familiares, compañeras de trabajo, de escuela, y amigas. También he violentado a alguno que otro hombre que transgredía el concepto de hombre típico con su apariencia y/o actitudes, asemejándose más a lo femenino. Me veo favorecido todos los días por un sistema que me dota de privilegios, beneficios y ventajas en los aspectos socioculturales, económicos, políticos, históricos, laborales, en lo público, en lo privado…bueno, en todo, por el simple hecho de haber nacido hombre.

El párrafo anterior no lo escribí dándome golpes en el pecho o para que les escurriera una lagrimita, mucho menos para autocompadecernos (en nuestro caso, morros), es obvio. Como hombres, se nos educó bajo un sistema patriarcal que plantea la superioridad del hombre con respecto a la mujer, que enaltece la violencia y opresión contra Ellas (y contra algunos hombres) que tiene sus orígenes en el principio de la historia (contada sólo por nosotros, admitámoslo) y que se ve reforzado por instituciones públicas, privadas, religiosas, académicas, medios de comunicación, por todo. Y no es justo. Por eso surgió el feminismo. Los dóndes (contextos) y cuándos (momentos históricos) son muchos, y aunque los porqués también, me puedo dar una idea general de estos últimos: el deseo y la búsqueda de la igualdad, el desarrollo pleno como seres humanos y el hartazgo que Ellas sienten.

Mi primer acercamiento teórico/práctico al feminismo fue en la Facultad de Ciencias Antropológicas a los 18, cuando una maestra entró al salón hablando raro, diciendo “todos y todas” en la clase de Teoría Social de Sistemas. Vimos algo de teoría de género, mentiría si dijera exactamente qué o a quién leímos. Paro aquí, porque todo esto tiene antecedentes muy particulares. En lo personal sufría constantemente choques con el patriarcado desde muy chico. Verán, yo era un niño que lloraba mucho, creo que no hace falta decir más. Como el hijo mayor me tocó estar en primera fila en casi todos los episodios de violencia doméstica, psicológica y económica que mi papá ejercía hacia mi mamá, pude ver y escuchar la desigualdad y el machismo en la etapa final de esa relación a los 8 años. Cosas que he reproducido, tal vez en escalas menores, pero reproducido al final de cuentas.

Volviendo a la Facultad, aquellas primeras lecturas pasaron casi desapercibidas pero a partir de ahí fue la convivencia diaria con algunas amigas, las pláticas con otras y la curiosidad por entender de qué estaban hablando, lo que me empujó poco a poco a leer sobre feminismo, pero eran acercamientos empíricos. Semestres después tomé otra clase con la misma maestra: Comunicación, Género y Poder. Leí a Marta Lamas, Marcela Lagarde, entre otras (las lecturas mayormente eran textos de autoras) empecé a cuestionarme muchas cosas mientras cursaba la materia, y desde entonces no soy el mismo. Le agradezco mucho a esa maestra, le tengo un aprecio enorme. También a mis compañeras y compañeros. Quiero pensar que salí con muchísimos aprendizajes y amistades de ese curso.

La clase fue un curso feminista. Desde quien facilitó las sesiones hasta quienes las tomamos. Es curioso que en gran parte ese “quienes” estaba conformado por mujeres, habíamos unos 8 o 10 chicos en un salón de 30. La situación se repite fuera de las aulas. A nivel local, Ellas llevan años y años en esta lucha, a nivel local es posible destacar a varias profesoras, investigadores, compañeras, amigas, que además de sus esfuerzos individuales han conformado colectivos y organizado movilizaciones, protestas, performances, tendederos, galerías y bailongos desde una perspectiva feminista, basada en la sororidad*, el reencuentro y acompañamiento entre Ellas y consigo mismas. Varias son mis amigas y las quiero.  Y las quiero vivas, empoderadas, valientes y libres.

¿Y nosotros? Aquellos que nos acercamos al movimiento lo hacemos con mucha cautela para no cagarla, admitimos nuestra naturaleza patriarcal (no nos justifico nunca, pero es muy difícil desprenderse de ciertas cosas, la onda es estar dispuestos a intentarlo) y los más seguros de si mismos le susurramos a nuestro circulo más cercano: “soy feminista”, casi pidiendo permiso para autoidentificarnos como tal y nos cubrimos a la espera de risas o cuestionamientos, de morros muy ensimismados que creen que todo está cool, que es normal/natural oprimir a las morras (suponiendo que sepan que lo hacen), que seguro nos queremos coger a alguna feminazi y ese es nuestro pretexto para conseguir su aprobación, o que en el último de los casos, seguro somos maricones.

Enoja, pero entendamos que ellos llevan toda la vida siendo educados de esta forma. El punto es cómo hacerlos reflexionar(se) y cuestionar(se) si realmente todas las cosas que damos por sentadas, son así (hay gente trabajando en eso). Y las morras, que desconfían de nosotros y que no nos creen: las entiendo, yo igual reaccionaría así y me pondría a la defensiva si hubiera sido oprimida todo el tiempo que llevo de vida, estaría harta y querría cambiar las cosas. “Más ayuda ÉL que no estorba”, dicen. Tampoco estoy diciendo que nos metamos a la fuerza en espacios que Ellas han gestionado. No, tanto Ellas como nosotros debemos tener nuestros propios círculos de trabajo, en los cuales nos sintamos seguros/as de compartir, aprender y construir.

Es claro que las motivaciones que nos empujan a unas y a otros hacia el feminismo son distintas. Desde mi perspectiva, el asunto es así para nosotros, morros: tenemos que reconocer, comprender, deconstruir y ser solidarios. Reconocer que existe el machismo, el patriarcado y la desigualdad. Digo, a nosotros nunca nos han piropeado en la calle, nunca nos han seguido unos tipos, nunca nos han tocado o hemos presenciado una masturbación pública, nunca nos han dicho ¿y para cuando los hijos?, ¿no te da miedo quedarte solo? Y nunca, nunca, NUNCA nos van a asesinar sólo por ser hombres. Además, ganamos más en puestos iguales, no padecemos el techo de cristal, nos podemos vestir como queramos, embriagarnos, irnos de mochileros y tener las parejas sexuales que queramos sin ser moralmente escudriñados por la sociedad casta y recatada. La lista sigue y sigue. Debemos comprender de dónde viene todo esto, cuales son las prácticas y comportamientos que fomentan el patriarcado, la violencia de género, la desigualdad y cómo esto nos afecta a todos y todas. Por último, debemos deconstruirnos, transgredir nuestra masculinidad, nuestro pensamiento, nuestras formas de relacionarnos con Ellas y con otros hombres. La solidaridad es el elemento que nos ayuda a amalgamar todo esto, este es un proceso que no podemos/debemos llevar solos, hay que apoyarnos entre todos (como Ellas lo han hecho) y, tal vez por primera vez, olvidarnos del rol de mando; aprender a escucharlas; a entenderlas cuando nos hablen de acoso callejero, de sexismo en la escuela o en el trabajo, de las presiones familiares/sociales, etc. Básicamente, entenderlas cuando compartan sus experiencias/posturas, porque aceptémoslo: NO están exagerando. Como tip extra: también tenemos que ser congruentes, morros. Si ya sabemos qué onda, hagamos algo al respecto.

Sólo me identifiqué como feminista cuando tuve una formación teórica al respecto, pues desde la teoría se pueden comprender muchas cosas, pero es importante no quedarnos ahí, morros. Hay que llevarlo todo a la práctica. Eso es lo que nos ha faltado todo este tiempo, no basta con leer, reflexionar y cuestionarse sobre uno mismo con uno mismo. Ellas nos llevan mucha ventaja en eso, están haciendo su parte. Ahora nos toca a nosotros. Hay que juntarnos, empezar a llevar este proceso colectivo de deconstrucción, ayudarnos los unos a los otros a desaprender muchas cosas y generar nuevas estrategias en torno a todo, es una chambota (pregúntenle a Ellas) pero es necesario, pues la corriente feminista busca la igualdad entre géneros (no lo había mencionado antes porque me parece tema para otro artículo, pero aquí también deben incluirse quienes conforman la comunidad LGBTTQ) y por lo tanto, no puede basarse únicamente en los esfuerzos de una sola parte de la población. Por eso tenemos que ponernos piolas y comprometernos a trabajar desde lo individual y lo colectivo. Leer, pensar y actuar, morros. En pocas palabras, empezar a hacer lo que nos toca.

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Quiero dedicarle aquí unas líneas a la cuestión de ser hombre y ser feminista. Hay quienes, desde una postura, dicen que esto es incompatible porque nosotros no vivimos como tal la violencia y desigualdad de género, pues tenemos privilegios inamovibles por el simple hecho de ser hombres (a lo mucho, somos aliados a la causa). Y sí, pero aquí me gustaría preguntarles qué tienen qué decir a mis amigos gay, trans y a chicos que tratamos de deconstruir nuestra masculinidad y no reproducir el estereotipo del tipo rudo. Como ya dije, me considero feminista, y algo que considero muy importante para poder hacer esa afirmación es tener una base teórica que me permita comprender todo lo que ya dije arriba y, claro, aplicar a mi realidad lo aprendido. Al final se lo dejo a cada quien, todas las posturas son respetables, pero pienso que después de todo, la causa es de todas y todos.

A nivel local, nos faltan más esfuerzos colectivos, basados en compartir conocimientos, aprendizajes, experiencias y estrategias que nos ayuden a encontrar el camino que nos lleve a la discusión de temas, reflexión, organización, visibilización y nuestra propia forma de empoderamiento ante un sistema que también permea desigualdades para nosotros y nos asigna roles, patrones de comportamiento, gustos, intereses y una orientación sexual obligada desde que somos una célula. Se nos prohíbe llorar, se nos fuerza a ser valientes, a ser proveedores, a ponderar la fuerza física por encima de la fortaleza emocional, alimentan nuestro sentido de la competitividad con los otros y crecemos sin aprender a manejar nuestros sentimientos.

Quiero pensar que nos estamos aplicando, morros. Hace poco más de un mes, se creó en Mérida el circulo de reflexión Entre Compas, o sea, el primer espacio (al menos que yo sepa) para hombres interesados en temas de género. Desde mi primera asistencia me agradó la propuesta, veo a compas con ganas de aprender, compartir y, sobre todo, trabajar sobre nosotros. Las problemáticas y desafíos que como hombres tenemos al querer cambiar nuestra perspectiva/identidad de género por una más igualitaria y democratizada. No es un grupo de doble A en el que nos sentamos a hablar de lo mierda que somos por oprimir a las morras. Nos sentamos a trabajar, hemos construido una agenda con temáticas que consideramos importantes, seguro en el proceso iremos integrando más temas, que abordaremos en las sesiones correspondientes con algunas dinámicas que tienen como objetivo crear estrategias que nos sirvan para comprender y construir relaciones más igualitarias entre todas y todos, desde lo familiar, lo laboral, lo público, lo privado, todo. Cuando lo logremos, no debemos sentirnos más chidos que otros por tener nociones y comprender todo esto, porque no nos exenta de cometer (grandes, pequeños) errores que nos hagan tener que volver a empezar. Ser feministas no nos hace mejor o peor que otros hombres, nos hace conscientes y responsables de una causa, ser críticos con nosotros mismos y con quienes nos rodean y comprometernos con la búsqueda de la igualdad entre todas y todos.

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